¿Cómo proteger mis ahorros?

“A fin de año no cuenta lo ganado, cuenta lo ahorrado”



Desde que éramos muy pequeños, escuchábamos un sabio consejo de nuestros padres según el cual de muy poco sirve ganar mucho si nada se ahorra, consejo que se resumía en una frase: “A fin de año no cuenta lo ganado, cuenta lo ahorrado”

Frase que tiene mucho que ver con aquel refrán según el cual: “Ganar uno y gastar dos no tiene perdón de Dios”
Pues bien, tomando en cuenta aquello de que “los dichos de los viejitos son Evangelios chiquitos”, ni duda cabe que no se puede construir una economía sólida si no se posee es instinto previsor que nos hace anticiparnos a cualquier contingencia inesperada que venga en el futuro.

Una medida prudente que habrá de evitarnos disgustos a mediano plazo.

Simple lógica que utilizan hasta las hormigas quienes, durante el verano, se dedican a guardar los granos que les permitirán alimentarse cuando el frío invierno se presente con todas sus inclemencias.

Sin embargo, algo tan elemental como el instinto previsor que nos induce al ahorro pudiera no ser tan efectivo como parece.

Especialmente cuando -debido a los torpes manejos de las finanzas nacionales- el país empieza a sufrir los quebrantos derivados de la inflación y de las devaluaciones.

Pongamos un sencillo ejemplo: Durante varios años, con muchos sacrificios, Juan Pérez logró ahorrar una importante cantidad (pongámosle número: $250 mil pesos) con la cual tenía planeado comprarse un coche cuyo precio andaba alrededor de esa cantidad.

Pues bien, no tanto debido a una inflación que, dentro de una economía sana no causa mayores problemas; sino más bien debido a una brusca devaluación de un 20% se verá como ese auto que es de fabricación extranjera aumentará su precio vendiéndose en una cantidad muy superior a los $300 mil pesos.

Es entonces cuando a Juan Pérez el gozo se le va al pozo puesto que, debido a que el coche aumentó de precio, ya no podrá comprarlo porque no le alcanza el dinero.

Y al mismo tiempo, como aumentaron también los precios de los alimentos, de la gasolina, del transporte, de la luz, del gas y en general de los artículos de primera necesidad; el empobrecido señor Pérez verá cómo, cada día que pasa, será menor la cantidad que pueda ahorrar.

Dicho con otras palabras: Debido a la devaluación que provocó inflación, al señor Pérez le habrá ocurrido lo mismo que le habría ocurrido a alguien a quien un ladrón le robó de su casa una buena parte de sus ahorros.

Una auténtica tragedia pues se verá como de nada sirvió hacer sacrificios ya que, a fin de cuentas, sus ahorros quedaron reducidos a polvo.

Esto hace que surja la duda: ¿Acaso estaban equivocados nuestros mayores cuando nos inculcaban el hábito del ahorro?

De ninguna manera. Ellos, al igual que todo economista que sea sensato, tuvieron siempre razón.

Aquí lo que falló -y no es culpa de los ahorradores- es el hecho de que la economía nacional se manejó con tal torpeza que acabó arruinando a quienes guardaban su dinero en el banco.

Ante la eventualidad de que inflación o devaluación quemen parte de nuestros ahorros -si no es que todos ellos- proponemos una solución: Ahorremos, sí, pero sin cometer la torpeza de meter el dinero en el banco o de guardarlo debajo del colchón.

Ante la creciente inestabilidad económica que se padece en gran parte del mundo, lo más sensato será que todo el dinero que ahorremos lo invirtamos en bienes que no pierdan su valor.

Bienes como pudieran serlo terrenos o acciones que permitan participar en un negocio que sea próspero.

Quien actúe de tal modo, verá cómo -ante inflaciones o devaluaciones- no le ocurrirá lo que le ocurrió a quien guardó su dinero en el banco o dentro de un armario.

Quien actúa de tal modo, verá cómo -ante inflaciones o devaluaciones- ese terreno o ese negocio que ha comprado aumentará su valor en lugar de perderlo.

Volvamos al ejemplo anterior: Quien tenía ahorrados $250 mil pesos y, con esa cantidad compró un terreno, verá cómo, al poco tiempo, ese terreno habrá subido de valor alcanzando quizás un precio superior a los $300 mil pesos.

Y si entonces pone a la venta el terreno, ni duda cabe que no solamente podrá comprarse el coche de sus sueños, sino que incluso habrá de sobrarle dinero.

Resumiendo: Lo peor que se puede hacer es tener dinero en el banco o en el domicilio particular; hay que invertirlo en bienes raíces como pudieran serlo terrenos, casas o negocios que sean prósperos.

Solamente así podremos disfrutar de una economía sólida que no se vea quebrantada por las alocadas decisiones
de gobernantes demagógicos.

Ahorrar, sí, pero viendo muy bien donde se invierte.

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@yoinfluyo
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