Au revoir les enfants (Adiós a los niños)

La dependencia de aparatos inteligentes desde muy temprana edad está destruyendo la niñez.


La niñez se extingue


Lo vi contar sus monedas con la misma ansiedad con que el avaro cuenta sus posesiones; lo vi apilarlas unas sobre otras, inseguro, inquieto, desesperado; lo vi secarse una gota de sudor que le resbalaba por la frente; lo vi, por último, contar sus monedas una vez más:

–Veintiocho, veintinueve, treinta…

Necesitaba llegar a las cien, pero aún no lograba reunir ni la mitad.

Lo vi ir a la cocina, buscar entre los anaqueles, hurgar en la alacena, inspeccionar los frascos, levantar las jarras, inspeccionar los tarros y regresar a la sala con un desánimo difícil de disimular.

–¿Me prestaría usted setenta pesos? –me dijo bajando la voz, cual si contara un secreto, pues su mamá andaba cerca y no debía escucharlo.

Y añadió con tono de un jugador que lo ha perdido todo:

–Se los pagaré la próxima vez.

¿Cuándo sería la próxima vez? El problema no era, sin embargo, los setenta pesos; el problema era esa ansiedad, esa agitación que lo hacía parecer mayor de lo que era.

–¿Cuántos años tienes? –le pregunté; no sabía qué más decirle.

–Doce. Pero no ha respondido a mi pregunta. ¿Me prestaría usted setenta pesos?

Pensé lo peor. «Drogas, seguramente». No se me ocurría otra cosa, pues sólo los que están enganchados a ellas recorren de ese modo las casas y revuelven las cosas en busca de monedas perdidas, de billetes mal puestos, de objetos que vender. Me le quedé mirando en espera de una explicación.

–Setenta pesos no es mucho dinero, señor. ¿O le parece que sea mucho?

Por fortuna no era nada de lo que yo sospechaba lo que lo hacía ir y venir por su casa en ese estado de agitada ansiedad; era únicamente que necesitaba comprar lo antes posible una ficha para su teléfono móvil. Esto me consoló algo, aunque no del todo, pues sea como fuere se trataba de una dependencia, de un vicio, de una adicción.

Desde hace muchos años, los clientes más buscados por los productores de bienes y los distribuidores de servicios son los niños y los jóvenes. Pareciera una paradoja, pero en la actualidad son éstos los que gastan más, los que deciden el color del auto de la familia, los que eligen la película que todos en la casa tendrán que ver, los que deciden la marca y el tamaño del televisor, quienes decretan que es necesario tener un celular.

En la década de los 50, una organización publicitaria se dirigía en estos términos a las empresas estadounidenses productoras de material didáctico para las escuelas:

«Las jóvenes mentes pueden ser adiestradas a comprar vuestros productos. En las primarias de Estados Unidos hay aproximadamente 23 millones de niños y niñas que comen, que destruyen su ropa, que usan jabón. Hoy estos son consumidores, pero mañana serán compradores. Es un inmenso mercado para vuestros productos. Enseñad a estos niños el nombre de vuestra marca y ellos harán que sus padres compren sólo ésta» (Véase el libro de Vance Packard, el periodista norteamericano, titulado Los persuasores ocultos). ¿Se podría ser más explícito? Es a los jóvenes y a los niños a los que hay que alcanzar, sí, ¿pero a qué precio? Al precio, claro está, de avejentarlos prematuramente.

En una obra al parecer jamás reeditada –por lo menos en español–, François Mauriac (1885-1970) hacía notar que no a todos los jóvenes les es concedido el don de la juventud. «Entre éstos –escribía– los hay que mueren apenas nacidos. El mundo, si son burgueses; la lucha por la vida, si son obreros, los transforman demasiado pronto en hombres. Y la juventud exige ocio, tiempo libre para el trabajo desinteresado, para la lectura, para la conversación» (El joven).

Para el escritor francés, según puede deducirse de la lectura de su libro, ser joven es vivir en un estado de agradable despreocupación: consiste en no tener apuros económicos ni de otra índole (por supuesto, menos aún de salud). Por eso dice que, en cuanto se ven obligados a trabajar o a preocuparse por su subsistencia, han dejado de ser jóvenes.

Me pregunto si los niños no dejarán pronto de ser niños por las mismas razones, y si la niñez no estará a punto de convertirse en una etapa de la vida en vías de extinción. ¡Aun siendo ricos, cuántas preocupaciones económicas padecen, cuántas cosas que no tienen y querrían tener! El iPod de última generación, el teléfono recién salido al mercado, la cámara fotográfica de tantos y cuantos megapíxeles, etcétera.

Cuando los veo hablarse entre ellos a través de sus teléfonos, me espanta la rapidez con que buscan apretar el botón rojo. Claro, la llamada les cuesta. Pero, en semejantes condiciones, ¿cómo podrán aprender el arte del diálogo, que consiste en hablar y escuchar con atenta paciencia? Me los imagino en el futuro más silenciosos, más tímidos, más distraídos.

Ya sé que tener un teléfono celular es ventajoso; ya sé que muchos padres se sienten más seguros cuando su hijo se va a la fiesta con él en el bolsillo para que, en caso de peligro, pueda llamarles pidiendo auxilio. Todo esto lo sé, y, sin embargo, no deja de dolerme el verlos tan pequeños y tan preocupados. Tan gravemente preocupados contando sus monedas, sudando de ansiedad, con el rostro ya marcado por las arrugas de la preocupación. Cual si fuesen viejos.

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