Gustavo Serrano hace guardia desde las estrellas

Sin duda Gustavo Serrano Limón será recordado por el valiente testimonio que ofreció a lo largo de su vida.



Me ha costado trabajo escribir, debo reconocerlo. ¡Quisiera decir tantas cosas y temo callar lo importante! Aunque esperada, por su ya prolongada enfermedad a la que Dios le dio pausa suficiente para permanecer un rato más entre nosotros, la muerte de Gustavo Serrano Limón me llena, en primer lugar, de confianza y esperanza. Los años de haberlo tratado, ¡desde la secundaria!, me llevaron a tener de él una imagen ejemplar. Ante todo, por ser un buen cristiano, comprometido, coherente, evangelizador y animador de todos. Con este pasaporte inicial, ¿qué esperar, sino la eternidad? Lo demás sale sobrando.

Pero esa confianza y gratitud que vi también en quienes llegaron a despedirlo, con serenidad, sin aspavientos, recapitulando, recordando y celebrando, se constituye para quienes tuvimos la dicha de cruzarnos con él en diversos momentos y circunstancias, y encontrarlo siempre firme, en su tarea, sembrando y cosechando, un compromiso de intentar ser como él. Fue sencillo, pero efectivo. Organizador, realizador, estimulador. No iba solo, siempre acompañado y siempre acompañando.

Supo transitar y pisar diversos escenarios y en todos ellos encontró el modo de realizar una labor más allá de lo rutinario e intrascendente. Ya lo dije, como estudiante en su ámbito escolar, primero, y luego como docente, dedicado a la enseñanza, a la formación de jóvenes, a la apertura de nuevos horizontes donde sembrar la semilla con la certeza de su buena mano, el auxilio de Dios y la respuesta generosa de aquellos a quienes tocaba. Su paso no era indiferente.

De aparente frialdad, era jocoso, bromista y orador fogoso que sabía de conceptos, de ideas, de arengas y de entusiasmo para emprender, para trabajar, para construir.

También supo de retos y de dolor. Con entereza y firmeza le tocó emprender el rescate de los compañeros que murieron en el derrumbe del edificio de Coparmex en 1985, cuando era director general. Luchó cuanto pudo por rescatar a los sobrevivientes. Con todo el equipo de la Confederación se sumó a la respuesta que dieron en el Sindicato Patronal: “Los mejores tiempos están por venir”, frase profética que se realizó poco a poco, no sólo pensando en la institución, sino también en el país.

Y como fruto de esa tarea, que para algunos parecía estéril, al momento de la alternancia política en el año dos mil, se sumó a quienes desde la sociedad civil habiendo pugnado por la esperanza del cambio, creyó llegado el momento de realizar su aporte en esa dirección. Y nuevamente fue con los jóvenes, revitalizando y renovando el servicio social, en apertura con las instituciones educativas y comprometiendo a otros para que también aportaran su grano de arena, desempeñó una febril tarea en la Sedesol.

Era incansable. No quería permanecer ocioso, ni por motivos de salud. Ya delicado, oteaba el horizonte en busca de esa oportunidad de hacer más, de seguir en la labor. Pero llegó su hora y fue llamado. Gustavo es, ahora, de los que hacen guardia desde las estrellas y nos invita a seguirlo en el afán. Descansa en paz y su recuerdo es para siempre.

 

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