¿Qué pasa en la mente de un abortista?

¿Qué relación hay entre las campañas de defensa de la vida con una publicitaria del clero católico? Al parecer los proabortistas lo ven como algo totalmente ligado y con fines comunes.



¿De verdad no saben o están mintiendo?

Entre los diversos argumentos que esgrimen quienes desean desalentar la participación de la ciudadanía en campañas a favor de la vida, en especial de la vida de los niños que aún están en el vientre materno, hay uno que llama la atención porque evidencia en esas personas un alarmante grado de ignorancia, o una preocupante incapacidad de entender las cosas más sencillas, o un desdén total por la verdad. Dicho argumento describe las campañas en defensa de la vida como una artimaña publicitaria del clero católico para engatusar a los creyentes para tomar posiciones en contra de la libertad, de la educación, del crecimiento personal y de todas aquellas cosas que –ellos afirman– rescatarían a la gente de la opresión moral causada por tantas prohibiciones eclesiásticas que les impiden disfrutar la vida plenamente. En otras palabras, esas personas niegan que el "producto" que se gesta en el vientre materno sea una verdadera persona humana y, en consecuencia, no aceptan que el aborto sea un asesinato. Para ellos, todo eso no son más que mentiras predicadas por la Iglesia con el único fin de mantener al mayor número de seguidores en la ignorancia y aprisionados por atavismos oscurantistas; con el fin de mantener vivo el dominio patriarcal del hombre sobre la mujer. Incluso, agregan, si la oposición cristiana al aborto no fuera motivada por las razones aducidas arriba, si fuera sincera, sus únicos respaldos intelectuales serían la Biblia y la teología, los cuales obviamente no pueden obligar a los no cristianos. La decisión de abortar o no dependería, entonces, de las creencias religiosas de los interesados.

Es evidente que tal crítica de parte de los abortistas es completamente falsa. Pero, ¿en qué se basan para hacerla? ¿De verdad ignoran los contenidos y los fundamentos de la doctrina de la Iglesia respecto a la vida y al aborto? ¿O simplemente están inventando? ¿O se trata de un simple problema de comunicación? ¿O, por último, no será que aun conociendo lo que la Iglesia enseña esas personas prefieren mentir porque eso los reditúa más beneficios para su causa?

Lamentablemente, no falta quien crea, palabra por palabra, lo que el lobby abortista proclama. Hay ya en el mundo demasiados organismos legislativos que por haber aceptado esos argumentos han terminado aprobando leyes como la que emitió el Senado de Nueva York en días pasados. Según esa ley, si una mujer decide que no quiere dar luz al hijo que trae en su vientre, puede optar por deshacerse de él –matarlo– en cualquier momento hasta antes del parto. A las voces cristianas que manifiestan su oposición ante esas leyes con frecuencia se les responde como si se tratara de responder a un niño ingenuo o a un deficiente intelectual; desde el recinto legislativo se les dice que no podrán ser escuchadas, y justifican esa negativa en los argumentos mencionados antes, u otros parecidos. Las enseñanzas morales cristianas, así, son descontadas como posibles interlocutoras en los debates legislativos.

Pero ¿de verdad los argumentos en favor de la vida que aducen los cristianos nacen de agendas ocultas de la jerarquía eclesiástica? ¿O de las mentes de teólogos que andan en las nubes? Si no conocemos la verdad corremos el peligro de caer en esas mentiras.

La Iglesia Católica defiende la vida, es cierto, pero no como estratagema de mercado para evitar perder adeptos, ni para mantener subyugados a los fieles. Ni tampoco como resultado de medievales interpretaciones de la Biblia. Lo hace por los motivos siguientes.

El que el ser que mora en el útero materno es un verdadero ser humano lo dicen la ciencia y la reflexión filosófica, y la Iglesia acepta ese veredicto. No hace falta una declaración papal o una consulta bíblica para demostrar eso. Sería torpe de la Iglesia oponerse a lo que la ciencia ha demostrado patentemente. Por otra parte, los datos de la ciencia deben encontrar un significado para la vida humana, si no serían inútiles. Lo que la revelación hace es dar a conocer a la humanidad el enorme valor y significado de lo que la ciencia y la reflexión humana han descubierto por sí mismas.

No nos basta a los seres humanos que los científicos hayan ratificado de modo irrebatible que la vida de las personas empieza en el momento de la concepción y que no termina hasta el momento de la muerte. Tampoco basta que la filosofía nos demuestre, en concordancia con el simple sentido común y con la experiencia cotidiana de la humanidad, que el ser que existe en el útero materno desde el momento de la concepción únicamente puede ser un ser humano, una persona; que afirmar lo contrario es una insensatez monumental. Ambas cosas bastarían por sí mismas para hacer que la ley respetara la vida, claro, pero eso no basta para vivir humanamente. No nos basta porque ni la ciencia ni la filosofía nos pueden dar todas las respuestas a las preguntas más trascendentes sobre la vida humana: ¿Para qué? ¿Por qué? Todos sabemos por experiencia propia que necesitamos saber esas respuestas si queremos que nuestra vida tenga sentido pleno.

Es muy difícil descubrir este valor –el auténtico sentido y la finalidad de la existencia humana– al menos de modo correcto e inequívoco, sin la ayuda de la revelación. La ciencia sola, por ejemplo, no puede explicar la dignidad de la persona humana. La reflexión filosófica sola tampoco puede hacerlo cabalmente. La postura de la Iglesia respecto al aborto, en conclusión, está sustentada en esos tres fundamentos: ciencia, reflexión filosófica y revelación. Cualquier intento de desbaratar la argumentación cristiana sobre el aborto deberá empezar, por tanto, con la refutación científica y racional de los argumentos de la ciencia y de las conclusiones filosóficas respecto a la naturaleza del niño por nacer. Y deberá ser seguido por la demostración incontestable de la irracionalidad y peligrosidad de los datos de la revelación. Arrojar lodo para tapar la verdad es una estrategia propia de vándalos, mequetrefes insubstanciales.

 

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