El reto de la natalidad es una cuestión de esperanza

El papa Francisco dijo que el nacimiento de los niños es el principal indicador para medir la esperanza de un pueblo. Si nacen pocos niños es que hay poca esperanza, poca confianza en el futuro.

Parece que el motor de la esperanza se ha detenido en Occidente porque se presenta un invierno demográfico. El nivel de fecundidad en Francia pasó de 2,03 hijo por mujer en el 2010 al 1,08 por mujer al año 2022. El nivel de remplazo está en 2.1 por mujer.

Se observa que los occidentales se dedican a pensar en sí, en su proyecto de vida y a consumir, en cambio los hijos de inmigrantes (musulmanes en su mayoría) aumentó en un 72%. Sin disparar una sola bala, de manera pacífica, empiezan a ocupar el territorio cristiano.

PRINCIPIOS NO NEGOCIABLES: El derecho a la vida, el derecho de los padres a la educación de sus hijos, la defensa de la familia y la búsqueda del bien común.

El Estado debe hacer tres cosas, entre otras:

  • Hacer justicia
  • Hacer caminos
  • Hacer la guerra: en el sentido digno de la palabra, es decir, recuperar la soberanía y no entregar nuestro patrimonio a gente extraña.

La familia ha existido antes del Estado. Si se destruye la familia, se destruye a la sociedad. Los romanos eran inteligentes, decían que una familia disfuncional probablemente va a generar hijos disfuncionales y se van a convertir en ciudadanos disfuncionales, entonces el Estado va a lidiar con ello, y dicen: “No quiero esos problemas, vamos a resolver el problema de raíz”, entonces dan unos parámetros jurídicos para proteger a la madre y a sus hijos. Hay hijos con circunstancias difíciles y son capaces de sobreponerse y ser personas muy virtuosas, pero no son la mayoría.

Ningún ser humano puede ser declarado incompatible con la vida. Cada niño que se manifiesta en el seno materno es un don, un regalo irrepetible y único. Los bebés no son como las máquinas, si una se echa a perder, consigues otra. Cada niño cambia la historia de una familia, del padre, de la madre, de los hermanos y de los abuelos y tíos. El miedo y la hostilidad hacia la discapacidad a menudo conducen a la elección del aborto configurándolo como una práctica de “prevención”. Todo niño ha de ser amado, toda persona ha de ser amada, aunque lleve malformaciones físicas o morales. Toda vida humana es sagrada e inviolable. A veces hay una mentalidad eugenésica inhumana, que dicta quienes han de morir y quienes han de vivir, y así se arrebata a las familias o a la madre la posibilidad de acoger y amar una nueva vida, aunque ésta sea débil.

La Confederación Americana Sobre Derechos Humanos, de observancia obligatoria para México, establece el derecho a la vida desde el momento mismo de la concepción (Art, 4º, párrafo primero). Es imposible que un delito sea al mismo tiempo un derecho. No es progresista tratar de resolver los problemas humanos eliminando una vida humana.

Dicen que mucha gente muere por culpa del alcohol; pocos dicen cuánta gente nace por la misma causa.

Cuando la madre no quiere al hijo que viene, queda el recurso de darlo en adopción. No existe el derecho a adoptar, existe el derecho a ser adoptado, dice el juez de Kentucky: “El niño tiene el derecho superior de recuperar lo que ha perdido en lo natural: un padre y una madre”. El niño no es un producto para satisfacer un anhelo emocional, ideológico o político. El niño es el fin supremo de la sociedad y del Estado. Todo niño es un fin en sí mismo, es digno de ser amado por sí mismo.

Madre Teresa de Calcuta decía: “Si una madre puede asesinar a su propio hijo en su seno, ¿qué impediría que nos matemos unos a otros? Millones de niños no nacidos son asesinados. Nadie habla de estos pequeños que son concebidos para la misma vida que tú y yo. Las naciones que han legalizado el aborto, para mí, son las naciones más pobres. Tienen miedo de los pequeños, tienen miedo de los niños no nacidos, y el niño debe morir porque no quieren alimentar un niño más, ni educar un niño más. El niño debe morir. En el nombre de estos pequeños, les pido que digan sí a la vida. La Escritura narra que fue un niño no nacido, el que reconoció a Jesús, cuando María fue a visitar a su prima Isabel; en el momento en que María entró a la casa, el pequeño exultó de alegría en el seno de su madre. ¡Reconoció al Príncipe de la Paz!”.

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