Solalinde o Sicilia

Los poetas nos invitan a marchar dando la espalda al terror, nos invitan a marchar de cara a la esperanza.


Javier Sicilia 


El propósito de lo que a continuación escribo no es reseñar la petición de Sicilia ni la contestación del padre Solalinde. Los noticiarios y las redes pueden dar cuenta de eso. Mi intención es respaldar abiertamente a Javier Sicilia y exponer algunas razones de ello.

Antes, abro un paréntesis. Alejandro Solalinde merece todo mi respeto y admiración por su labor a favor de los derechos humanos de nuestros hermanos migrantes. En ese punto: Chapeau! En cuanto a salir defensor, no de una causa, sino de un gobierno específico, de un partido definido y de un programa concreto, creo que eso roza ya los linderos marcados por el art. 130° constitucional. Y si el gobierno permite la defensoría de un cura, debería permitir, por mera equidad, la crítica abierta de otros clérigos. Yo mejor no abriría la caja de pandora en este momento de la vida política. La crispación y polarización social ahora contaría con púlpitos, aguas benditas e inciensos en ambos bandos.

Ahora voy al grano. Pocos mexicanos, tenemos que admitirlo, tienen la autoridad moral que está detrás de las fuertes y profundas palabras de Javier. Él padeció en carne propia el dolor y la impotencia de lo hasta ahora innombrable en cualquier idioma: la muerte de un hijo. Le fue cortada de tajo, como a miles de mexicanos, una de las razones fundamentales para vivir. Pero Javier no transformó su luto en odio. En el crisol indescriptible de la muerte de un inocente se forjó un sueño: una verdadera búsqueda de justicia y paz. Y ese sueño lo compartimos muchos. A la sombra de su palabra y a la vera de su dolor muchos marchamos, muchos vimos nacer esa genuina esperanza. Salió un 5 de mayo de 2011 de Cuernavaca y llegó al Zócalo capitalino tres días después. Recordar sus palabras sin llorar nos haría desalmados; pero recordarlas sin remordimiento a causa de nuestra terrible indiferencia y nuestro cómplice silencio de estos ocho años, nos haría depravados.

Conocí a Javier antes del 2011. Colaboré en una publicación colectiva que él dirigió sobre Simone Weil. ¿Quién lo diría? A mí me tocó escribir sobre el “sufrimiento”. Alguien puede diferir de Javier en temas, en autores, en hermenéuticas. De hecho, él aquilata las diferencias. Pero hay algo que vuelve peculiarmente incómoda una charla con Javier: es un poeta, es decir, es un profeta. Profiere la verdad sin tapujos, sin ambages. Y, no obstante, no es impúdico frente al misterio, no lo intenta desocultar. La voz del profeta nos descentra, nos confronta, nos cuestiona. También nos esperanza, nos guía, nos canta. Solalinde yerra en un punto medular: trata la voz poética como si fuera demagógica; cree que el horizonte de esperanza que propone un profeta es una más de las cuestiones que conforman el conjunto de lo opinable y debatible.

Javier nos enseñó también a marchar a la luz de la desnudez de la palabra, que es el silencio. Silencio que se hizo estridente: voz de los sin-voz que ya no existen entre nosotros a causa del crimen organizado, la violencia y la corrupción.

Sicilia, en su tercera carta abierta al Presidente de la República, afirma: “…Por ello voy a caminar de nuevo con lo único que tengo, mi dignidad, mi rabia y mi palabra, para decirte a ti y a los que quieran escuchar que la casa de todos sigue en llamas, que debemos abandonar el hábito –que nos inoculó la violencia– de insultarnos, descalificarnos, difamarnos, polarizarnos; que debemos sacudirnos la indiferencia bovina a la que, a fuerza de horror y miedo nos está reduciendo la violencia, hasta normalizar el crimen, y que sólo unidos podemos hacer posible lo único que importa: la verdad, la justicia y la paz.” Javier invita a tres cosas –pido leer de nuevo ese párrafo–: abandonar la polarización, no ser indiferentes y buscar unidos la verdad, la justicia y la paz.

Perdónenme, pero no veo allí algo opinable. Algunos intentan hacer una caricatura de Sicilia, luego politizarlo, vilipendiarlo y, así, aniquilarlo. Pero vayamos a la verdad, la cual está más allá de toda mezquina politización, aunque más acá, junto a las víctimas, junto al dolor.

Sicilia no busca una curul, su sueño no es que su fotografía adorne las oficinas de los burócratas. Javier quiere despertar a una nación, nos invita a forjar juntos otro porvenir. Porque los pueblos no despiertan en las urnas, ni en los Congresos se fraguan los sueños. Porque los poetas nos invitan a marchar dando la espalda al terror, nos invitan a marchar de cara a la esperanza.

 

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