Teoría de género, moda perecedera

La triste suerte de teorías como la de “género”, a diferencia de los dogmas, es que la realidad con su largo cortejo de consecuencias, termina por atraparlas, desmentirlas.


Género


No hay día que no se evoque en la prensa escrita o virtual el concepto de género: las modalidades bajo la que se nos presenta el concepto se puede declinar hasta donde la imaginación llegue: violencia de género, alarma de género, equidad de género, disparidad de género, perspectiva de género, etcétera. ¿Pero realmente sabemos lo que el concepto significa y los cambios que su aplicación bajo el impulso de los dos últimos gobiernos opera en la sociedad?

Los intelectuales que cubren de manera ubicua los medios nacionales de comunicación oral y escrita, podrán decir que sólo se les puede dar crédito en los temas que se especializan: historia de México, democracia, política económica y social entre otros. Sus complejos frente a las élites pensantes de Europa los rebaja a la calidad de promotores de ideologías. Y de ideologías que sufren rechazos masivos en las mismas metrópolis que les dio luz. En París, por ejemplo, la ley Taubira, la ley que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo, sacó de sus casas a un millón de personas para protestar en las calles de París. Lo mismo ocurrió este 6 de octubre pasado con la ley de extensión del derecho de la procreación in vitro a las lesbianas y todas las mujeres solteras o casadas deseosas de tener un hijo: 600 000 personas en las calles de París.

Ese es el caso de los que tienen todo el tiempo del mundo para estudiar y pensar los problemas de nuestro país. Pero ¿qué se puede esperar de los activistas? ¿O de los que hacen leyes en el congreso para el bien del pueblo? ¿O, aun, el de un presidente que anuncia desde el palacio nacional, para la felicidad de toda la nación, su decreto de igualdad a favor de la comunidad LGBTTTI? ¿Cómo y por qué pues promueven derechos sin conocer con suficiencia los fundamentos que los justifican?

Los intelectuales y demás portavoces que se preocupan por conocer la teoría de género, no pierden la oportunidad de contemplar las aspiraciones de las organizaciones LGBTTTI bajo la óptica de la igualdad y el progreso moral. Las apoyan con el sentimiento de cumplir con un deber moral. No parece que les preocupe la credibilidad científica de la teoría, ni las consecuencias que pueda generar el acomodamiento de las instituciones – como es el de la familia– al “deseo” de unos cuantos. Razonan los problemas de sociedad por el lado del principio de “a cada quien su deseo”. Sin importarles que de salto en salto dentro la línea del derecho para todos (matrimonio, adopción, procreación in vitro sin padre, etcétera.) se atente contra la existencia misma de la familia: lugar de encuentro carnal entre un hombre y una mujer, vector de vida y fundamento de la humanidad.

Pese a la furia con que los atacan desde el gobierno y las redes sociales, (por su liberalidad en materia de política económica y social), los intelectuales y los periodistas aplauden gustosos todas las iniciativas que promuevan la liberalidad moral desde los congresos locales o de la federación. En sus programas de televisión y radio que amenizan, analistas, legisladores y activistas fraternizan con esos temas: “Sí, sí, por supuesto que estamos totalmente de acuerdo con nivelar a todos con los mismos derechos, después de todo a nadie se le quita nada, a nadie, seamos generosos, no seamos mezquinos”. El día que el presiente quiera, dirá: hagámoslo por amor al prójimo. Y la prensa oral y escrita lo celebrará, como cuando Peña Nieto publicó su decreto de reforma constitucional a favor de la igualdad sexual. Pero sólo la prensa. Porque, como se sabe, ese decreto tuvo un impacto desastroso en las elecciones legislativas de junio de 2016. Las facturas se pagan.

Podrán decir que son ateos nuestros intelectuales, pero a ellos también les trabaja la educación religiosa que tuvieron de sus madres o a través del catequismo –a no dudarlo–. Pero como son intelectuales y el ejercicio de pensar con libertad choca supuestamente con la fe, –la cual se la reservan a la gente inculta–, concluyen en la oportunidad de mostrarse siempre inteligentes haciendo alarde de anticlericalismo e irreligiosidad, pero en el fondo el resorte de la fe les sigue trabajando el alma. Sólo que esa fe, basada originalmente en la caridad y el amor al prójimo, la proclaman ahora desde los pulpitos de la iglesia del progreso moral y la desacralización de la vida.

Es raro que el reclamo de un derecho no busque remover la moral para provocar la adhesión.

Ahora bien, la inclinación a favor de un derecho, por deber moral, surge casi siempre de la creencia en la teoría que respalda ese derecho, que lo que ésta dice es una verdad absoluta sobre la que es vano discutir. La actitud de quienes meten la mano al fuego por la teoría de género, no es del todo distinta de quien en misa proclama el credo de la Iglesia Católica. De hecho, defienden –y no sin vehemencia– el concepto de género y sus “verdades” como si fuera un credo religioso sobre el que hay que dar fe o callar. Ahora bien, los credos religiosos, como el de la Iglesia Católica, se construyen en torno a misterios. La resurrección de Cristo Jesús es un misterio, lo es igualmente la creación del mundo. Los misterios religiosos trascienden el mundo físico, presuponen la existencia de un Dios creador. En una simple hoja de árbol, santo Tomas de Aquino encuentra materia para confrontarnos con el misterio de la creación. “Esta hoja de árbol, dice, es ininteligente, no tiene inteligencia, sin embargo en ella hay inteligencia y esa inteligencia es infinita”.

Plantearse el problema de la creación del mundo como un misterio es legítimo, porque no hay conocimiento humano, construido con todos los cánones de la ciencia, que pueda demostrar la existencia o la inexistencia de Dios creador. Blas Pascal decía que conviene apostarle a la existencia de Dios, porque si existe, uno gana, y si no existe, uno pierde, y mucho. Después de todo Dios es insondable, impenetrable al conocimiento humano, pero no los problemas sobre los que se inclina la ciencia. Para la ciencia, los problemas que estudia son enigmas, objetos opacos que se pueden aclarar, no misterios que se explican a punta de conjeturas alambicas, inextricables, frente a las que no hay más remedio que creer o no creer, a la manera de los credos. Dicen que para que una teoría sea creíble ésta se tiene que pronunciar sobre hechos que se puedan observar. Pero, ¿podrá ser creíble que las diferencias entre hombres y mujeres no son naturales, que han sido desnaturalizadas por los hombres para dominar, y que todo esto ha sido así desde siempre, debido a una estructura arqueológica de pensamiento que hace que los hombres asuman la dominación y las minorías sexuales – incluyendo las mujeres– la acepten como naturales?

En cuanto a la idea que todos los mortales tenemos de lo que es un hombre, una mujer el matrimonio, la familia: nos dicen que son puros artificios que se tienen que “desconstruir”, para que los dominados vean las entrañas del embuste con el que la sociedad estigmatiza la diversidad sexual. Pretenden que, gracias a las verdades reveladas en la iglesia del progreso moral, la teoría libera a los dominados: para que con orgullo tomen consciencia de su derecho a cambiar de identidad sexual, a liberar su sexualidad del yugo de la naturalización operada por los hombres, a casarse, adoptar hijos, concebir in vitro niños sin padre, alquilar vientres de mujeres desamparadas, etc. Que importa que esos derechos pisoteen otros derechos como el de nacer, el de crecer dentro de una familia con la presencia natural, insustituible de un padre y una madre o atenten contra la dignidad de las mujeres que mercantilizan sus vientres por necesidades económicas apremiantes.

La teoría de género redime a los oprimidos. Y sus seguidores se suman a la misión redentora de ese deus ex machina que como en el teatro, cae del cielo para salvar a la víctima de la muerte o de la ignominia. Y con tanta más fuerza que les permite actuar con la consciencia de estar del lado de los justos. La divisa de los fieles a la moral del progreso seria: “Si la santa ciencia esta de nuestra parte, ¿quién podrá estar contra nosotros?”. Los dogmas se alojan ahora en las ideologías. Un dogma no se discute: o se cree o no se cree. Su lenguaje podrá ser el del escándalo y la locura para los increyentes, como lo dice san Pablo, pero no para los que creen. Con la teoría ideologizada de género ocurre que en lugar de describir, ofrecer una explicación plausible, creíble de la diferenciación injusta de los sexos ahora prescribe un nuevo “deber creer”, pretende dictar como “debemos moralmente ser”. Es la nueva catequesis. La triste suerte de estas teorías, a la diferencia de los dogmas, es que la realidad con su largo cortejo de consecuencias, termina por atraparlas, desmentirlas. El cementerio, el olvido, ese es el destino de las teorías desmentidas por la realidad.

La teoría de la lucha de clases yace quieta bajo una lápida mortuoria, pero cuidado, no el ideal de lucha contra el opresor, el cual salta como un demonio de agente en agente actualizándose siempre para oprimir a alguien. Si se enseñó a soñar con una sociedad sin clases, liberada de la explotación de los malvados capitalistas, ahora se enseña a soñar con una sociedad asexuada, con hombres afeminados y mujeres virilizadas, como si fuera la libido masculina, la responsable de los sufrimientos de los oprimidos del siglo XXI. La lucha de clases inspira e inspirará por siempre. Los demonios podrán mudarse de cuerpo; pero siempre habrá un exorcista de la liberación que lo descubra con su ciencia.

 

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