Uniforme neutro: teoría de género y sentido común

Nuestras élites conciben al hombre como un idiota cultural que percibe y actúa frente a una realidad que le miente, que es falsa, que lo envuelve de humo para que no vea en donde están sus intereses.


Imagen de Claudia Sheinbaum


Nuestras élites pensantes sueñan con un gran cambio de mentalidad y que ese cambio se tiene que operar desde arriba, a punta de leyes y programas educativos. Es una convicción fundada en la idea de que a la gente se le tiene que liberar de un modo de pensar la realidad que va en contra de sus propios intereses materiales e ideales y hasta contra su propia salud mental, como diría Sigmund Freud. Carlos Marx prometía liberarnos de la explotación capitalista de la cual no estábamos conscientes. La teoría de género, como de la de Pierre Bourdieu, prometen por su parte liberar a hombres y mujeres de la lente que deforma la realidad para que puedan reconocer los mecanismos malvados de su miseria y los miserables que controlan esos mecanismos.

Bajo la influencia de estas teorías, nuestras élites conciben al hombre como un idiota cultural que percibe y actúa frente a una realidad que le miente, que es falsa, que lo envuelve de humo para que no vea en donde están sus intereses. A ese idiota cultural se le tiene que abrir los ojos para que “tome consciencia”. Así razona Claudia Sheinbaum. “Los padres de familia quieren mantener el uniforme escolar”, dice la jefa de gobierno de la ciudad de México, con motivo de la puesta en marcha del programa de uniforme con equidad de género. “Y eso está muy bien, es un derecho”, precisa.

Pero lo que no saben esos padres de familia, es que, cito “quedaron atrás los tiempos en los que las niñas tenían que traer faldas y los niños pantalones. Eso ya pasó a la historia, ahora los niños pueden traer faldas si quieren y las niñas pantalón si quieren” (Reforma, 2019, junio 6) ¿Con atención a quién hace la jefa de gobierno esta declaración? ¿A los padres de familia? Los padres de familia podrán comprender que tienen derecho a pedir el uniforme, pero no lo otro, lo de la inversión de vestimenta. ¿Cómo explicarles a esos padres de familia que para acabar con la injusta dominación masculina hay que indiferenciar a los sexos en el uso de la vestimenta escolar, disociar los significantes (pantalones/faldas) de los significados los cuales dependen, según la teoría, de las oposiciones homologas y la visión androcéntrica que encierran las palabras? ¿Cómo explicarles a bocajarro y sin la jerga de la ciencia revelada, que hay que iniciar a los niños y las niñas en el uso de su libertad para elegir su propia identidad sexual, de tal suerte que quien quiera ser niño o niña, que lo sea, que no los detenga la anatomía de sus cuerpos?. Y que vivan su sexualidad a la carta, con libertad y sin imposiciones de ninguna índole: si quieren ser heterosexuales, bien, bisexuales u homosexuales, igualmente bien, que aprendan, en una palabra a disponer de sus cuerpos como bien les plazca.

Que entiendan o no, por igual los padres de familia y sus niños que lloran nomas de ponerles al horizonte la posibilidad de ir con faldas a la escuela, el programa “va porque va”. Para la felicidad de los partidarios de la teoría de género y la consternación de la Unión Nacional de Padres de Familia (UNPF). A la protesta de estos siguió la respuesta alucinante del secretario de Educación Pública, Estaban Moctezuma: que el reglamento concierne sólo a las niñas y que ha sido pensado para su comodidad y protección contra el frío y el riesgo de feminicidio, dado que, cito, “en México tenemos un problema muy fuerte de feminicidios, tenemos un problema muy serio del tema de la seguridad que tienen las niñas”(Reforma, 2019, junio 7) Esto significa que el odio contra las mujeres ya alcanza a las niñas, por lo que conviene no diferenciarlas con el pantalón para confundir a los feminicidas, metiéndole una dosis de complicación en la identificación de las niñas. Lo de la comodidad de los pantalones no quedó claro si es para jugar o huir del lobo potencial que hay en cada uno de los mexicanos que, sin saberlo, odian las faldas. ¿Surrealismo puro? ¿Delirio? No, el titular de la SEP entiende lo que dice y hace, es tan inteligente como lo es el “pueblo bueno”. Solo que la inteligencia del pueblo, no es el de los políticos sensibles a las presiones de grupos inspirados en teorías que desprecian la comprensión basada en el sentido común. Con esa ignorancia de contexto, el titular de la secretaria de educación retrograda la inteligencia de los padres de familia a la de un niño con carencias intelectuales para comprender las cosas de los adultos.

Si los partidarios de la teoría de género creen en sus explicaciones sinuosas, alambicas, complicadas, es porque de alguna manera despiertan la fe o la atraen de la religión. De allí que una buena parte de la militancia crea en la manera de quien cree en el espíritu santo. Pero una cosa es la fe sin la cual no puede haber creencia religiosa y otra la ciencia en donde no hay más lugar que para el razonamiento crítico. Y es precisamente desde esta perspectiva que filósofos, antropólogos, sociólogos cuestionan profundamente el desdén y el desprecio con el que teorías como estas tratan el sentido común, el razonamiento de la gente.

La prueba es que existen teorías –como la de René Girard–, que con una concepción del conocimiento basada en el sentido común y la psicología convencional, explican la existencia de la diferenciación social (de la cual deriva la de los sexos) como una forma pensada para evitar la rivalidad mimética, cuyas consecuencias, dicho sea de paso, pueden llegar a ser devastadoras. Con los conceptos de esta teoría se puede fácilmente explicar el crecimiento en las tendencias en el divorcio, incluso la violencia contra las mujeres, como el resultado de la rivalidad entre hombres y mujeres por objetos (intereses materiales e ideales) que la tradición separaba para evitar precisamente el conflicto que hoy vemos en muchos lugares: en la escuela (el celo por las diplomas, los reconocimientos, etc.) en el trabajo (remuneración, promoción profesional, etc.) en la política (puestos públicos) en el hogar (exigencias de libertad, independencia y división equitativa de las labores domésticas), en la calle (querellas al calor del consumo de alcohol, implicación en actividades ilícitas: narcomenudeo, etc.).

 

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