En los millones de acontecimientos violentos o de desastres que sacuden al mundo, en el corazón de los seres humanos existe la semilla de la empatía con quienes viven alguna situación de vulnerabilidad, lo que muchas veces va más allá de un sentimiento y se convierte en ayudar a quien más lo necesita, esta acción se conoce como solidaridad.
Para actuar de manera eficiente y eficaz en favor de los más desfavorecidos se requieren planeación, acciones organizadas, recursos materiales y por supuesto la entrega física de quienes pueden con su presencia apoyar presencialmente a quienes verdaderamente requieren apoyo y calidez humana.
Debido a las grandes necesidades a lo largo y ancho del orbe, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), proclamó a la solidaridad como un valor no negociable cuando en 2005, estableció el 20 de diciembre como Día Internacional de la Solidaridad Humana, con la intención de recordar que quienes más sufren merecen el apoyo de quienes más tienen. No fue una fecha elegida por azar, pues buscó plasmar de manera institucional una creencia: sin cooperación, sin empatía activa, los grandes desafíos del siglo XXI como son la pobreza, la desigualdad y las crisis humanitarias, no tienen horizonte de solución.

Esta conmemoración se sostiene sobre dos pilares fundamentales. El primero, el Fondo Mundial de Solidaridad, creado en 2002 y operando desde 2003, con el fin de financiar acciones concretas que erradiquen la pobreza en los países más vulnerables. El segundo, la invitación permanente, con cada celebración anual, a que gobiernos, organizaciones y ciudadanos reflexionen, actúen y elaboren nuevos caminos hacia la justicia social y el desarrollo sostenible.
En el último año, la ONU ha resaltado este mensaje con renovado impulso, aunque los retos que emergen ponen a prueba la solidaridad global. Durante la reciente Cumbre de la ONU en Sevilla, en junio de 2025, el secretario general António Guterres advirtió que los progresos en desarrollo global habían retrocedido, alentados por el estancamiento económico, barreras comerciales crecientes y la caída en la ayuda. No obstante, celebró la adopción del “Compromiso de Sevilla”, un acuerdo alcanzado por consenso que busca reimpulsar la financiación al desarrollo y reconstituir la confianza entre las naciones.
Sin embargo, ese impulso se enfrenta a realidades urgentes. En 2025, la ONU apenas ha recibido 13 por ciento de los 44 mil millones de dólares solicitados para atender crisis globales, recibiendo sólo cinco mil 600 millones hasta mediados de año. En consecuencia, redujo sus metas de asistencia: atenderá a 118 millones de personas en lugar de los 180 millones previstos inicialmente, aunque más de 300 millones siguen necesitando ayuda humanitaria. Tal ajuste no es un tecnicismo presupuestario, es un dilema moral: ¿cómo priorizar la vida en un mundo donde las carencias crecen y la voluntad de ayudar flaquea?
Esta tensión entre aspiración y realidad subraya el valor insustituible del Día de la Solidaridad Humana. Es un recordatorio, más allá de los documentos, los consensos o los fondos, la solidaridad requiere sensibilidad. Nos convoca a traducir nuestra empatía en acciones, en decisiones políticas, en recursos compartidos. Es urgente que renovemos nuestra disposición colectiva para responder, con respuestas dignas, al sufrimiento ajeno.

Fortalecer la solidaridad no es un lujo ni un acto retórico; es una necesidad estructural. Cuando los estados alivian la deuda de los países emergentes, cuando se comparte tecnología médica o cuando las ayudas fluyen hacia los más desfavorecidos sin burocracia ni egoísmo, estamos construyendo sociedades más justas y equitativas. Estamos, sobre todo, afirmando la dignidad humana como eje de todas las políticas.
En este contexto, el Día Internacional de la Solidaridad Humana se convierte en algo más que una fecha. Es una llamada a la acción renovada que pone rostro y urgencia a los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Es una oportunidad para escuchar la voz de quienes no cuidan los titulares, para tender puentes donde la división pretende imponerse, para hacer que la cooperación internacional sea menos discurso y más realidad compartida.
Porque la solidaridad, como principios de vida, no entiende de pasaportes ni fronteras. Es la voluntad de actuar juntos que define si nuestra era será recordada por su egoísmo o por su capacidad de respuesta humana. Celebremos el 20 de diciembre no solo con palabras, sino con compromisos nuevos: de justicia, equidad y esperanza compartida.
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