De jardines inundados a coronas de lujo: el legado de Texcoco

El reinado de Xolotl, quien —como diría Zamacois— fue “el ojo vigilante de su pueblo”, trajo prosperidad sin precedentes a la nación acolhua. Sin embargo, “ni el soberano más excelente está exento de enemigos”, y con el crecimiento de la cultura surgieron ambiciones antes desconocidas. La ingratitud del poderoso noble Yacanex, que se sublevó, fue la primera señal de turbulencia. Derrotado por las tropas de Xolotl, al mando del príncipe Nopaltzin, el levantamiento pareció sofocarse.

Apenas la corte celebraba esta victoria, llegó la noticia de que Nauhyotl, rey de los colhuas y tributario de Xolotl, se negaba a pagar el tributo debido. Indignado, Xolotl envió a Nopaltzin al frente de un ejército. La batalla fue sangrienta; Nauhyotl murió en el campo, y el monarca pudo entrar triunfante en Colhuacan, instalando como rey a Achitometl, descendiente del último soberano legítimo tolteca.

Pero, como señala Zamacois, “la ambición, una vez despertada, no duerme”; las conspiraciones continuaron, y el rey, que siempre había gobernado con benignidad, se vio forzado en sus últimos años a emplear el rigor, destituyendo, desterrando o condenando a muerte a los culpables. Ni aun así se apagó la intriga: los conjurados se hicieron más cautos.

Una de las conspiraciones más audaces intentó asesinarlo aprovechando su costumbre de dormir solo en uno de sus jardines. El plan consistía en inundar la zona para ahogarlo. Advertido en secreto, Xolotl fingió ignorarlo, subió a un punto elevado y contempló la inundación. Cuando el agua irrumpió, se burló de sus enemigos diciendo:

“Nada me ha sucedido… mis vasallos me aman mucho más de lo que yo me imaginaba. Había manifestado deseos de que se aumentase el agua de mis jardines, y ved cómo, complaciendo mi anhelo, me la han traído sin gasto ninguno de mi parte”.

Aunque ridiculizó a los traidores, la pena y la indignación lo llevaron a trasladarse a Tenayuca con intención de castigar severamente; pero la enfermedad lo sorprendió. Rodeado de sus hijos y nobles, tras cuarenta años de un “reinado próspero y feliz” (Zamacois), expiró dejando como legado la armonía, el adelanto de la patria y la benignidad paternal hacia sus pueblos. Su cuerpo, adornado con alhajas, fue incinerado según la costumbre chichimeca, y sus cenizas, colocadas en una urna de esmeraldas, fueron depositadas en una gruta.

Nopaltzin: Entre la ley y la emoción

La exaltación de Nopaltzin (1178–1210 d.C.) como segundo rey chichimeca se celebró con cuarenta días de fiestas. Hombre maduro, casado con la tolteca Azcaxochitl y padre de tres hijos capaces —Tlotzin, Cuauhtequihua y Apopozoc—, asumió consciente de que “existía paz, pero una paz semejante a la calma aparente del océano antes de una tormenta” (Zamacois).

Delegó Texcoco a su primogénito y otros estados a sus demás hijos, adiestrándolos en la “difícil ciencia de gobernar a los pueblos”. Transformó descontentos en adictos, pero no dudó en castigar severamente a los conspiradores. En un momento de tristeza, paseando con Tlotzin por los jardines de Texcoco, lloró recordando a su padre: fue, como apunta Zamacois, “el llanto del sentimiento de un padre amoroso al ver la ingratitud de sus hijos”.

En 1216, los mexicanos que se habían separado en Chicomoztoc llegaron a Tzompanco, donde fueron bien recibidos. Nopaltzin dispuso que se les guardaran consideraciones, pues buscaban prosperar con trabajo. También enfrentó la conspiración del magnate Chalchiuhucua de Tepotzotlan, anexando su estado a Azcapozalco, y sofocó rebeliones, como la de Tollantzinco, con ayuda de su hijo Tlotzin.

Dedicado al progreso, fundó pueblos, edificó construcciones y fue el primer rey del Anáhuac en dictar leyes de conservación de bosques, caza regulada y protección de la propiedad, estableciendo la pena de muerte para destruir mojones y cometer adulterio. Para él, “la propiedad era sagrada, y el respeto al matrimonio, base del bien social”. Murió tras 32 años de reinado, recomendando a Tlotzin “velar por el bien de los pueblos como un padre amoroso”.

Tlotzin y Quinatzin: de la paz a la vanidad

Tlotzin (1210–1246 d.C.) subió al trono con regocijo general. De carácter afable, fomentó la agricultura y la introducción de nuevos cultivos como frijol, chía y otras legumbres. Murió tras 36 años de reinado pacífico y querido.

Su hijo Quinatzin (1297–1357 d.C.) trasladó la corte a Texcoco y fue el primero en presentarse en “lujosa litera abierta, llevada en hombros por cuatro principales señores” y bajo palio, rompiendo con la austeridad de sus antecesores. Esta “vanidad y deseo de aparecer como superior” (Zamacois) marcó el inicio de un ceremonial regio que todos los nobles imitaron.

Sofocó rebeliones en Poyauhtlan, Meztitlan, Tototepec y otras ciudades, castigando a los caudillos y perdonando a los pueblos. Sus triunfos le otorgaron “una respetabilidad sólida”: era temido por sus enemigos y amado por sus aliados. Tras 60 años de reinado, murió en 1357. Su funeral fue el más fastuoso: embalsamado, vestido con insignias reales, armado de arco y flechas, flanqueado por un águila y un tigre de madera, permaneció 40 días expuesto antes de ser incinerado.

Techotlalatzin y la consolidación cultural

El quinto rey, Techotlalatzin (1357 d.C. en adelante), dio —en palabras de Zamacois— “un golpe de gracia a la incultura de su pueblo” al sustituir “el dialecto duro y bárbaro de los chichimecas” por la lengua náhuatl o acolhua, “más dulce y rica”. Así culminó la fusión cultural iniciada con Xolotl, y el náhuatl se convirtió en lengua de prestigio y gobierno. Bajo su mandato, la agricultura y las artes continuaron floreciendo.

En el artículo de mañana, platicaremos del  mosaico de pueblos del Anáhuac, los tlaxcaltecas forjaron su república tras guerras, alianzas y victorias que los convirtieron en rivales eternos del imperio azteca.

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