Cuando se habla de persecución religiosa en el México del siglo XIX, la narrativa dominante se concentra —con razón— en el hostigamiento sistemático contra la Iglesia católica. Sin embargo, existe un fenómeno paralelo, menos conocido pero igualmente revelador: la violencia, discriminación y persecución que sufrieron comunidades protestantes en ese mismo periodo. Reconocerlo no relativiza la persecución católica; al contrario, completa el diagnóstico de una sociedad incapaz, entonces, de garantizar la libertad religiosa para todos.
Este episodio demuestra que el problema de fondo no era solo el anticlericalismo del Estado liberal, sino una cultura de intolerancia profundamente arraigada, donde la fe —cuando no coincidía con la identidad dominante— se convertía en motivo de exclusión o violencia.
El arribo protestante y la reacción social
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, con la apertura formal a la libertad de cultos establecida en la Constitución de 1857, comenzaron a llegar a México misioneros y comunidades protestantes, principalmente metodistas, presbiterianas y bautistas, muchos de ellos procedentes de Estados Unidos y Europa.
Para amplios sectores de la población, especialmente en zonas rurales profundamente católicas, el protestantismo no se percibía como una opción religiosa legítima, sino como una amenaza cultural y nacional. Ser mexicano y ser católico seguían siendo, en el imaginario colectivo, conceptos inseparables.
El historiador Jean-Pierre Bastian señala que “el protestante fue visto como extranjero, traidor o agente del liberalismo anticatólico”. Esta percepción detonó agresiones que el Estado liberal, paradójicamente, no siempre supo o quiso contener.
Casos documentados de violencia y persecución
Entre 1860 y 1890, se registraron múltiples episodios de violencia contra protestantes:
- Ataques a templos y escuelas protestantes en Puebla, Hidalgo, Oaxaca y Estado de México.
- Expulsión de familias completas de comunidades rurales por abandonar el catolicismo.
- Asesinatos de pastores y líderes laicos, particularmente en zonas donde la autoridad civil era débil.
Investigaciones académicas estiman que decenas de protestantes murieron en conflictos religiosos durante el siglo XIX. No existen cifras exactas —la violencia fue local y poco documentada—, pero archivos presbiterianos y metodistas hablan de al menos 40 a 60 muertes violentas asociadas directamente a conflictos por conversión religiosa.
Un informe de la Iglesia Presbiteriana de 1874 relata: “Nuestros hermanos fueron golpeados, despojados de sus tierras y amenazados de muerte por no asistir a misa”.
En archivos históricos de Oaxaca se conserva la carta de un campesino convertido al protestantismo en 1886: “Nos gritaban herejes. Quemaron nuestra casa y dijeron que México no era para nosotros”. Su familia huyó a Veracruz, dejando atrás tierras y comunidad.
Este tipo de testimonios muestra que la persecución no fue solo institucional, sino social y comunitaria, impulsada por el miedo, la ignorancia y la identificación entre fe y nación.
Las causas profundas de la intolerancia
La violencia contra protestantes tuvo motivaciones distintas pero conectadas con la persecución católica:
- Identidad nacional católica: el catolicismo era visto como pilar de la mexicanidad.
- Herida abierta por la Reforma: muchos asociaron a los protestantes con el liberalismo anticlerical.
- Ausencia de una cultura de derechos: la libertad religiosa existía en la ley, pero no en la práctica.
- Debilidad del Estado: incapaz de proteger efectivamente a las minorías.
Estos hechos evidencian una violación directa a la dignidad humana y a la libertad de conciencia, valores universales que no dependen de pertenencia religiosa alguna.
Un aprendizaje necesario: hacia la libertad religiosa integral
La intolerancia mutua del siglo XIX prefiguró un aprendizaje lento pero indispensable: la libertad religiosa no puede ser selectiva. Defenderla solo para un grupo —sea mayoritario o minoritario— conduce inevitablemente a nuevas exclusiones.
Este periodo sembró las primeras reflexiones sobre una libertad religiosa integral, que no protege una fe concreta, sino el derecho de toda persona a creer, no creer o creer distinto sin miedo a la violencia.
El siglo XIX mexicano demuestra que la persecución religiosa no fue unidireccional. Católicos y protestantes, en distintos momentos y por distintas razones, fueron víctimas de un mismo mal: la incapacidad del Estado y de la sociedad para respetar la conciencia del otro.
Recordar esta historia no busca repartir culpas, sino construir memoria completa. Solo desde ese reconocimiento es posible entender por qué la libertad religiosa, hoy reconocida constitucionalmente, debe ser defendida como un derecho humano universal y no como privilegio de mayorías.
La historia del siglo XIX dejó una advertencia clara: cuando la fe se convierte en arma política o identitaria, todos pierden. Esa lección sigue vigente.
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