La salud mental en el corazón social

Durante siglos, la salud mental fue objeto de incomprensión. En las sociedades antiguas, los trastornos eran interpretados como posesiones demoníacas o castigos divinos. Quienes padecían esquizofrenia, depresión o epilepsia eran marginados o recluidos. Apenas en 1946, con la creación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se dio un paso fundamental: la salud se definió como un “estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Con ello, la salud mental dejó de ser un asunto periférico para convertirse en parte esencial del concepto de salud.

A partir de los movimientos de derechos humanos en la segunda mitad del siglo XX, la visión cambió. “No hay salud sin salud mental”, subrayó la OMS en su informe de 2001, marcando un antes y un después en la política sanitaria internacional. Sin embargo, esa aceptación no eliminó de golpe el estigma ni las carencias en los sistemas de atención.

Una crisis silenciosa y global

El Informe Mundial de Salud Mental 2022 de la OMS estima que cerca de mil millones de personas en el mundo viven con un trastorno mental. La depresión afecta a más de 280 millones, mientras que la ansiedad impacta a más de 300 millones. El suicidio, tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años, cobra casi 800,000 vidas cada año.

En América Latina, la pandemia de COVID-19 elevó aún más la carga. Según datos de la CEPAL y la OPS, la prevalencia de síntomas de depresión y ansiedad se duplicó entre 2020 y 2022. En México, la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE, INEGI, 2021) mostró que 1 de cada 3 personas reportó síntomas de depresión o ansiedad durante la pandemia, pero menos del 20% buscó atención profesional.

El déficit de servicios es alarmante: la OMS calcula que en países de ingresos bajos y medios, como México, entre el 75% y el 85% de las personas con trastornos mentales no reciben tratamiento. La falta de presupuesto es clave: en nuestro país, menos del 2% del gasto en salud se destina a este rubro, cuando el promedio recomendado es del 5%.

Factores múltiples, respuestas múltiples

La salud mental no ocurre en el vacío. Está atravesada por condiciones biológicas, psicológicas, sociales, económicas y culturales. La OMS los llama determinantes sociales de la salud mental: pobreza, desigualdad, desempleo, discriminación, violencia, falta de cohesión social.

El doctor Jorge Caraveo, investigador del Instituto Nacional de Psiquiatría, lo resume así: “La salud mental depende tanto de la genética como del entorno. Una comunidad violenta, un trabajo precario o una familia rota pueden desencadenar problemas incluso en personas con alta resiliencia”.

Ejemplo de ello es el testimonio de Mariana, de 24 años, estudiante de medicina, quien enfrentó episodios de ansiedad severa durante la pandemia: “Entre las clases en línea, el encierro y la incertidumbre, llegué a tener crisis de pánico cada semana. No sabía a quién acudir. Finalmente, una profesora me orientó hacia el centro de apoyo psicológico de la UNAM. Esa ayuda me salvó de abandonar la carrera”.

La historia de Mariana refleja cómo los factores escolares, familiares y sociales se entrelazan con la salud mental, y cómo el acceso a servicios puede marcar la diferencia.

Cuidar antes que lamentar

Las soluciones existen y son costo-efectivas. La psicoterapia cognitivo-conductual ha mostrado gran eficacia para tratar depresión y ansiedad. Los medicamentos de última generación ayudan en casos severos. Pero los especialistas insisten en que lo más importante es prevenir.

La OMS señala estrategias probadas:

  • Programas de prevención del bullying en escuelas.
  • Entrenamiento en habilidades parentales para fortalecer a las familias.
  • Políticas laborales que fomenten el equilibrio entre trabajo y vida personal.
  • Restricción de acceso a medios de suicidio (armas, pesticidas).

En el ámbito personal, hábitos sencillos como dormir bien, hacer ejercicio, cultivar amistades y pedir ayuda temprana son determinantes. El autocuidado no sustituye la terapia, pero sí reduce riesgos.

Ética y dignidad en el centro

Más allá de lo médico, la salud mental es un reto ético y social. Implica reconocer la dignidad de quienes sufren y eliminar estigmas. Como recuerda el Papa Francisco en Fratelli tutti: “Nadie se salva solo, únicamente es posible salvarse juntos”.

Invertir en salud mental es también invertir en cohesión social y en paz. Estudios del Banco Mundial muestran que por cada dólar invertido en tratar depresión y ansiedad se obtienen cuatro dólares en productividad y bienestar social. La justicia social exige garantizar que el acceso al cuidado no dependa de la condición económica.

En palabras de la psicóloga mexicana Marcela Tiburcio: “El mayor reto es entender que no hablamos de pacientes aislados, sino de ciudadanos que tienen derecho a desarrollar plenamente su vida. Ignorar su sufrimiento nos hace cómplices de la exclusión”.

Hacia un futuro transformador

Imaginemos un México donde ir al psicólogo sea tan común como ir al dentista, donde las escuelas enseñen educación emocional, donde los centros de trabajo midan el bienestar psicosocial como parte de la productividad. No es utopía: en países como Canadá y Chile, ya existen programas nacionales que integran salud mental a la atención primaria.

El desafío para nuestra generación es romper la inercia del silencio. La juventud mexicana ha demostrado estar más abierta a hablar de ansiedad, depresión o burnout que sus padres y abuelos. Sin embargo, esa conversación debe traducirse en políticas públicas sólidas, presupuestos adecuados y acciones comunitarias.

Como dijo Mariana al final de su testimonio: “Lo que más me ayudó fue sentir que no estaba sola. Si hubiera seguido callada, no sé qué habría pasado. Hablar y pedir ayuda debe dejar de ser un acto de valentía y convertirse en algo natural”.

La salud mental ya no puede permanecer en la penumbra. Reconocerla como derecho humano, atender sus causas múltiples y garantizar acceso universal a servicios es un deber ético y una necesidad social. México y el mundo tienen la oportunidad de transformar el sufrimiento silencioso en esperanza compartida.

El futuro dependerá de si somos capaces de responder al llamado: no olvidar a los frágiles, acompañar a los que sufren y construir una sociedad más humana, justa y solidaria.

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