A primera vista, las conferencias matutinas y los boletines oficiales presentan un México boyante. Con una tasa de desocupación que ronda el 2.7% al 3%, el país parece haber alcanzado el “sueño del pleno empleo”. Sin embargo, para Andrea, una diseñadora gráfica de 28 años que reparte comida por aplicación para completar la renta, o para Ricardo, de 40 años, quien tras 15 años en una planta automotriz hoy vende seguros sin salario base, la estadística es un insulto a su realidad cotidiana.
La frialdad de los números esconde una estructura laboral que se resquebraja por su eslabón más productivo: los ciudadanos de entre 25 y 44 años. Este grupo, que debería ser el motor de innovación y consumo del país, es el que más padece la falta de oportunidades formales y la volatilidad de un mercado que castiga la especialización y premia la precariedad.
La Trampa del “Pleno Empleo”
¿Cómo es posible que haya “poco desempleo” y, al mismo tiempo, tanta insatisfacción laboral? La respuesta técnica reside en cómo medimos el trabajo. En México, cualquier persona que haya realizado una actividad económica por al menos una hora a la semana es considerada “ocupada”. Esto incluye al joven que limpia parabrisas en un semáforo de la CDMX y al ingeniero que atiende una tienda de abarrotes familiar.
Según datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI, aunque la desocupación es baja, la Tasa de Informalidad Laboral se mantiene tercamente por encima del 54%. Esto significa que más de la mitad de los trabajadores mexicanos operan fuera de la ley: sin acceso a servicios de salud (IMSS/ISSSTE), sin ahorro para el retiro (AFORE) y sin la red de seguridad que representa el Infonavit. Para los Millennials y Centennials, la “estabilidad” de sus padres parece una reliquia arqueológica.
El Corazón Productivo Bajo Fuego
El dato más alarmante del último año no es cuánta gente busca trabajo, sino quiénes no lo encuentran. El grueso de los desocupados se concentra en el rango de los 25 a 44 años. Este fenómeno es lo que sociólogos llaman “desempleo de calidad”. Son personas con experiencia, a menudo con estudios superiores, que no están dispuestas a aceptar salarios de subsistencia o que han sido desplazadas por la automatización y la crisis en el sector manufacturero.
La manufactura, históricamente el orgullo nacional y el pilar de las exportaciones hacia Estados Unidos, ha comenzado a purgar puestos de trabajo. Tan solo en los últimos periodos reportados, las industrias de transformación han perdido miles de plazas. El Nearshoring (la relocalización de empresas), que se prometía como la panacea económica, está llegando a un ritmo más lento de lo esperado y con una demanda de perfiles técnicos que el sistema educativo mexicano aún no logra proveer de forma masiva.
La Informalidad: El Refugio de la Necesidad
La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que el trabajo no es solo un medio de producción, sino una dimensión fundamental de la dignidad humana. Cuando el Estado y la iniciativa privada fallan en proveer condiciones dignas, el ciudadano recurre a la informalidad no por gusto, sino por supervivencia.
“No es que no quiera pagar impuestos”, comenta Luis, de 34 años, quien dejó su empleo en una oficina contable para vender comida preparada. “Es que en mi empleo anterior, tras las deducciones, me quedaba menos dinero del que necesito para la leche de mis hijos y la renta. En la informalidad gano más, pero vivo con el miedo de que alguien se enferme y no tengamos hospital”.
Este testimonio refleja la fragilidad del tejido social. Un país de trabajadores informales es un país que no puede garantizar una vejez digna a sus ciudadanos. Estamos construyendo una bomba de tiempo demográfica donde la generación más preparada de la historia de México llegará a los 65 años sin una pensión y con ahorros nulos.
Valores Mexicanos: Resiliencia vs. Explotación
El mexicano es, por naturaleza, emprendedor y trabajador. La cultura del “esfuerzo” y el “ingenio” son valores que nos definen. Sin embargo, existe una línea delgada entre la resiliencia y la explotación. El respeto a la legalidad no debe ser solo una obligación del trabajador, sino un compromiso ético de las empresas para ofrecer salarios que no solo cubran las necesidades básicas, sino que permitan el desarrollo integral de la persona y su familia.
La justicia social exige que el crecimiento económico se traduzca en bienestar real, no solo en gráficas de exportación. La brecha de desigualdad se acentúa cuando el mercado laboral ignora la vocación del joven y lo obliga a subemplearse en tareas que no guardan relación con sus talentos.
Reflexiones para un Futuro Incierto
Para los jóvenes de 18 a 35 años, el panorama requiere algo más que optimismo: requiere acción política y económica estructural. Es urgente que:
- Se incentive la formalización con estímulos fiscales reales para micro y pequeñas empresas.
- Se fortalezca la educación técnica vinculada directamente con las necesidades de la nueva industria tecnológica y verde.
- Se dignifique el salario mínimo, no solo como una cifra política, sino como un poder adquisitivo real frente a la inflación de la canasta básica.
México es un país de una riqueza humana incalculable. Ver a su población más productiva —aquellos que están en la plenitud de su vida profesional— luchando por encontrar un espacio digno, es un llamado de atención para todos. No podemos conformarnos con un 3% de desempleo si ese número oculta millones de vidas en la incertidumbre.
La verdadera prosperidad de México no se medirá por cuántas personas “hacen algo”, sino por cuántas de ellas pueden dormir tranquilas sabiendo que su trabajo les garantiza un techo, salud y un futuro para sus hijos. Es hora de pasar de la estadística a la humanidad.
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