A finales de 2025, cuando la inconformidad social volvía a asomarse en las calles y en las redes, un movimiento identificado como Generación Z irrumpió en la escena pública mexicana con una pregunta incómoda para el poder: ¿qué tan profundo es el descontento de los jóvenes con el rumbo del país? Su aparición no fue casual ni aislada, sino el resultado de una acumulación de frustraciones que encontraron en el espacio digital el terreno perfecto para transformarse en movilización.
El movimiento surgió en un contexto marcado por la persistencia de la violencia, la impunidad y la percepción de estancamiento económico para amplios sectores de la población joven. A ello se sumó un clima político polarizado, en el que el discurso oficial del gobierno de Morena contrastaba con la experiencia cotidiana de inseguridad, precariedad laboral y falta de oportunidades. En redes sociales, especialmente entre usuarios jóvenes, comenzó a circular la idea de una protesta apartidista, sin líderes visibles y con un lenguaje propio de la cultura digital, que buscaba canalizar el hartazgo colectivo más allá de los partidos.
La importancia de Generación Z no radicó tanto en su estructura –que nunca terminó de definirse– sino en el momento en el que apareció. En medio de un desgaste del discurso gubernamental sobre seguridad y bienestar, la protesta juvenil funcionó como un termómetro social: mostró que el descontento no estaba confinado a la oposición tradicional ni a los sectores históricamente movilizados, sino que alcanzaba a una generación que creció bajo la promesa de transformación y que ahora cuestionaba sus resultados.
El año pasado, esa inconformidad tomó forma en las calles. La marcha del 15 de noviembre de 2025 hacia el Zócalo capitalino se convirtió en el punto más alto del movimiento. Miles de personas, muchas de ellas jóvenes, pero también adultos que se identificaron con las consignas, avanzaron con reclamos contra la violencia, la corrupción y la falta de respuestas del Estado. La jornada, sin embargo, terminó marcada por enfrentamientos con la policía, detenciones y un discurso oficial que rápidamente puso el foco en los actos violentos para desacreditar el fondo de la protesta.
Más allá de los incidentes, la movilización logró algo que pocas expresiones recientes habían conseguido: colocar en la agenda pública la idea de que existe una inconformidad social que atraviesa generaciones y que no se siente representada ni por el gobierno ni por la oposición tradicional. Durante días, el debate giró en torno a si se trataba de un movimiento genuino o de una protesta manipulada, pero el mensaje central –el malestar social– ya había quedado expuesto.
La presión ejercida por Generación Z no se tradujo en concesiones políticas concretas, pero sí obligó al gobierno de Morena a reaccionar. Desde el discurso oficial se optó por deslegitimar la movilización, cuestionar su origen y subrayar la presencia de actores externos o intereses políticos detrás de las convocatorias. Esa estrategia, combinada con operativos de contención y la detención de algunos participantes, tuvo un efecto inmediato: las siguientes convocatorias perdieron fuerza y capacidad de movilización.
Para diciembre de 2025, las marchas asociadas al movimiento ya reunían a cientos y no a miles de personas. La dispersión de demandas, la ausencia de liderazgos claros y el temor a nuevas confrontaciones contribuyeron a un repliegue que fue evidente al cierre del año. La pregunta entonces dejó de ser cuándo volverían a marchar y pasó a ser si el movimiento había sido neutralizado.
Al inicio de 2026, Generación Z se encuentra en una etapa de redefinición. No ha desaparecido del todo, pero tampoco ha logrado consolidarse como una fuerza organizada y permanente. En redes sociales persiste el discurso crítico, pero la calle, que fue su principal escenario, ya no responde con la misma intensidad. Para algunos, el gobierno logró disgregar un movimiento emergente antes de que madurara; para otros, lo que ocurrió fue el desgaste natural de una protesta sin estructura ni objetivos precisos.
Analistas en movimientos sociales y comunicación política coinciden en que el fenómeno fue más una explosión de inconformidad que un proyecto político articulado. Andrea Samaniego, académica de la UNAM, ha señalado que la falta de una agenda concreta y de mecanismos internos de organización impidió que el movimiento trascendiera la protesta inicial. En la misma línea, el politólogo Sergio Aguayo ha advertido que sin liderazgo ni demandas claras, los movimientos sociales tienden a diluirse frente a la presión del Estado y el paso del tiempo.
Así, Generación Z dejó una huella breve pero significativa. No cambió políticas públicas ni alteró el equilibrio político, pero sí evidenció que el malestar social sigue latente y que una parte de la juventud mexicana no se siente representada por el proyecto en el poder. Su futuro es incierto, pero su aparición ya quedó registrada como una señal de alerta en un país donde la inconformidad busca, una y otra vez, nuevas formas de expresarse.
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