Por qué los Países Bajos trabajan 32 horas y viven mejor

En el imaginario colectivo del éxito profesional, la imagen suele ser la misma: una persona frente a una computadora a las 9 de la noche, café en mano, sacrificando horas de sueño y momentos familiares en el altar de la productividad. Sin embargo, a unos 9,000 kilómetros de la Ciudad de México, los Países Bajos están escribiendo un guion radicalmente distinto.

En 2024, las estadísticas oficiales de la Unión Europea confirmaron una tendencia que venía gestándose por décadas: los neerlandeses trabajan, en promedio, 32.1 horas semanales. Esta cifra los convierte en el país con la semana laboral más corta de todo el continente y, posiblemente, del mundo desarrollado. Pero, ¿se trata de falta de ambición o de una eficiencia maestra? Los datos sugieren lo segundo.

Un origen con rostro de mujer y sentido humano

Para entender cómo llegaron ahí, hay que rebobinar hasta la década de los 80. A diferencia de otros países donde la incorporación de la mujer al mercado laboral se dio bajo el molde masculino (jornadas rígidas de sol a sol), en los Países Bajos las mujeres impulsaron una transformación estructural. Ante la falta de guarderías accesibles y una fuerte cultura que valora la presencia en el hogar, se optó por el trabajo a tiempo parcial.

Esto dio vida al modelo de ingresos de “uno y medio”: una estructura donde un progenitor (tradicionalmente el padre, aunque esto ha ido cambiando) trabaja a tiempo completo y el otro a tiempo parcial. Lo que comenzó como una solución de emergencia se convirtió en una política de Estado respaldada por beneficios fiscales y protecciones legales.

Este modelo resuena profundamente con el principio de la primacía del trabajo sobre el capital, pero sobre todo, con la protección de la familia como célula fundamental de la sociedad. Al permitir que el trabajo se adapte a la vida, y no al revés, se fomenta un entorno donde la crianza y el cuidado de los ancianos no son “obstáculos” para la carrera profesional, sino parte integral del desarrollo humano.

El mito de la “flojera” vs. la realidad del empleo

Muchos críticos del modelo de reducción de jornada argumentan que trabajar menos horas destruye la economía. Los datos de los Países Bajos desmienten esta premisa con contundencia.

En 1991, el desempleo en dicha nación se situaba en un 7.3%. Tras años de fomentar la flexibilidad y permitir que dos personas pudieran, en la práctica, compartir una carga de trabajo que antes era para una sola, la tasa de desempleo se desplomó. Para 2001, era apenas del 2.1%. Hoy, en 2024, se mantiene en un envidiable 3.6%.

La lógica es simple pero poderosa: la flexibilidad permite que más personas permanezcan activas. Una madre joven, un estudiante o una persona cercana a la jubilación no tienen que elegir entre “todo o nada”. Pueden contribuir con 20 o 25 horas, aportando su talento al mercado laboral sin quemarse en el proceso.

El contraste: El agotamiento del “Sueño Americano”

En la otra cara de la moneda encontramos a Estados Unidos. En 2024, el trabajador promedio a tiempo completo laboró 42.9 horas semanales. Aunque es una de las economías más ricas del planeta, el costo humano es evidente.

Solo entre enero y junio de este año, 212,000 mujeres mayores de 20 años dejaron la fuerza laboral en EE. UU. ¿La razón? El agotamiento y la falta de infraestructuras de apoyo. Cuando el sistema te obliga a elegir entre ser una “empleada ideal” o una “madre presente”, el sistema falla. Esta desconexión no solo afecta la salud mental, sino que debilita el tejido social, alejándose de ese respeto a la dignidad humana que tanto pregonan los tratados internacionales de derechos laborales.

La visión joven: Millennials y Centennials al frente

Para los jóvenes mexicanos de entre 18 y 35 años, el modelo holandés no es solo una curiosidad estadística, es una aspiración. Las generaciones actuales han crecido viendo a sus padres “vivir para trabajar”, a menudo con salarios que no alcanzan para una vivienda propia y con niveles de estrés crónico.

“Mis padres salían de casa a las 7 de la mañana y regresaban a las 8 de la noche. Crecí con su ausencia y no quiero eso para mis hijos”, comenta Sofía, una diseñadora gráfica de 27 años en Guadalajara. Este sentimiento es generalizado. La Generación Z y los Millennials están priorizando la salud mental y la flexibilidad por encima de los bonos corporativos tradicionales.

El valor de los mexicanos es innegable: somos conocidos mundialmente por nuestra laboriosidad y resiliencia. Sin embargo, la legalidad y la justicia social exigen que esa laboriosidad no se convierta en explotación. México es uno de los países de la OCDE donde más horas se trabaja al año, pero la productividad no siempre refleja ese esfuerzo. El ejemplo neerlandés nos enseña que calidad de hora mata cantidad de hora.

El camino hacia una semana laboral más corta no es solo una cuestión de leyes, sino de cultura empresarial. Requiere pasar de la “cultura del presentismo” (calentar la silla) a una cultura de resultados y confianza. Los Países Bajos nos demuestran que:

  1. La economía no sufre: La flexibilidad combate el desempleo.
  2. La igualdad de género avanza: Cuando los hombres reducen sus horas para cuidar, la brecha salarial se cierra de forma natural.
  3. La familia se fortalece: Menos horas en la oficina significan más horas de calidad en la mesa del comedor.

Como sociedad, debemos preguntarnos: ¿Estamos construyendo una economía para servir al hombre, o estamos sacrificando al hombre para servir a la economía? El respeto a la dignidad del trabajador pasa por reconocer que su tiempo es sagrado.

México tiene el talento y la garra para ser una potencia, pero para lograrlo de manera sostenible, debe mirar hacia modelos que valoren la vida. Quizás, el futuro del trabajo no sea trabajar más, sino trabajar mejor, con el corazón puesto en lo que realmente importa: nuestra gente, nuestra familia y nuestra paz mental.

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