En un contexto latinoamericano marcado por la volatilidad económica, la desigualdad persistente y los efectos de crisis sucesivas —pandemia, inflación global y tensiones geopolíticas—, México aparece como un caso que merece atención. De acuerdo con estimaciones del Banco Mundial, entre 2019 y 2024 el país registró un crecimiento del 8.0% en su población de clase media, colocándose por encima de economías comparables como Brasil (7.1%) y Uruguay (4.3%).
El dato no es menor. En la misma ventana temporal, Costa Rica avanzó 3.7%, Argentina 3.6%, mientras Paraguay registró un retroceso de –1.2%. Perú, con 9.3%, mostró un desempeño incluso superior. El mapa regional es heterogéneo, pero el caso mexicano revela una transformación social relevante que exige análisis profundo: ¿qué explica este crecimiento?, ¿es sostenible?, ¿qué retos enfrenta?, ¿cómo se alinea con los valores de la Doctrina Social de la Iglesia y con la legalidad?
¿Qué significa “crecer” como clase media?
Para el Banco Mundial, la clase media se define —de manera aproximada— por ingresos diarios que permiten cubrir necesidades básicas, reducir la vulnerabilidad ante choques y acceder a bienes como educación, salud y vivienda. No se trata solo de consumir más, sino de vivir con mayor estabilidad y proyección de futuro.
En México, este crecimiento se explica por una combinación de factores: recuperación del empleo formal tras la pandemia, aumento del salario mínimo en términos reales, remesas históricas, y una demanda interna que resistió mejor que en otros países. “La expansión de la clase media suele ser un indicador de cohesión social; cuando se estanca o retrocede, aumentan la polarización y la desconfianza”, ha señalado el economista Augusto de la Torre, ex economista en jefe del Banco Mundial para América Latina, en análisis regionales recientes.
Comparativo regional: luces y sombras
El contraste con Brasil y Uruguay es ilustrativo. Brasil creció, pero con mayor desigualdad territorial; Uruguay avanzó de manera más moderada, con una base social ya más consolidada. Argentina, pese a su tradición de clase media robusta, enfrentó inflación crónica que erosionó ingresos. Paraguay retrocedió, afectado por informalidad y menor diversificación productiva. Perú mostró un repunte mayor, pero con alta exposición a conflictos políticos internos.
México, en cambio, combinó estabilidad macroeconómica, disciplina fiscal y un mercado laboral que absorbió empleo. Sin embargo, como advierte el Banco Mundial en sus informes, el riesgo está en la calidad del crecimiento: informalidad, acceso desigual a servicios y brechas regionales pueden frenar la consolidación de esa nueva clase media.
El rostro humano del crecimiento
María Fernanda López, 29 años, vive en Querétaro y trabaja como analista administrativa en una empresa de autopartes. Hija de comerciantes informales, fue la primera de su familia en terminar la universidad. “No me siento rica, pero ya no vivo al día. Puedo pagar renta, ahorrar un poco y pensar en estudiar una maestría. Eso para mí es ser clase media”, cuenta.
Su testimonio coincide con una realidad más amplia: millones de jóvenes que accedieron a educación técnica o universitaria y hoy integran un segmento que aspira a estabilidad, legalidad y movilidad social. Este avance se relaciona con el principio de la dignidad del trabajo humano: el empleo no es solo ingreso, sino participación en el bien común.
La encíclica Laborem Exercens subraya que el trabajo debe permitir sostener a la familia y desarrollarse integralmente. El crecimiento de la clase media es positivo en la medida en que fortalece hogares, promueve educación y reduce la exclusión. No obstante, si se apoya en informalidad o precariedad, se vuelve frágil y éticamente cuestionable.
Expertos en doctrina social advierten que una clase media sin acceso a salud, pensiones o vivienda digna es vulnerable. “El reto no es solo crecer, sino consolidar derechos”, ha señalado el sociólogo Bernardo Kliksberg en foros regionales. Aquí la legalidad es clave: empleo formal, instituciones sólidas y políticas públicas evaluables.
Retos estructurales: informalidad y desigualdad regional
México aún enfrenta una informalidad laboral cercana al 55%, según cifras oficiales. Esto significa que buena parte de quienes “ascienden” a la clase media lo hacen sin red de protección. Además, el crecimiento se concentra en ciertas regiones: Bajío, norte y algunas zonas metropolitanas. El sur-sureste avanza más lentamente.
Desde una perspectiva ética y social, la pregunta es clara: ¿puede hablarse de éxito cuando millones siguen excluidos? Es esencial la solidaridad y la subsidiariedad: el Estado, las empresas y la sociedad civil deben actuar de manera corresponsable.
Juventud, expectativas y riesgo de frustración
Para Millennials y Centennials, la clase media no es solo ingreso; es expectativa de futuro. Acceso a vivienda, movilidad social y seguridad. Si estas promesas no se cumplen, el riesgo es la frustración colectiva. Estudios del Banco Mundial advierten que clases medias “aspiracionales” son políticamente activas y sensibles a retrocesos.
José Luis, 34 años, ingeniero en Monterrey, lo resume así: “Gano mejor que mis papás a mi edad, pero siento que todo es más caro. Si me enfermo o pierdo el trabajo, todo se tambalea”. Su percepción refleja un desafío central: consolidar el crecimiento para que no sea reversible.
¿Qué se necesita para sostener el avance?
Especialistas coinciden en cuatro ejes:
- Formalización laboral con incentivos reales.
- Educación de calidad, técnica y universitaria, alineada al mercado.
- Estado de derecho que dé certidumbre a inversión y empleo.
- Políticas familiares (cuidados, salud, vivienda) que fortalezcan el núcleo social.
Estos ejes conectan con valores profundamente mexicanos: trabajo, familia, esfuerzo y solidaridad. No se trata solo de números, sino de proyectos de vida.
El crecimiento del 8.0% de la clase media en México entre 2019 y 2024 es una señal positiva en una región marcada por contrastes. Coloca al país como referente regional, pero también como responsable de no desperdiciar la oportunidad.
El avance solo será auténtico si se traduce en dignidad, estabilidad y bien común. Para jóvenes y familias, la pregunta no es solo si México crece, sino si ese crecimiento es justo, legal y sostenible. Ahí se juega el verdadero futuro de la nación.
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