En México, la desigualdad no comienza en la escuela ni en el primer empleo. Empieza antes de pronunciar las primeras palabras. Hoy, cuatro de cada diez niños menores de cinco años viven en pobreza, y alrededor de 800 mil lo hacen en pobreza extrema, de acuerdo con datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL). Son cifras que deberían estremecer a cualquier sociedad que se piense justa, solidaria y orientada al bien común.
Aunque en los últimos años los indicadores generales de pobreza han mostrado ligeras mejoras, la primera infancia sigue siendo el grupo más vulnerable del país. Y no se trata solo de ingresos: la pobreza infantil implica carencias múltiples que afectan directamente el desarrollo físico, emocional y cognitivo de los niños en una etapa crítica de la vida.
“Los primeros cinco años definen en gran medida el futuro de una persona”, advierte Gabriela Cuevas, oficial de políticas sociales de UNICEF México. “Cuando un niño crece sin nutrición adecuada, sin estimulación, sin cuidados y sin acceso a servicios básicos, el daño no es solo momentáneo: se arrastra durante toda la vida”.
La pobreza que no siempre se ve, pero se queda
Hablar de pobreza infantil no es hablar únicamente de estómagos vacíos, aunque ese sea un punto central. Es hablar de hogares sin agua potable, de madres sin acceso a servicios de salud, de padres obligados a jornadas extensas en la informalidad, de niños que pasan el día sin supervisión ni estimulación.
Según el CONEVAL, más del 50% de los niños en pobreza extrema carece de acceso efectivo a servicios de salud, una situación que se ha agudizado tras los cambios en el sistema de atención pública. En estados del sur como Chiapas, Oaxaca y Guerrero, la pobreza infantil alcanza niveles alarmantes, con comunidades donde prácticamente nacer pobre es la norma, no la excepción.
La persona humana debe ser protegida desde el inicio de la vida. San Juan Pablo II advertía que “una sociedad que no protege a sus niños en los primeros años compromete su propio futuro”. En ese sentido, la pobreza infantil no es solo un problema económico, sino una falla ética y social profunda.
El cerebro en construcción: lo que se pierde cuando falta lo básico
La ciencia es contundente. Diversos estudios del Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard señalan que el cerebro humano alcanza hasta el 90% de su desarrollo estructural antes de los cinco años. Durante este periodo, la nutrición, el apego, el juego, la estimulación y la estabilidad emocional son determinantes.
Cuando estos factores faltan, el impacto es severo. “El estrés tóxico que viven muchos niños en contextos de pobreza altera la arquitectura cerebral”, explica el neurocientífico Jack Shonkoff, director del centro. “Esto afecta la memoria, el aprendizaje, la autorregulación emocional y la capacidad de establecer relaciones sanas”.
En México, millones de niños crecen sin acceso a libros, juguetes educativos o espacios seguros para jugar. Pero más grave aún, crecen sin tiempo y acompañamiento de adultos, porque sus cuidadores están atrapados en la supervivencia cotidiana.
María Hernández, madre soltera de 27 años en la periferia de Oaxaca, lo cuenta con voz baja y firme: “Mi hija tenía dos años cuando empecé a dejarla sola un rato para ir a trabajar. No había guardería, no tenía familia cerca y necesitaba comer. Yo sabía que no estaba bien, pero ¿qué hacía?”.
Hoy, su hija tiene cinco años y presenta retrasos en el lenguaje. María ha tocado puertas para obtener apoyo psicológico y educativo, pero la respuesta ha sido lenta y fragmentada. “Siento que llegué tarde. Nadie me dijo que esos años eran tan importantes”.
Su historia no es excepcional. Es la realidad de miles de familias donde la pobreza no permite elegir, solo resistir.
Sin sistema de cuidados, la pobreza se hereda
Uno de los puntos más señalados por expertos es la ausencia de un sistema nacional de cuidados que acompañe a las familias desde el nacimiento. México sigue descansando el cuidado infantil casi exclusivamente en los hogares, particularmente en las mujeres, sin ofrecer una red pública suficiente y de calidad.
“La pobreza infantil no se combate solo con transferencias monetarias”, señala Claudia Cordero, investigadora del Colegio de México. “Se combate con servicios: estancias infantiles, atención médica oportuna, nutrición, acompañamiento parental y educación inicial”.
Países que han invertido de manera sostenida en la primera infancia —como Canadá, Francia o los países nórdicos— han logrado romper el ciclo intergeneracional de la pobreza. México, en cambio, sigue apostando a soluciones parciales y discontinuas.
El principio de subsidiariedad exige que el Estado apoye a las familias cuando estas no pueden solas, y el de solidaridad obliga a priorizar a quienes están en mayor vulnerabilidad. En la pobreza infantil, ambos principios están en juego.
Invertir temprano: una decisión económica y moral
La evidencia internacional muestra que cada peso invertido en la primera infancia genera retornos sociales y económicos mucho mayores que la inversión tardía. Menos deserción escolar, menos violencia, mayor productividad y mejor salud a largo plazo.
El economista James Heckman, premio Nobel, ha sido enfático: “La inversión en la primera infancia es la política pública más rentable que existe”.
Pero más allá de la rentabilidad, está la pregunta moral: ¿qué tipo de país acepta que millones de niños comiencen la vida en desventaja estructural?
México es una nación profundamente familiar, solidaria y comunitaria en sus valores. Sin embargo, esas virtudes chocan con una realidad donde la infancia pobre sigue siendo invisible en muchas decisiones presupuestales y políticas públicas.
Combatir la pobreza infantil no es una causa sectorial ni ideológica. Es una responsabilidad colectiva que define el tipo de sociedad que queremos ser. Si México aspira a un desarrollo auténtico, humano y sostenible, la primera infancia debe colocarse en el centro.
Invertir en los primeros años no solo cambia trayectorias individuales; transforma comunidades enteras. Ignorar esta etapa, en cambio, perpetúa la desigualdad y traiciona el principio básico de justicia social: dar a cada persona lo que necesita para desarrollarse plenamente.
Porque en México, demasiados niños siguen pagando el precio de decisiones que nunca tomaron.
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