Durante los últimos meses, México ha registrado casos confirmados de sarampión en distintas entidades del país, encendiendo una alerta sanitaria que muchos creían superada. La Dirección General de Epidemiología confirmó la presencia de contagios asociados, en su mayoría, a esquemas de vacunación incompletos o inexistentes, particularmente en niñas y niños menores de cinco años y en adultos jóvenes que no cuentan con refuerzos.
La Secretaría de Salud emitió avisos epidemiológicos y reforzó la vigilancia en estados con movilidad internacional y zonas urbanas densamente pobladas. Aunque el número absoluto de casos aún no alcanza niveles epidémicos, los especialistas coinciden en que el solo regreso del sarampión es una señal crítica: se trata de una enfermedad altamente contagiosa y prevenible mediante vacunación.
“El sarampión es un indicador sensible del funcionamiento del sistema de salud: cuando reaparece, algo dejó de funcionar”, advirtió recientemente un epidemiólogo consultado por medios nacionales.
Contexto epidemiológico actual
México había logrado, durante años, mantener eliminada la transmisión endémica del sarampión, en línea con los compromisos regionales impulsados por la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud. Sin embargo, desde 2019 se han registrado rebrotes intermitentes, vinculados a importación de casos y a caídas en la cobertura vacunal.
De acuerdo con datos oficiales, los casos actuales se concentran en bolsones de población no vacunada, comunidades con acceso limitado a servicios de salud y zonas donde persiste la desconfianza hacia la inmunización. A nivel continental, la OPS ha advertido que América Latina enfrenta un riesgo creciente de reintroducción del virus, debido a la disminución sostenida de coberturas desde la pandemia de COVID-19.
El sarampión no es una enfermedad menor: puede provocar neumonía, encefalitis, ceguera y muerte, especialmente en menores de edad con desnutrición o sistemas inmunológicos debilitados.
Cobertura de vacunación y prevención
La vacuna triple viral (SRP), que protege contra sarampión, rubéola y parotiditis, es gratuita y forma parte del Esquema Nacional de Vacunación. Sin embargo, cifras recientes muestran que la cobertura está por debajo del 95% recomendado, umbral necesario para garantizar la inmunidad colectiva.
Existen brechas regionales importantes: mientras algunos estados mantienen coberturas aceptables, otros registran rezagos preocupantes, particularmente en zonas rurales, comunidades indígenas y cinturones urbanos de pobreza. Además, la falta de seguimiento en esquemas incompletos ha dejado a miles de niñas y niños sin la protección adecuada.
La UNICEF ha señalado que la interrupción de campañas masivas durante la pandemia dejó a millones de menores en el mundo —incluido México— sin vacunas esenciales, una deuda que hoy se manifiesta en brotes prevenibles.
Capacidad del sistema de salud
El repunte del sarampión pone bajo escrutinio la capacidad operativa del sistema de salud mexicano. Si bien existen protocolos claros de detección, aislamiento y cerco epidemiológico, su eficacia depende de infraestructura suficiente, personal capacitado y disponibilidad constante de biológicos.
Médicos de primer nivel reconocen avances en vigilancia epidemiológica, pero también señalan sobrecarga de personal, rezagos en unidades rurales y dificultades logísticas para llegar a comunidades alejadas. “La vacuna existe, el protocolo existe; el reto es llegar a tiempo”, resume una enfermera comunitaria en la sierra de Guerrero.
Impacto social y comunitario |
La salud es una expresión concreta de la dignidad humana y del bien común. El sarampión afecta de manera desproporcionada a quienes menos tienen: niñas y niños en pobreza, familias sin seguridad social y comunidades históricamente excluidas.
María López, madre de tres hijos en una colonia periférica del Estado de México, relata su experiencia: “Pensé que esas enfermedades ya no existían. Cuando mi hijo empezó con fiebre y manchas, no había vacuna en el centro de salud cercano. Sentí miedo e impotencia”.
Este testimonio humaniza una realidad estructural: cuando falla la prevención, las consecuencias recaen en los más vulnerables, contraviniendo el principio de solidaridad que debe guiar toda política pública.
Desinformación y retos de comunicación
Otro factor crítico es la desinformación sobre vacunas, amplificada por redes sociales. Narrativas falsas que exageran riesgos o cuestionan la eficacia de la inmunización han erosionado la confianza de algunos sectores de la población.
Especialistas en salud pública advierten que combatir el sarampión no es solo una tarea médica, sino también comunicacional y educativa. La evidencia científica es clara: las vacunas salvan vidas. Sin embargo, sin una estrategia clara de comunicación empática y cercana, los mensajes oficiales pierden alcance, especialmente entre jóvenes padres y madres.
Respuesta del gobierno y coordinación institucional
La Secretaría de Salud, en coordinación con autoridades estatales y organismos internacionales, ha intensificado cercos sanitarios, campañas de vacunación y llamados a completar esquemas. También se ha reforzado la notificación inmediata de casos sospechosos y la capacitación del personal de salud.
No obstante, expertos subrayan la necesidad de estrategias sostenidas, no solo reactivas: campañas permanentes, brigadas comunitarias y alianzas con escuelas, iglesias y organizaciones civiles para recuperar la confianza y ampliar la cobertura.
Si no se logra elevar la vacunación y fortalecer la vigilancia epidemiológica, México enfrenta riesgos claros: brotes más amplios, presión adicional sobre hospitales y retrocesos en logros históricos de salud pública.
La experiencia internacional muestra que los brotes de sarampión crecen rápido cuando encuentran comunidades no inmunizadas. La prevención, advierten los especialistas, siempre es más costo-efectiva que la atención de emergencias.
La salud como responsabilidad colectiva
El sarampión no debería ser noticia en 2026. Su reaparición interpela al Estado, al sistema de salud y a la sociedad en su conjunto. Vacunar es un acto de responsabilidad individual y de solidaridad social: protege al niño que recibe la dosis y a la comunidad que lo rodea.
Defender la salud pública es defender la vida, especialmente la de quienes no pueden defenderse solos. En un país joven, solidario y con valores profundamente arraigados, prevenir enfermedades evitables es una obligación moral, legal y social.
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