Huérfanos de guerra: infancias sin refugio

Las guerras no sólo matan a personas a consecuencia de ataques armados, también le arrebatan la vida a niños quienes a pesar de sobrevivir quedan huérfanos y con heridas profundas en el alma y muchas veces también en el cuerpo.

Su sufrimiento no distingue raza, sexo ni religión y todos tienen el mismo común denominador: ser víctimas de las guerras siendo los más inocentes, como el relatado por Kareem, un menor de edad sobreviviente de la guerra en Gaza, cuyo testimonio recogió El Diario, de España:

“Kareem, de 14 años, cuenta que su madre le había prometido que se aseguraría de que la familia permaneciera unida bajo los incesantes bombardeos israelíes, para que, en el peor de los casos, al menos murieran juntos. Rompió la promesa el 3 de diciembre, cuando ella y el padre de Kareem murieron en el bombardeo de la casa de un pariente en el distrito de Sabra, en la ciudad de Gaza. La explosión mutiló a la hermana mayor de Kareem, Aya, e hirió gravemente a su hermano Hassan. El mayor de la familia, Hussein, ya había muerto días antes cuando la panadería a la que había ido en busca de pan fue alcanzada por un ataque aéreo. Ahora sólo quedan Kareem y sus hermanos pequeños, Hossam y Asaad, que están relativamente ilesos y han sobrevivido, pero se han quedado huérfanos.

“No pude despedirme de mi madre, mi padre y mi hermano, y no pudimos celebrar un funeral”, cuenta Kareem. “Mi madre temía que nos quedáramos solos o que nos sintiéramos oprimidos si alguno de nosotros se perdía. Ojalá me hubiera podido ir con ellos. ”No puedo imaginarme cómo será la vida después de la pérdida de mi familia“, lamenta. ”Es un dolor insoportable“.

Como este testimonio, miles se replican en las zonas de guerra donde hoy solos y heridos profundamente en el alma tienen que seguir viviendo. Es por ello que organismos internacionales conmemoran un día para visibilizar esta realidad que muchas veces es hecha a un lado como si no importara.

Es por ello que el 6 de enero en el mundo se volvió a mirar a los niños que crecieron sin padres porque la guerra se los arrebató. No hubo celebración posible. Hubo silencio, velas encendidas, dibujos infantiles colgados en muros de ciudades lejanas al frente de batalla y voces quebradas que recordaron una verdad incómoda: cuando los conflictos armados terminan, para millones de niños la guerra apenas comienza.

En sedes de organismos internacionales, campamentos de refugiados, escuelas improvisadas y plazas públicas, la conmemoración estuvo marcada por testimonios que no admiten eufemismos. Niños que vieron morir a sus padres bajo los escombros de su casa. Otros que despertaron en hospitales sin saber su nombre ni el de nadie que viniera a buscarlos. Menores que cruzaron fronteras solos, con una mochila vacía y un duelo que nadie les enseñó a cargar.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha advertido que los huérfanos de guerra constituyen una de las poblaciones infantiles más vulnerables del planeta. No sólo por la pérdida afectiva, sino porque la orfandad suele empujarlos a una cadena de riesgos: abandono escolar, pobreza extrema, explotación, reclutamiento forzado o matrimonios tempranos. La ausencia de padres no es un episodio aislado; es el inicio de una vida marcada por la intemperie.

En la Franja de Gaza, la guerra ha producido una generación de niños que conocen la muerte antes que los juegos. Decenas de miles han perdido a uno o a ambos padres. En hospitales saturados, médicos y trabajadores humanitarios comenzaron a usar una sigla devastadora para describir a quienes llegan heridos y completamente solos: niños sin familia superviviente. Algunos no recuerdan su apellido. Otros preguntan, una y otra vez, si alguien vendrá por ellos.

Entre esas historias está la de Yaqeen, una niña que se volvió símbolo de resiliencia en medio del desastre. Con apenas 11 años, repartía comida y palabras de consuelo a otros menores desplazados. Murió en un bombardeo. Su caso estremeció a organizaciones internacionales porque condensó lo que significa crecer en guerra: aprender a cuidar a otros antes de haber sido cuidado.

En Ucrania, miles de niños quedaron huérfanos tras años de bombardeos, desplazamientos y familias partidas por la violencia. Muchos fueron evacuados sin sus padres; otros los perdieron durante los ataques o en el camino del exilio. Hoy viven en refugios, con familiares lejanos o bajo tutela del Estado, arrastrando un trauma que no siempre tiene nombre, pero sí consecuencias visibles: insomnio, miedo constante, dificultades para confiar, para aprender, para imaginar un futuro.

Los especialistas coinciden en que la pérdida de figuras parentales en contextos violentos altera profundamente el desarrollo emocional y cognitivo de los niños. El cerebro infantil, expuesto al estrés extremo y prolongado, aprende a sobrevivir, no a vivir. El miedo se vuelve rutina. La tristeza, una condición permanente. Sin atención psicológica o entornos protectores, el daño puede acompañarlos toda la vida.

Durante la jornada conmemorativa, trabajadores humanitarios relataron que muchos huérfanos no preguntan por juguetes ni por comida. Preguntan si la guerra va a volver esta noche. Preguntan si perderán otra casa. Preguntan si esta vez alguien se quedará.

En África, Asia y Medio Oriente, los huérfanos de conflictos armados crecen en campamentos donde el tiempo parece suspendido. No hay calendarios, sólo espera. La escuela es intermitente. La salud mental, un lujo. El duelo, un proceso solitario. Para muchos, la infancia termina el día en que entienden que nadie vendrá a buscarlos.

Las ceremonias realizadas en distintas partes del mundo no sólo recordaron a los niños que han perdido a sus padres; también dejaron un mensaje incómodo para la comunidad internacional: no basta con conmoverse. Proteger a los huérfanos de la guerra implica garantizarles educación, atención psicológica, seguridad y, sobre todo, estabilidad. Implica reconocerlos no como daños colaterales, sino como víctimas directas de decisiones políticas y militares.

La guerra mata adultos, pero condena infancias. Y mientras los conflictos continúen, habrá niños que crezcan aprendiendo a despedirse demasiado pronto. La conmemoración fue un llamado urgente a no olvidar que detrás de cada cifra hay un rostro pequeño, una historia interrumpida y una pregunta sin respuesta: ¿quién me cuida ahora?

Te puede interesar: Accidente del Tren Interoceánico expone costos del obradorismo

@yoinfluyo

Facebook: Yo Influyo
comentarios@yoinfluyo.com

Compartir

Lo más visto

También te puede interesar

No hemos podido validar su suscripción.
Se ha realizado su suscripción.

Newsletter

Suscríbase a nuestra newsletter para recibir nuestras novedades.