El sacerdocio católico no se jubila. A diferencia de otras vocaciones profesionales, el servicio sacerdotal es permanente y vitalicio. Aunque el Derecho Canónico establece que a los 75 años los sacerdotes deben presentar su renuncia a cargos de autoridad —como párrocos u obispos—, esto no implica abandonar el ministerio, sino reconfigurar la forma de vivirlo. Celebrar misa, acompañar espiritualmente, confesar o simplemente ser presencia pastoral sigue siendo parte de su misión.
Sin embargo, el paso del tiempo trae consigo realidades ineludibles: envejecimiento, enfermedades crónicas, movilidad reducida y fragilidad emocional. En México, donde no existe un sistema nacional de pensiones para sacerdotes, esta etapa de la vida se convierte en un desafío silencioso. Frente a ello, algunas diócesis han comenzado a ofrecer respuestas concretas y profundamente humanas. Tal es el caso de Torreón y Gómez Palacio, donde han surgido Casas Sacerdotales como alternativa de cuidado integral para presbíteros mayores o enfermos.
Estas iniciativas no solo cubren una necesidad material; también encarnan los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: dignidad de la persona, solidaridad, bien común y cuidado de los más vulnerables. En un país que envejece aceleradamente, la experiencia de estas casas abre una conversación más amplia sobre cómo acompañar con justicia y humanidad a quienes han dedicado su vida al servicio de los demás.
El sacerdocio y la vejez: una realidad poco visible
De acuerdo con datos del Centro de Estudios del Episcopado Mexicano, más del 30% de los sacerdotes en México supera los 60 años, y la proporción aumenta cada año debido a la disminución de nuevas vocaciones y al incremento de la esperanza de vida. Muchos presbíteros continúan activos hasta edades avanzadas, aun cuando la salud comienza a deteriorarse.
El problema no es solo físico. El retiro de una parroquia implica, en muchos casos, pérdida de comunidad, de vivienda y de estructura cotidiana. “El sacerdote no deja de serlo, pero sí deja de tener un lugar claro”, explica el presbítero José Luis Hernández, asesor en pastoral del clero. “Ahí es donde la Iglesia tiene una responsabilidad moral y estructural”.
A diferencia de otros países, México no cuenta con un sistema formal de pensiones sacerdotales. Los ingresos durante la vida activa suelen provenir de estipendios, apoyos parroquiales y donativos. Al llegar la vejez, las diócesis suelen sostener a sus sacerdotes mediante fondos de salud, subsidios y redes solidarias, pero estos recursos son limitados y desiguales entre regiones.
Casa Sacerdotal de Torreón: dignidad en comunidad
En Torreón, la diócesis decidió actuar ante una realidad creciente. Adaptó una antigua casa de retiros espirituales para convertirla en Casa Sacerdotal, un espacio diseñado para albergar hasta diez sacerdotes en condiciones de cuidado y acompañamiento integral.
Actualmente, la casa recibe a varios presbíteros mayores o con enfermedades que requieren atención constante. Las instalaciones están pensadas para su movilidad, con habitaciones accesibles, áreas comunes, capilla y servicios médicos básicos. Existen además planes para equipar más habitaciones, conforme aumenten las necesidades.
El proyecto se sostiene mediante aportaciones de los propios sacerdotes, así como donativos de la comunidad, reflejando una corresponsabilidad eclesial que va más allá de la estructura jerárquica. “Aquí nadie se siente estorbado”, comenta el padre Manuel, de 78 años, residente de la casa. “Seguimos siendo sacerdotes, seguimos rezando juntos, celebrando misa. Solo que ahora nos cuidan”.
Su testimonio pone rostro a la iniciativa: tras décadas como párroco rural, una cirugía de cadera y la diabetes le impidieron continuar solo. “No quería ser carga para nadie. Aquí recuperé la paz”.
Gómez Palacio: el valor del acompañamiento
La experiencia de Gómez Palacio comenzó en 2019, con una visión similar pero con énfasis particular en la recuperación médica y la vida comunitaria. La Casa Sacerdotal de esta diócesis recibe a presbíteros en procesos de rehabilitación o con padecimientos que requieren cuidados continuos.
Los responsables del proyecto destacan que la vida comunitaria es clave para el bienestar integral. Estudios del Instituto Nacional de Geriatría han demostrado que los adultos mayores que viven acompañados presentan menores índices de depresión y deterioro cognitivo. Esta evidencia coincide con la experiencia pastoral: compartir comidas, oración y conversación cotidiana fortalece el ánimo y la identidad.
“Un sacerdote solo se apaga más rápido”, afirma una enfermera que colabora en la casa. “Aquí los vemos reír, contar historias, sentirse útiles”.
La diócesis busca ahora ampliar el espacio, consciente de que la demanda crecerá en los próximos años. El reto principal sigue siendo el financiamiento sostenible, en un contexto económico complejo.
Diocesanos y religiosos: dos realidades distintas
No todos los sacerdotes envejecen en las mismas condiciones. Los sacerdotes diocesanos, que dependen directamente de una diócesis, pueden regresar con sus familias si así lo desean y es posible. Sin embargo, muchos han pasado décadas fuera de casa y carecen de redes familiares sólidas.
En contraste, los sacerdotes religiosos —miembros de órdenes o congregaciones— suelen ser atendidos dentro de sus propias comunidades, que cuentan con estructuras internas de cuidado. Esta diferencia genera desigualdades que la Iglesia local intenta compensar con iniciativas como las Casas Sacerdotales.
“El criterio debe ser la dignidad, no la adscripción”, subraya la teóloga Patricia Benítez. Toda persona merece condiciones de vida dignas, especialmente en la vulnerabilidad
Una lectura desde la Doctrina Social de la Iglesia
Estas experiencias encarnan principios fundamentales:
- Dignidad humana, al reconocer el valor intrínseco del sacerdote más allá de su productividad.
- Solidaridad, al involucrar a comunidades enteras en el sostenimiento del cuidado.
- Subsidiariedad, al responder desde lo local a una necesidad concreta.
- Bien común, al fortalecer el tejido eclesial y social.
En una sociedad mexicana marcada por el abandono de adultos mayores, estas casas ofrecen un contramodelo: cuidado con sentido comunitario y espiritual. Son, en palabras del Papa Francisco, “signos concretos de una Iglesia que no descarta”.
Las Casas Sacerdotales de Torreón y Gómez Palacio no son solo una respuesta pastoral; son una interpelación ética. En un país que envejece y donde el sistema de cuidados sigue siendo una deuda estructural, estas iniciativas muestran que es posible cuidar con dignidad, incluso con recursos limitados, cuando hay voluntad y corresponsabilidad.
Garantizar un retiro digno para los sacerdotes no es un privilegio, sino un acto de justicia hacia quienes han entregado su vida al servicio de comunidades enteras. Pero también es un llamado más amplio: si no sabemos cuidar a quienes nos cuidaron, algo esencial se rompe como sociedad.
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