Hay vivencias que merecen una reflexión especial pues nos dejan una huella más profunda y duradera, precisamente porque responden cuestionamientos que no expresamos, pero necesitábamos entender y al integrar los datos ya no los evadimos, ya somos capaces de asimilarlos para aprender la lección y aplicarla oportunamente. Desaparece la malsana pregunta que muchas veces nos hacemos ¿por qué a mí?… me sucede tal o cual.
Ubicar las experiencias es manifestación de madurez. Algunas surgen sin buscarlas, otras son reiterativas. La época que a cada año le pone punto final y da paso a otra es reiterativa y muy rica. Muchas veces el estado de ánimo o la acumulación de pendientes atrofia la capacidad de reflexión y de asimilar lo dicho en el párrafo anterior.
Otro aspecto externo que tampoco facilita es el conjunto de ideas superficiales y poco impulsoras de la superación que circulan en los medios o en planteamientos triviales y, nos confunden. Sucede cuando se identifica la paz con la comodidad, la amistad con dar siempre la razón a las propuestas de los demás, la comprensión con dejar hacer, el bien con la facilidad, y muchos más aspectos mal relacionados.
El periodo del fin de año está lleno de simbolismos que nos hablan a todos. En el nivel más trascendente es inigualable la respuesta al sentido de nuestra vida: estamos salvados y recuperados para alcanzar la vida eterna. A nivel familiar se facilitan los encuentros gracias a la coincidencia de días extra laborales. En el nivel personal se puede dar más tiempo a personas muy queridas y también la oportunidad fe reponer fuerzas.
Pero una vez más hemos de estar atentos para no dejarnos atrapar por entretenimientos superficiales, frívolos o muchas veces degradantes.
Con frecuencia el cansancio producido por las exigencias de nuestro trabajo, o algunos problemas que surgen en las relaciones con los demás o imprevistos que nos desgastan excesivamente, o simplemente el paso de los meses, pueden alejarnos de los propósitos de aplicar los enfoques navideños. Los arrumbamos como una utopía.
Para resolver bien esos momentos críticos y perseverar en los intentos puede venir muy bien ir a los contenidos que ofrecen los recursos electrónicos seguros. Por ejemplo, consultar el impacto que la época navideña ha dejado en los santos.
Se pueden consultar vidas de santos o acceder directamente a sus escritos. Santa Hildegarda de Bingen, que vivió en el siglo XII y priora del monasterio de Rupertsberg, canonizada y nombrada Doctora de la Iglesia por el Papa Benedicto XVI. En su libro Scivias relata que ella se preguntaba con frecuencia por qué Dios eligió el invierno para nacer. Y como ella siempre observó los ritmos de la naturaleza, encontró la respuesta. La tierra tiene épocas de plenitud y épocas de agotamiento.
Tuvo una visión en la que comprendió que Dios no eligió la estación del florecimiento para hacerse hombre, sino el momento en que la vida parecía dormida.
En su visión, la humanidad aparecía como un campo marchito, debilitado, falto de fuerza. No era una condena, sino un diagnóstico. El mundo había perdido su frescura original. Y entonces, en ese paisaje invernal, Hildegarda contempló a María como una rama verde, una “virga”, de la que brotaba vida nueva. No una flor espectacular, sino un verdor silencioso, firme, inesperado.
Por eso para Hildegarda, la Navidad no era solo el recuerdo de un nacimiento pasado. Era el instante en que la vida vuelve a circular, cuando todo parece detenido. Por eso hablaba de la “viriditas”, el verdor de Dios: una fuerza que no depende del clima exterior, sino de su origen divino.
Años después, esa visión la convirtió en canto. En sus composiciones litúrgicas, Hildegarda invocó a María como la “rama verdísima” de la que nace Cristo. No como un símbolo decorativo, sino como una afirmación profunda: cuando el mundo parece más frío, Dios está más cerca de hacerlo renacer.
Esta santa nos explica la Navidad no sólo como una fiesta alegre, es una promesa discreta pues incluso en el invierno del alma, la vida puede volver a brotar.
Además de investigar en la vida de los santos, podemos recuperar el vigor de los propósitos repasando los textos de las homilías o de los mensajes que han dado todos los Papas al celebrar las fiestas cada año.
Leon XIV en su primera Misa de la Navidad como Papa terminó su homilía en la Basílica de San Pedro con las siguientes ideas:
“Dios quiere convertirse en hombre para liberarnos de toda esclavitud. ¿Será suficiente este amor para cambiar nuestra historia? La respuesta llega en cuanto nos despertamos, como los pastores, de una noche mortal, a la luz de la vida naciente, contemplando al niño Jesús. En el establo de Belén, donde María y José, llenos de asombro, velan al recién nacido, el cielo estrellado se convierte en «una multitud del ejército celestial» (Lc 2,13). Son huestes desarmadas y desarmantes, porque cantan la gloria de Dios, cuya manifestación en la tierra es la paz (cf. v. 14); en el corazón de Cristo, en efecto, palpita el vínculo que une en el amor el cielo y la tierra y el Creador con las criaturas. Por eso, hace exactamente un año, el Papa Francisco afirmaba que el nacimiento de Jesús reaviva en nosotros «el don y la tarea de llevar esperanza allí donde se ha perdido», porque «con Él florece la alegría, con Él la vida cambia, con Él la esperanza no defrauda» (Homilía en la noche de Navidad, 24 diciembre 2024). Con estas palabras daba comienzo el Año Santo. Ahora que el Jubileo llega a su fin, la Navidad es para nosotros tiempo de gratitud y de misión. Gratitud por el don recibido, misión para dar testimonio de este don al mundo. Como aclama el salmista: «Canten al Señor, bendigan su Nombre, día tras día, proclamen su victoria. Anuncien su gloria entre las naciones, y sus maravillas entre los pueblos» (Sal 96,2-3). Hermanas y hermanos, la contemplación del Verbo hecho carne suscita en toda la Iglesia una palabra nueva y verdadera: proclamemos, pues, la alegría de la Navidad, que es fiesta de la fe, de la caridad y de la esperanza. Es fiesta de la fe, porque Dios se hace hombre, naciendo de la Virgen. Es fiesta de la caridad, porque el don del Hijo redentor se realiza en la entrega fraterna. Es fiesta de la esperanza, porque el niño Jesús la enciende en nosotros, haciéndonos mensajeros de paz. Con estas virtudes en el corazón, sin temer a la noche, podemos ir al encuentro del amanecer del nuevo día.”
Buen propósito es prolongar la Navidad si aprovechamos estos recursos veraces, preciosos y sugerentes. A cada quien nos dicen algo muy personal.
Te puede interesar: El pesebre: recuerdo entrañable
* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com
Facebook: Yo Influyo






