Como perros y gatos

La distorsión deliberada de la verdad ha afectado a nuestra sociedad que cada vez es más común el aceptar como “hechos” las falsedades más evidentes.



Vivimos en el mundo de la posverdad y nos hemos acostumbrado a que los medios, instituciones y organizaciones, que deberían ser objetivos, distorsionen la realidad, inviertan los principios morales y manipulen las emociones, a fin de transformar la opinión pública. Esta persistente distorsión deliberada de la verdad ha permeado a tal grado en nuestra sociedad que, cada vez es más común el aceptar como “hechos,” las falsedades más evidentes.

Es ya tal el desvarío que impera en nuestro mundo, que aún en diarios antiguamente respetables leemos noticias tales como: mi marido es ahora mi mujer, la maestra que decidió casarse consigo misma, la mujer que se casó con una estación de tren, la más espabilada que se casó con la torre Eiffel de la cual hasta tomó el apellido y el varón de más de 50 años que se identifica como una niña de 7 y fue adoptado como tal. Lo peor, es que estos casos están protegidos bajo una ley que quita y da a su aire y conveniencia materializando las fantasías más demenciales.

Y como si, identificarse con uno o varios de la extensa variedad de “géneros” ficticios no fuese lo suficientemente extravagante; como si identificarse con una edad muy lejana a la real no fuese disparatado y como si desear unirse románticamente a un objeto no fuese suficientemente grotesco; seguimos sumando víctimas del adoctrinamiento ideado por mentes siniestras; los trans-especie.

Si bien este fenómeno no es nuevo, nunca contó con gran popularidad en una sociedad que todavía guardaba algo de sentido común. Desafortunadamente, esto está cambiando. Actualmente se está presentando entre los niños y jóvenes una nueva tendencia no menos demencial y terrorífica que la de la ideología de género. Se llaman a sí mismos “furries”, en español felpa o peluche e, imitando al animal de su elección, especialmente perro o gato, caminan a 4 patas, usan falsas orejas de animales e incluso correas. Desgraciadamente, se estima que dicho fenómeno está empezando a captar la atención de niños en algunos estados de los Estados Unidos, de Canadá y de Australia. Y de no atacarse el problema, es predecible que éste se extenderá a Hispanoamérica y Europa, gracias a las populares y muy peligrosas redes sociales, en especial tiktok, la favorita de los jóvenes.

En los Estados Unidos, este hecho fue ampliamente difundido a partir de que una madre en Michigan expresara su preocupación, en una reunión de la junta escolar sobre la colocación de “cajas de arena” en los baños. Aun cuando esto fue negado y no ha sido comprobado, lo cierto es que las autoridades responsables no negaron el hecho de que algunos niños de secundaria actuaran como animales dentro de la escuela. Probablemente ante la perplejidad de varios maestros que, a estas alturas no sabrán cómo deben reaccionar; si parando en seco el asunto o afirmando dicha identidad sin cuestionar lo peligroso de semejante delirio esperado sólo, que “no muerdan o arañen” a alguien. Y es que, siendo varias las leyes que se han dictado en los últimos años para “satisfacer” los deseos de una caprichosa minoría que no reconoce ni los más mínimo límites naturales, no hay razón para que los estudiantes que se identifican como animales no reciban un trato acorde.

Este horripilante fenómeno debería espabilar a los muchos padres que todavía no se quieren enterar del infernal porvenir que espera a los varios jóvenes que, ante la insatisfacción que deja la depravación sexual, han decidido vivir como perros y gatos en una sociedad que seguramente a estas alturas haría palidecer a Sodoma y Gomorra. El humanismo liberal que puso al hombre en el centro ha acabado como era natural, por despreciar al hombre. Al grado que, cada vez más niños consideran que el ser humano no es más valioso que un animal. De acuerdo con un reciente estudio dirigido por Matti Wilks, profesora de la Universidad de Edimburgo, demostró que, a diferencia de los adultos, los niños de entre cinco y nueve años consideraron que era igual de importante salvar a un perro que salvar a un ser humano; y aunque prefirieron a los perros que a los cerdos, la mayoría eligió salvar a diez cerdos antes, que a una sola persona.

Y, ¿cómo podemos sorprendernos de esto cuando se considera al hombre un animal, un poco más sofisticado, mientras se promueve, además, una depravación sexual que bestializa a nuestros hijos? ¿Cómo, si los jóvenes viven aterrorizados ante el “catastrófico cambio climático” que destruirá al planeta a causa del hombre, que oprime y seca al planeta, cual parásito? ¿Cómo, si saben que en nuestras propias familias los hijos se reciben, no como una bendición sino a cuentagotas, limitando artificialmente su nacimiento? Les hemos negado el conocimiento del sentido sobrenatural de la existencia humana, dejándoles a la deriva en plena tormenta. El resultado, el desvarío perverso al que se ven sometidos tantos jóvenes.

Sin embargo, los medios, los líderes mundiales y las organizaciones internacionales alimentan dicha locura protegiéndola, en lugar de atacarla, a través de leyes perversas. Es conocido que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha ido eliminado varios términos de su lista de trastornos mentales como muestra de su apoyo a la comunidad LGBT. Por lo que, aunque esta nueva tendencia todavía levanta el revuelo, es de esperar que, si no hay un cambio drástico en nuestra sociedad, sigamos, con los años, normalizando trastornos cada vez más graves en nombre de la tolerancia y la inclusión.

Rechazando el logos nuestra sociedad se está encaminando al caos. Nos estamos desligado de la realidad objetiva a fin de construir una adulterada realidad construida a la medida de nuestros deseos. Ante esto, no debería sorprendernos la creciente tendencia de algunos jóvenes a rechazar su propia identidad, para asumir alguna de las muchas tendencias trans que, a través de la perniciosa promesa de la “plena liberación” de las limitaciones de este mundo, deja a las personas que caen en sus redes, destrozadas y abatidas.

Cegados por la soberbia, vivimos en total rebelión a la ley de Dios. Seducidos por el canto de las sirenas estamos encaminándonos a la más cruel de las dictaduras, esa que prohíbe la verdad rebajando la realidad a nivel de sentimientos y emociones que, aunque nublan la razón, tenemos vetado cuestionar. El considerar como normales cada vez más desórdenes y llamar derecho a tantos males intrínsecos, nos está llevando a la destrucción del hombre mismo, del hombre creado a imagen y semejanza de Dios.

Es urgente que despertemos pues la mayoría de los católicos nos hemos adaptado comodinamente al espíritu del mundo haciéndonos cómplices con nuestra apatía, indiferencia y silencio. Los tiempos no son fáciles, de hecho, se antojan aterradores, pero no olvidemos que Dios es quien da la victoria. Lo que nos corresponde a nosotros, es amar y servir a Dios, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra voluntad. Al final, el Inmaculado Corazón de María triunfará.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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