Los tiempos que corren

Mucho se habla del cambio de época que vivimos. Nuevo orden internacional o nuevo desorden, como se le quiera ver. La imposición del más fuerte, la ley de la selva, la muerte del derecho internacional, el fin de la contención democrática. Son múltiples los nombres que se le pueden dar a este periodo que vivimos en peligro. Es evidente que el conocido liberalismo democrático, que nos rigió por décadas, se encuentra en el panteón esperando la sepultura que todavía algunos se niegan a darle. Es el narcisismo en el poder dicen algunos; son los orates sublimados, dicen otros. Podemos decir que la sustracción de Nicolás Maduro de su país por parte de fuerzas militares estadounidenses fue la cereza en el pastel de lo que no sabíamos cómo se iba a presentar: una demostración breve y espectacular de fuerza y eficacia que nos dejó mudos. Es el trumpismo, pero también es algo más, algo que se construyó durante años.

Al respecto vale la pena recordar el libro Ceguera Moral, de Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis (Ed. Paidós 2013), en el que advertían la decadencia en la que viajábamos sin darnos cuenta. A continuación algunos subrayados.

De modo similar los incesantes escándalos políticos disminuyen o inhiben completamente la sensibilidad social y política de la gente. Para que algo agite a la sociedad, tiene que ser realmente inesperado o inequívocamente brutal. 

La celebridad y el estrellato significan un éxito que proporciona a las masas la ilusión de que ellas no están muy alejadas de él y que también son capaces de alcanzarlo.

Gavelis temía el dominio de las mediocridades agresivas, con su capacidad para silenciar a los hombres y a las mujeres de letras tranquilos y educados que prefieren pensárselo dos veces antes de decir o emprender alguna acción.

…la dificultad para acceder a empleos sólidos y estables, la confusión de las perspectivas vitales a largo plazo, el inquieto espectro del desempleo y/o la pérdida de categoría laboral; todos se reducen a  la incertidumbre existencial: esa extraña mezcla de ignorancia e impotencia y una inagotable fuente de humillación. Los sufrimientos de este tipo no suman, dividen y separan a los que los sufren. Se niega el destino común. Logra que las llamadas a la solidaridad suenen ridículas.

En cuanto grupos de personas conscientes de sus objetivos e intereses, los partidos políticos corren el riesgo de ser apartados a largo plazo, por grupos semi religiosos o corporaciones politizadas, que pueden matizarse con un vago sectarismo posmoderno. Los vínculos humanos y las devociones compartidas son más fuertes en esos grupos cuasireligiosos que en los partidos políticos, mientras que la búsqueda de interés económico puede ser mucho más eficiente en cuasi partidos organizados como nuevas células del mundo corporativo. En ambos casos, los partidos políticos anticuados que siempre dependieron de la clásica lógica del poder profundamente arraigado en la unidad territorial así como en el moderno matrimonio de política y cultura se encontrarán en una situación sin salida.

Hay, y siempre ha habido, tres razones para estar asustado. Una ha sido (es y será) la ignorancia: no saber qué pasará a continuación, cuán vulnerables somos a los golpes, qué tipo de golpes serán y de dónde procederán. La segunda fue (es y será) la impotencia: la sospecha de que no hay nada o prácticamente nada que podamos hacer para evitar un golpe o desviarlo cuando nos alcance. La tercera fue (es y será) la humillación, derivada de las otras dos: la amenaza inminente a nuestra autoestima y a la confianza que depositamos en nosotros mismos cuando se revela que no hicimos todo lo que podíamos haber hecho.

En un mundo en el que se busca desesperadamente atención, la indiferencia es un fracaso.

Vale la pena acercarse al libro, su contenido es tan actual que sorprende.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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