La ministra Casio

El vergonzoso caso de la ministra Yasmín Esquivel ha tomado niveles verdaderamente escandalosos. Es también una muestra del tipo de personas incondicionales del presidente López Obrador: individuos fraudulentos, sin sentido de la dignidad, cínicos hasta la ignominia. La ministra Esquivel está en esa lista.

La SCJN ha estado en la mirada pública desde algunos años y qué bueno. Es un poder que requiere de supervisión pública, de estar sometido a la crítica y el escrutinio ciudadano. La presidencia que acaba de concluir Arturo Zaldívar no estuvo exenta de esa crítica. La conducta en ocasiones servil, frívola y complaciente de Zaldívar con el presidente fue duramente criticada.

La imagen del expresidente de la SCJN puede ser estudiada como un caso de cómo aventar una reputación al basurero a cambio de una sonrisa del presidente. Zaldívar tiene el dudoso mérito de ser uno de los pocos servidores públicos que ha sido repudiado en su casilla electoral; esto es, sancionado por sus propios vecinos. En política cada quien hace sus apuestas y sabe en su fuero interno qué ganó y qué perdió.

La ministra Esquivel no puede tener queja alguna del trato que está recibiendo. Si a Zaldívar se le criticaban actitudes, con mayor razón a la señora Esquivel, que es un fraude monumental. El escándalo ha tapado incluso el arribo de Norma Piña a la presidencia de la Corte. Es tal la dimensión del problema que es ya un asunto que tendrá mayores costos que el de la imagen de la ministra. Es la Corte la que está en riesgo. Tener como miembro del máximo tribunal de justicia a una persona que se robó una tesis y que ya como ministra intentó mentir nuevamente respecto a ese asunto es algo que supera un tema mediático. Es un asunto de salud en la vida pública del país. La permanencia de Yasmín Esquivel en la SCJN no solamente es un agravio a la propia institución, sino que es una de las muestras más claras de la impunidad y el cinismo en las esferas más altas del poder en México.

La señora Esquivel ha vivido con una mentira toda su vida adulta. Se entiende que la haya interiorizado y convivido con ella hasta asumir que era una verdad. La vida profesional de la ministra ha estado sustentada en una mentira. Su carrera laboral así lo dice. Ha pasado por una buena parte de la escalera de la carrera judicial hasta llegar al máximo puesto que se puede aspirar en la abogacía. En ese puesto ella, supuestamente, es garante de la legalidad, su personificación. Pero resulta que no es licenciada, que plagió una tesis para titularse y que ha tomado –y sigue tomando– decisiones de gran relevancia para el orden legal en esta nación. No es cualquier cosa. Es un fraude legal y moral.

En términos de actualidad: la señora Esquivel se vendió como un Rolex, pero es un Casio. Es ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, pero en realidad es una bachiller, una persona que no terminó de concluir su licenciatura y, por lo tanto, no estaba facultada para ejercer hasta que hizo un fraude y así empezó su carrera. Y aquí sí no pueden decir que el PRI plagió más.

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