En economía: la buena, la mala y la fea

El aumento de precios actual todavía es de risa frente a algunas escaladas de los años ochenta.



Para cualquier gobernante el manejo de la economía es uno de los temas centrales en la administración, pues las variables que dependen de su buen o mal manejo son casi infinitas. Por esta razón, el liderazgo que se ejerce desde el gobierno debe alimentarse de una visión de 360 grados para enfrentar el escenario cambiante.

Sin embargo, el actual titular del Ejecutivo tiende a simplificar todo para bien y para mal. En el caso de la economía, los parámetros que le sirven como guía a esta administración de un solo hombre son criterios del pasado, arraigados en los sucesos de las décadas finales del siglo pasado, no obstante, nos dan como resultado tres situaciones: una buena, una mala y una fea.

El primer parámetro es el rechazo a la deuda externa; es una fobia arraigada en las tragedias vividas en el pasado. En los años ochenta y noventa, las deudas externas de algunos países llegaron a ser de tal magnitud que se volvieron impagables, y hubo voces, incluyendo la del papa, que abogaban por su condonación pues el futuro de los habitantes de esos países estaba condenado desde su nacimiento a una carga exagerada que simplemente prolongaría la debacle económica. México tocó un punto muy bajo en ese esquema, pero nunca llegó a esos extremos. Con criterios y disciplina que hoy son calificados de neoliberales, se logró revertir esa deuda para que dejara de ser un peso y aprendió a usar el crédito para aplicarlo en crecimiento.

Esa fobia es la situación buena. Porque la deuda externa mexicana sí ha crecido; pero su incremento no se debe tanto a haber adquirido de manera desordenada nuevos créditos; siguen siendo más o menos los mismos; sin embargo, como el PIB se ha reducido, en proporción, debemos más. En otras palabras, debemos más porque nuestra economía se encogió y tiene menos valor para responder a esa deuda; pero no porque se haya elevado excesivamente la adquisición de créditos.

El segundo parámetro del titular del Ejecutivo es el tipo de cambio. Los grandes tropiezos económicos de finales del siglo pasado estuvieron marcados (y con ellos las generaciones que los vivieron) por grandes devaluaciones que arrasaban con el poder adquisitivo, aumentaban los precios de las importaciones y, también, los pagos de la deuda adquirida en dólares por particulares y por el gobierno. Nuevamente, decisiones como la liberación del tipo de cambio fijo, más políticas claras de intervención del Banco de México cuando se sospecha de especulación y simplemente respetar las leyes de la oferta y la demanda sin someterlo a un control centralizado permitieron que los movimientos en el tipo de cambio fueran flexibles; aunque sí estaban ligados a cómo se percibía a México en su perspectiva económica.

Presumir que haya movimiento brusco del tipo de cambio es la situación mala. En los últimos años, la supuesta fortaleza del peso no se debe a los mismos criterios. El peso no está relativamente estable porque la economía del país esté fuerte, sino porque el Banco de México ha seguido manteniendo la tasa por arriba de la EU ajustando sus aumentos a los de allá y porque el peso se ha convertido en una moneda que usa para más operaciones internacionales de países emergentes. Este último es un factor nuevo que aún está sorprendiendo a los economistas y que no se sabe cuánto durará o qué otros efectos económicos tendrá. Pero es mala noticia usarlo para argumentar que la economía está sana, porque hoy ya no es un indicador de eso. Es no darse cuenta de que la agujita del tanque de gasolina ya no sirve y no se sabe cuándo se va a acabar el combustible.

En tercer y último criterio que usa el titular del Ejecutivo es la inflación. El aumento de precios actual todavía es de risa frente a algunas escaladas de los años ochenta. Las medidas que permitieron a México lentamente lograr que la inflación fuera una palabra casi desconocida para varias generaciones fueron muchas; pero en términos muy generales se logró por la apertura comercial que trajo crecimiento económico y por la independencia del Banco de México cuyo mandato principal es el control de la inflación a través de la tasa de interés.

La inflación es la situación fea. Es la fea porque no se trata como antaño de un problema exclusivo de México, es, por primera vez desde la Segunda Guerra, un fenómeno mundial y, por tanto, buscar solucionarlo con los criterios que sirvieron cuando éramos una economía cerrada donde se podía poner precios tope o controles de precios concertados no funciona. Tampoco funciona el intentar someter al Banco de México pidiendo que no suba la tasa de interés (aunque encarezca el préstamo interno) ni aumentando los salarios ni las pensiones ni las becas pues la inflación se come esos aumentos (y al final tampoco hay tanto dinero en el gobierno para becas y pensiones si la economía se contrae). Es todavía más fea porque está afectando directa e irremediablemente a los más pobres y no se está fomentando lo único que sí dará resultado a mediano y largo: el crecimiento económico.

Pero fomentar el crecimiento económico que sería nuestra única salvación no seguir hundiéndonos en las arenas movedizas actuales es lo que no se está fomentando; y otra vez tenemos tres escenarios. El buen escenario sería que se diera un giro de 180 grados que hiciera brotar una confianza real apalancada en certeza jurídica y el combate al crimen organizado (por mencionar sólo dos condiciones). El mal escenario sería que olvidaran las fobias y se comenzara a endeudar al país descontroladamente para financiar los elefantes blancos o el gasto en becas, se limitara la independencia del banco de México o se impusiera un control artificial de precios; todo lo cual nos haría hundirnos todavía más rápido. El escenario feo es que sigamos atrapados empeorando lentamente; empantanándonos de tal modo que costará mucho más la recuperación a partir de 2024 cuando las fobias personales sean sustituidas por criterios consensuados, amplios y audaces.

 

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