Monje y marino

Urdaneta pasó varios años en aquellas islas paradisíacas siendo protagonista de las más increíbles aventuras.



Si revisamos las páginas de la Historia Universal, veremos cómo muchos de sus protagonistas nacen, viven y mueren marcados con el signo de la aventura.

Uno de ellos es Andrés de Urdaneta, un español nacido en Villafranca de Oria (Guipúzcoa) en 1508 que a los 17 años trabó amistad con un coterráneo suyo, Juan Sebastián Elcano, quien había alcanzado la inmortalidad por ser el primero en darle la vuelta al mundo.

Cuando Elcano decide volver a navegar por los mares que habían sido testigos de sus hazañas, Urdaneta no lo piensa dos veces y se une a su expedición.

Al hallarse navegando por el Pacífico, fallece Elcano cuyo cuerpo fue sepultado en el mar.

A partir de ese momento, la expedición pasa por mil vicisitudes hasta que, en octubre de 1526, llegan a las Islas Filipinas donde tuvieron que luchar tanto contra los nativos como contra los portugueses que merodeaban por aquellos rumbos.

Uno de los momentos más dramáticos en la vida de Urdaneta fue cuando, al estar luchando contra un grupo de portugueses, explotó un barril de pólvora que le desfiguró el rostro e incendió las ropas que llevaba puestas. Nuestro personaje se salvó a duras penas arrojándose al mar y huyendo a nado mientras los portugueses le perseguían bajo una insistente lluvia de balas. Alcanzó la playa y, gracias a la hospitalidad de los nativos, logró esconderse y sanar de sus heridas.

Urdaneta pasó varios años en aquellas islas paradisíacas siendo protagonista de las más increíbles aventuras.
Hasta que, pasando por Java, Malaca, Ceilán, el Cabo de Buena Esperanza, la isla de Santa Elena y Lisboa, regresa a casa en 1535.

Habían pasado casi diez años desde que saliera de La Coruña acompañando a Elcano.

En su natal Guipúzcoa, sus ancianos padres reciben con sorpresa y alegría a un hijo al cual daban por muerto.
Sin embargo, Urdaneta no había nacido para quedarse cruzado de brazos contando sus aventuras a quienes las quisieran oír.

Urdaneta vuelve a embarcarse en 1538 y es así que viene a dar a tierras de la Nueva España en donde –como ya era en él característico– vuelve a pasar por mil vicisitudes.

Tras desempeñar importantes cargos encomendados por el virrey don Antonio de Mendoza, el experimentado marino y valiente explorador a todos les da la sorpresa: Decide hacerse fraile agustino.

Y es así como vemos al otrora audaz hombre de mar transformado en un humilde fraile que gusta contar sus increíbles aventuras a los jóvenes novicios que le escuchan con asombro.

Cuando le oyen hablar de aquellas islas legendarias y misteriosas, no falta quien le replique:

–¡Qué lástima que solamente se pueda ir y que nadie pueda regresar!

–¡Nada de eso! –exclama el fraile– Conozco tan bien aquellos mares que yo podría regresar, aunque fuese a bordo de una carreta.

El caso es que, tomando en cuenta su experiencia, un día de septiembre de 1559, fray Andrés de Urdaneta recibe una carta del mismísimo Felipe II quien le ordena incorporarse a la expedición que, bajo las órdenes de Miguel López de Legazpi, saldría muy pronto hacia las Islas del Poniente.

Y es que seguía existiendo el problema: Sí era posible llegar a las Filipinas, pero –debido a vientos que soplaban en contra– resultaba imposible el regreso.

Todo parecía indicar que una enigmática maldición oriental impedía que los navegantes que por el Pacífico llegaban a las costas de Asia pudiesen regresar por donde habían venido.

La flota se hizo a la mar el 21 de noviembre de 1564 y llegan a las Filipinas el 13 de febrero de 1565, archipiélago del cual toman posesión en nombre de España.

A pesar de que la conquista de las Filipinas se desarrolló sin mayores contratiempos, faltaba la parte más difícil de la aventura: El retorno a la Nueva España, el ansiado “tornaviaje” en el cual tantos habían fracasado.

Solamente así, regresando por donde habían venido, se podría garantizar que los primeros españoles llegados a las Filipinas no quedasen aislados y que, detrás de ellos, llegase todo lo necesario para la colonización.

Sólo un hombre estaba seguro de hallar la ruta de regreso y ese hombre era Urdaneta.

Legazpi le encomienda iniciar el “tornaviaje” y es así como el 1 de junio de 1565 parte del puerto de Cebú.

Aprovechando los vientos que, a partir del grado 44 de latitud norte, lo empujan hacia América, Urdaneta –después de tres meses de ver tan sólo mar y cielo– avista costas de la Alta California el 26 de septiembre. Pocas semanas después, el 8 de octubre de 1565, desembarca en Acapulco.

La hazaña estaba consumada: El regreso de Oceanía era posible. Las Filipinas quedaban incorporadas al imperio español pasando a depender directamente de la Nueva España.

La enigmática maldición oriental que impedía el regreso había sido rota por un hombre excepcional que era a un tiempo monje y marino.

A partir de ese momento, entre las Filipinas y la Nueva España se inició un intenso tráfico comercial que se mantendría durante un cuarto de milenio.

Un intenso intercambio de plata mexicana y mercancías orientales que pondría muy alto el nombre de México.
Pero ése es ya tema de otro comentario.


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