AMLO, fiel discípulo de don Benito

En nuestros días, López Obrador está ayudando a los Estados Unidos para que no entren en su territorio inmigrantes que –según el imperialismo yanqui– son indeseables.


AMLO


Cuando el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) presentó la Cuarta Transformación (más conocida como 4T) entre los personajes que, según él, destacaron en las tres anteriores, le concedió honores muy especiales a don Benito Juárez.

Para nadie es un secreto no solamente la admiración, sino incluso el amor apasionado que el tabasqueño tiente por el oaxaqueño; un amor de tales dimensiones que, si Juárez no hubiera muerto, AMLO le enviaría todos los días un ramo de flores.

Y es que AMLO, dondequiera que va, no pierde la oportunidad de proclamarse liberal juarista, razón por la cual el mejor elegio que puede recibir es que le digan que don Benito ha reencarnado en el tabasqueño para convertirlo nada menos que en el Juárez del siglo XXI.

Efectivamente, a la vista de las sabias lecciones de la Historia, consideramos que en estos tiempos AMLO se comporta exactamente igual como se comportó Juárez hace siglo y medio.

Claro está que, al llegar a este punto, preciso será hacer algunas aclaraciones.

A pesar de que a Juárez le tocó luchar contra el II Imperio que Napoleón III que pretendía fundar aquí en la persona de Maximiliano de Habsburgo (tanto o más liberal que Juárez pues jamás derogó las juaristas Leyes de Reforma) eso no quiere decir que don Benito combatiese por igual a todos los imperialismos extranjeros.

Hubo una excepción: el imperialismo yanqui, al cual don Benito jamás combatió y al cual le debió su victoria sobre los ejércitos conservadores.

Fue en 1823 cuando el entonces presidente de los Estados Unidos, James Monroe, pronunció una frase que se hizo famosa: “América para los americanos”.

Una frase que suena muy bien y que muchos interpretan en el sentido de que lo que Monroe quiso decir era que América solamente le pertenecía a los habitantes de este continente.

Interpretación alejada de la realidad puesto que la verdadera intención de Monroe –y los hechos no tardaron en demostrarlo– era que América habría de ser feudo exclusivo de los rubios del Norte o sea de los yanquis.

Esa es la explicación por la cual, deseando salvaguardar su área de influencia, desde el primer momento, se opusieron a cualquier intento de potencias extranjeras –especialmente europeas– de penetrar en estos territorios.

Esa es la explicación por la cual, temerosos de que el emperador francés Napoleón III pudiese establecer una cabeza de playa en tierras de América, los yanquis hicieron hasta lo imposible para frustrar dicha intentona.

Y fue entonces cuando les vino como anillo al dedo un personaje que andaba a salto de mata huyendo como conejo asustado: Benito Juárez a quien los conservadores le habían quitado una Presidencia que nunca había ganado mediante unas elecciones democráticas.

Una vez que hubo terminado la Guerra de Secesión en Norteamérica, los yanquis tuvieron las manos libres para intervenir en México, presionaron al emperador francés para que retirase sus tropas, le proporcionaron armas modernas a los liberales juaristas y no descansaron hasta que Maximiliano, junto con Miramón y Mejía, fuesen fusilados en el Cerro de las Campanas.

Ni duda cabe que don Benito era el personaje ideal que habría de favorecer los afanes hegemónicos del imperialismo yanqui.

Don Benito fue tan sumiso e incondicional que no dudó el proponer el vergonzoso Tratado McLane-Ocampo, mediante el cual se hipotecaba el territorio nacional en famoso del Coloso del Norte. Afortunadamente, dicho Tratado jamás fue aprobado por el Senado de los Estados Unidos, con lo cual México se salvó de convertirse en algo parecido a un protectorado.

Don Benito, siempre obediente a las instrucciones que llegaban desde las orillas del Potomac, permitió que en México se implantasen todas las directrices políticas y económicas que desde allá venían. Al mismo tiempo le concedió todo tipo de facilidades a las sectas protestantes para que penetrasen en un país netamente católico como es el nuestro.

No hay duda: don Benito Juárez fue un incondicional al servicio de los Estados Unidos. Un peón del imperialismo yanqui.

Analicemos ahora la actitud de un Andrés Manuel López Obrador quien desde siempre se ha manifestado como admirador absoluto de un don Benito a quien ha considerado siempre como su maestro e inspirador.

Cuando, a principios del pasado mes de junio, el rubio bárbaro del norte, Donald Trump, se propuso frenar la entrada de migrantes a su país no lo pensó dos veces: Recurrió a un López Obrador que –sin ninguna clase de titubeos– accedió a cerrar la frontera sur por medio de la flamante Guardia Nacional.

Fue así como se cumplió la amenaza que Trump había hecho tiempo atrás: “Los mexicanos no lo saben, pero son ellos quienes acabarán pagando el Muro”.

Y así ocurrió: No se trata de un muro ni de acero ni de cemento. Se trata de una muralla humana (la Guardia Nacional) que en las orillas del río Suchiate impide el paso de los mirantes que desean llegar a los Estados Unidos.

Hace siglo y medio, Juárez ayudó al gobierno de Washington para que aquí no se consolidase una potencia extranjera que pudiera perjudicar sus intereses.

En nuestros días, López Obrador está ayudando a los Estados Unidos para que no entren en su territorio inmigrantes que –según el imperialismo yanqui– son indeseables.

No hay duda: Juárez inspira a un López Obrador que siente por el ídolo zapoteca una admiración visceral.

 

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