¿Qué necesita una ley para ser obedecida?

Las leyes que contradicen la naturaleza de las cosas dejan de ser leyes para convertirse en mandamientos tiránicos y caprichosos.



Un tema de gran actualidad en nuestro tiempo lo expresó, cinco siglos antes de nuestra era, el poeta Sófocles quien en la tragedia “Antígona” nos cuenta como Eteocles y Polinice, hijos de Edipo, se dieron muerte uno al otro.

Creón, tirano de Tebas, dispone que Eteocles sea sepultado con todos los honores y en cambio que Polinice quede insepulto expuesto a ser devorado por las aves carroñeras.

Es entonces cuando su hermana Antígona, a sabiendas de que las leyes lo prohíben, decide sepultarlo.

Creón, al enterarse de la desobediencia, ordena que Antígona sea capturada y llevada a su presencia y, al tenerla enfrente, le pregunta la razón por la cual se atrevió a desobedecer dichas leyes.

Es entonces cuando, en la respuesta que Antígona le da al tirano, nos ofrece toda una cátedra de Derecho Natural:

“Porque estas leyes no las promulgó Zeus. Tampoco la Justicia que tiene su trono entre los dioses del Averno. No, ellos no han impuesto tales leyes a los hombres. No podría yo pensar que tus normas fueran de tal calidad que yo por ellas dejara de cumplir otras leyes, aunque no escritas, fijas siempre, inmutables, divinas. No son leyes de ayer…son leyes eternas y nadie sabe cuándo comenzaron a regir. ¿Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera?”

Antígona le estaba diciendo al tirano Creón que aquellas leyes que contradicen la naturaleza de las cosas no son tales sino más bien mandamientos caprichosos que nadie está obligado a obedecer.

Ahora bien, descendamos de las altas cumbres del Teatro Griego al simple plano del sentido común.

No se necesita ser un experto en cualquiera de las diversas ramas del Derecho para entender que la ley dada por los hombres es obligatoria siempre y cuando sea razonable.

Pongamos un ejemplo disparatado: Imaginemos que el Congreso de la calurosa Isla de Bananalandia aprueba la siguiente ley dada por el dictador que la gobierna: “Se exige a todos los habitantes que siempre que salgan a la calle lo hagan con suéter, abrigo y bufanda”.

Considerando que la temperatura media anual de la Isla de Bananalandia es de 42 grados centígrados, si dicha ley llegara a imponerse podría ocurrir cualquiera de dos cosas:

*Que las autoridades se hiciesen de la vista gorda permitiendo su incumplimiento.

*O bien que, en caso de que la ley se impusiera por la fuerza, la policía se viese obligada a reprimir con violencia a los manifestantes que -dicho sea de paso- serían casi la totalidad de la población.

Y todo porque la ley aprobada por el Congreso ni es justa ni es razonable.

Es aquí donde se hace necesario distinguir entre legalidad y legitimidad.

*La legalidad consiste en el cumplimiento de los requisitos necesarios para que una norma jurídica tenga el carácter de Ley. La legalidad afecta lo externo, o sea la forma.

*En cambio la legitimidad consiste en la bondad y justicia de la norma o sea que la misma se halle en plena concordancia con las exigencias del Derecho Natural.

Según esto, una norma puede ser legal, pero, en cambio, carecer de legitimidad como sería el caso del disparate que acabamos de mencionar.

Una ley injusta, aunque sea legal, por ser injusta, nadie está obligado a obedecerla.

Y es que las leyes que contradicen la naturaleza de las cosas -aunque estén aprobadas con todas las formalidades jurídicas- dejan de ser leyes para convertirse en mandamientos tiránicos y caprichosos.

Esa es la razón por la cual leyes como las que despenalizan el aborto, permiten las uniones de homosexuales, autorizan la eutanasia y dan carta libre al tráfico y consumo de drogas, al ir contra la justicia y naturaleza de las cosas, dejas de ser leyes para transformarse en decretos tiránicos.

Por lo tanto, nadie está obligado a cometer abortos, aunque la ley lo permita, ni tampoco está permitido que se permitan matrimonios entre personas del mismo sexo, que se asesine a enfermos incurables o anciano y -por supuesto- que se vendan en los supermercados las más mortíferas drogas.

No importa que las leyes que permiten tales aberraciones hayan sido aprobadas con todos los requisitos legales. Son leyes ilegítimas que, por carecer de justicia y bondad intrínseca atentan contra la dignidad de las personas.

Y es que la finalidad del Derecho no es otra más que la de regular la convivencia humana protegiendo siempre a la persona desde su concepción hasta su muerte natural.

Conviene tener todo esto muy en cuenta y siempre que pretendan imponernos leyes aberrantes que vayan contra la razón y la Justicia recordar -como le dijo Antígona al tirano Creón- que existen “otras leyes, aunque no escritas, fijas siempre, inmutables, divinas” leyes que “no son de ayer, que son eternas” y que no debemos pisotear por complacer la antojadiza voluntad de un tirano o la torpeza de legisladores incultos.


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