Un año sin clases

Esos millones de niños y jóvenes que se quedaron no solamente sin estudios, sino también sin la capacidad de formarse dentro de ambientes ejemplares pueden ser captados por mafias de delincuentes.



Hace pocos días, coincidiendo con un confinamiento general provocado por la pandemia del COVID, se cumplió un año de que en las escuelas dejaron de impartirse clases de manera presencial. A partir de ese momento, las clases solamente se dieron de manera virtual y mediante computadora.

Doce meses, trescientos sesenta y cinco días es tiempo más que suficiente para hacer un balance de las consecuencias que ha traído dicha decisión.

Empezaremos diciendo que, debido al abandono, gran parte de los planteles han sufrido robos a la vez que se ha deteriorado tanto su estructura como el mobiliario.

Asimismo, durante todo este tiempo, ha crecido de manera alarmante la deserción escolar.

Y ha crecido porque el costo de una computadora no está al alcance de cualquier bolsillo; y si acaso algunas familias llegasen a comprarlas no cualquiera tiene la capacidad técnica necesaria para manejarlas.

Eso sin contar que cuando en una misma familia hay niños que pertenecen a diversos niveles de escolaridad sería muy difícil comprar dos, tres o hasta más computadoras.

Ahora bien, en el caso ideal de que la gran mayoría de las familias contasen con las computadoras necesarias y supiesen manejarlas… ¿Qué tan difícil sería que los alumnos pudiesen expresarles sus dudas a los profesores?

Especialmente en materias tan áridas como son Física, Química y Matemáticas.

El balance que presenta la situación escolar del país no puede ser más desalentador.

Según datos oficiales, se calcula que se han producido más de cinco millones de deserciones que equivalen a otros tantos niños y jóvenes que no se inscribieron en el presente curso.

Es aquí donde surge la obligada pregunta: ¿Qué están haciendo esos niños y jóvenes que ni siquiera reciben clases de manera virtual?

Hay quienes dicen que la gran mayoría –por pertenecer a familias de escasos recursos– ayudan a sus padres o familiares en sus trabajos. Y es así que los vemos repartiendo mercancías, realizando labores de limpieza o –valga el ejemplo– ayudando en pequeños comercios como pudiera serlo una humilde tortillería.

Es aquí donde esos millones de niños y jóvenes están corriendo el riesgo de perder el hábito del estudio.

Un año sin clases es mucho tiempo –demasiado– y en edades tan difíciles pero decisivas en la integración de la personalidad como es la pubertad es muy fácil olvidar los buenos hábitos adquiridos en la escuela para quedar bajo la influencia de un medio ambiente no sólo hostil sino incluso peligroso.

Es aquí donde se presenta un nuevo problema.

Que esos millones de niños y jóvenes que se quedaron no solamente sin estudios sino también sin la capacidad de formarse dentro ambientes ejemplares puedan ser captados por mafias de delincuentes.

En efecto, es algo evidente que pandillas de ladrones, asesinos y narcotraficantes están buscando afiliar niños y jóvenes que puedan ayudarles a ganar dinero fácil a bajo costo y sin mayores problemas.

¿Cuántos de esos millones de niños y jóvenes y –por causa del cierre de las escuelas– hoy ni estudian ni trabajan serán atrapados por las redes del crimen organizado?

El problema es mucho más grave de lo que a simple vista parece…

Y es que un larguísimo período vacacional que lleva ya más de doce meses no puede traer buenos resultados.

Urge que los niños y jóvenes regresen a clases a la mayor brevedad.

Urge que regresen no tanto para adquirir conocimientos sino más bien para mantenerlos ocupados y, de ese modo, impedir que se transformen en delincuentes.

Y antes de concluir un importantísimo detalle: Una vez que se reanuden las clases presenciales que a los maestros se les dé preferencia para ser vacunados; sería una torpeza criminal esperar a que les llegue su turno.


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