Las mujeres están locas…

Que viva la diferencia porque, gracias a ella, se ha construido el mundo; gracias a ella, el hombre y la mujer se complementan y se hacen uno porque somos diferentes.


Diferencia riqueza humana


“Creo que las mujeres están locas si pretenden ser iguales que los hombres. Son bastante superiores y siempre lo han sido. Cualquier cosa que le des a una mujer lo hará mejor. Si le das esperma, te dará un hijo. Si le das una casa te dará un hogar. Si le das alimentos, te dará una comida. Si le das una sonrisa, te dará su corazón. Engrandece y multiplica cualquier cosa que le des”. William Golding (1911-1993).

Sobre la mujer he escrito mucho, se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo mientras el mundo sea mundo. La cita del encabezado, de William Holding, es más que elocuente. La mujer tiene una superioridad que el hombre, el varón, generalmente no entiende. Pero mucho me temo que sólo algunas mujeres comprenden cabalmente. Sí, es verdad que somos absolutamente iguales en dignidad; en todo lo demás somos diferentes, “vive la différence”. La gran riqueza del género humano consiste, entre otras cosas, en que todos somos diferentes.

Que viva la diferencia porque, gracias a ella, se ha construido el mundo; gracias a ella, el hombre y la mujer se complementan y se hacen uno porque somos diferentes. En todo caso, los hombres nos deberíamos sentir discriminados porque no podemos dar vida. Las mujeres son la vida misma; cualquier hombre que quiera parecerse a ellas por más operaciones que se practique, no deja de ser una burda falsificación, una burda imitación. Lo mismo vale en sentido contrario. Si al morir cualquiera de los dos, se les practicase una prueba de ADN, esta los denunciaría sin piedad, revelando lo que realmente siempre fueron.

Cuando la mujer se quiere igualar al hombre comete un grave error. La mujer puede ser profesionista exitosa, obrera calificada, directora de empresa, diputada, senadora, dirigente de una nación o ama de casa por elección y, en todos los casos, destacar como quien hace mejor las cosas que tiene que hacer, sin dejar de ser femenina.

Caso muy distinto es cuando la mujer se siente seducida por el hacer masculino o, más que masculino, machista. El afán de igualdad la puede arrastrar a escenarios en los que domina ese macho al que las feministas radicales abominan, y con razón. Es el caso, por ejemplo, de la búsqueda del poder por el poder. Es el de la mujer que no se da cuenta de que es empujada, generalmente por otras mujeres, para tratar de competir con el varón. Una de las condiciones que impone el varón a las mujeres es que jueguen al juego y con las reglas impuestas por él. La lucha del poder por el poder no es el de la mujer. La mujer tiene otro poder, es más poderosa que el hombre, pero de una manera distinta.

Con el mito de la igualdad entre hombres y mujeres, se considera un triunfo para la mujer la paridad con el varón, ya sea en el sector público o en el privado, cuando la verdadera igualdad entre varones y mujeres es atributo esencial de su humanidad, de su dignidad, y no de su desempeño en sociedad. Cuando la mujer se quiere parecer al varón, tanto parecido le hace daño. La demostración de violencia de la que hacen gala grupos minoritarios, por ejemplo en el 8M en la Ciudad de México, las asemeja tanto al varón violento que las mujeres agredidas pudieron decir: “Nos trataron como hombres”. Entre las consignas que gritaban esos grupos minoritarios pero escandalosos, estaban estas: “Somos brujas, lo vamos a quemar todo” o “¿Somos malas? Podemos ser peores”.

Sin embargo, la violencia de que hicieron gala esos pequeños grupos de mujeres enfurecidas, no desvirtúa el objeto de una manifestación que tenía por objeto protestar contra la violencia, ¿de género? Hubiera sido bueno, porque el género humano comprende al hombre y a la mujer. ¿Por qué se rehúsan las feministas extremas y los medios de comunicación a decir las cosas por su nombre? ¿Por qué pervertir el lenguaje? Era una protesta por la violencia contra la mujer, contra el acoso del macho y de todo género (ese sí es género) de discriminación contra ella. Ya entrados en el lenguaje de moda, llamar feminicidios a cualquier asesinato contra una mujer es un exceso. Es feminicida al (¿hombre o mujer?) “que mata a una mujer sólo por ser mujer”. Este caso es muy raro y está consignado en los anales criminales, de todos los países, cuando un asesino mata mujeres sólo por serlo. Generalmente cuando un hombre mata a una mujer, no es por ser mujer, sino por ser su mujer, o la mujer de otro, o por ser su exmujer. ¿Se puede considerar como agravante alguno de estos hechos? Es muy posible, pero también han muerto mujeres involucradas o no con grupos criminales, generalmente de narcos.

En todo caso, en todos los ámbitos sociales se debe propiciar la estricta igualdad de oportunidades (esta es la auténtica no discriminación), para que sea el talento, la capacidad y otras cualidades ad hoc de hombres y mujeres la que determine el número de mujeres y de hombres en las actividades laborales, ya sea en la producción de bienes, en el ejercicio de la profesión, en el comercio, en el servicio público o en la política (que debería ser el servicio público por excelencia).

Por cierto (nadie habla de esto), desde hace milenios hombres y mujeres se reparten las labores propias del campo, sin que estas últimas se quejen de discriminación. Y cuando es necesario, en caso de guerra, de enfermedad o de muerte de los hombres de la familia campesina, las mujeres han tomado el trabajo rudo de los varones, y lo han hecho tan bien o mejor que ellos. Lo que nunca han hecho es imponer una paridad que, por simple sentido común, es descabellada. La humanidad ha comido, digamos que existido, desde el principio de los tiempos, gracias a lo que ellas y ellos han aportado con su talento y su trabajo.

Muchas mujeres no se han dado cuenta de que han caído en la trampa de un machismo disfrazado de feminismo. No solamente las que han sido atrapadas por el garlito de aplazar su maternidad, para tener éxito económico y social, sino las que piensan que deben competir con el hombre para sentirse en igualdad como mujeres, lo que demerita su naturaleza. Por esta degradación de la verdadera femineidad, que no significa necesariamente renunciar al mundo laboral, la humanidad está perdiendo eso que Ortega y Gasset llama la “sabiduría diferente” y que solamente la mujer puede aportar al mundo para completarlo de una manera diferente, más sabia, es decir, a la manera de esa mujer que es mujer al 100 por ciento.

 

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