Teoría del mensaje

El mandatario es el único dueño de la palabra; su unipersonalidad es la que define, posiciona y establece la precisión semiótica de los mensajes.



RECUERDOS

Uno de los maravillosos lectores de esta columneja, gentilmente hizo llegar a nuestra mesa de tundir teclados, una frase atribuida a mi estimadísimo Sergio Sarmiento: “Me acuerdo de los tiempos en que solo el crimen organizado amenazaba a los jueces y no el presidente”. La frase tiene más de lapidario que lo que se aprecia a vuelo de pájaro.

La razón es cada vez más obvia: el mandatario mexicano ya no oculta –ni por elemental pudicia política– sus afanes de acabar, de exterminar todo, cualquier cosa que se oponga o contradiga sus intereses, sus planes o sus dichos.

Por eso descalifica sin piedad, con razón o sin ella. Por eso condena y sataniza, con información probada o sin pruebas y al aire. Contradice a los suyos, léase López-Gatell, el General Secretario, el Auditor Fiscal o al propio Jesusito Ramírez, con la misma ligereza con la que cuelga el sambenito de conservadores, machuchones o neoliberales a cualquier cristiano que la percepción presidencial juzga en sumarísimo, como traidor a su causa y enemigo del pueblo. El presidente es el pueblo todo y su único intérprete y portavoz.

LOS EFECTOS DEL MENSAJE

En la misma línea del modelo diseñado por el maestro Harold Lasswell, gurú en los menesteres de la comunicación, cabe la pregunta. ¿Cuál es el mensaje o mejor aún, el efecto que el presidente busca posicionar con su mensaje?

El escribano no podría precisar un único impacto. Al parecer, pueden deducirse varios con diferentes tonalidades y penetración. Sin embargo, aparece una misma línea armónica.

1. Como efecto inicial, un primer obús facilita una interpretación: El mandatario es el único dueño de la palabra; su unipersonalidad es la que define, posiciona y establece la precisión semiótica de los mensajes. De aquí que cuantas veces contradiga al bien amado López-Gatell, será para desacreditarlo y darle soporte a la verdad presidencial, por lo que el subsecretario hará prestidigitación literaria para decir que no dijo lo que había dicho, sino reforzar lo que el mandatario dijo.

2. Un segundo efecto: Minusvaluar y despreciar las valoraciones que los expertises de su gabinete plantean como verdades, mediante el ridículo público en la guillotina mañanera, siempre dispuesta y afilada para cercenar a cualquiera. Así recordamos a Carlos Urzúa y a Alfonso Romo; pero en igualdad de condiciones, a quienes han ocupado la poca honrosa fama de dirigir el “Instituto para robarle al pueblo lo captado”.

3. Otro efecto Lasswelliano: la defenestración y el odio patibulario que, con recursos públicos se construye cada mañana, para condenar en la plaza pública a quienes son considerados adversarios, traidores a la patria o enemigos del pueblo más pobre. Así, han desfilado el periódico Reforma, El Universal, Jorge Ramos, Pablo Hiriart, Ciro Gómez Leyva, Ferriz de Con, Ángel Verdugo, Héctor de Mauleón y varios –muchos– más.

4. Sin embargo, un efecto que produce un disparo de escopeta, es la utilización de los recursos de los mexicanos, para que, cuando alguien es colocado como amenaza en potencia para la causa presidencial, los mensajes solicitando que se investigue a los supuestos adversarios, porque “hay sospechas” de trabajar para los enemigos de la Cohorte; de lavar dinero; de tratos con el narco o desviación de recursos y enriquecimiento inexplicable, entonces el método es devastador. Basta con que uno se intimide o “por razones de salud” renuncie al cargo público, como para que los demás se inhiban y en la vida, se atrevan a contradecir los datos del ejecutivo.

Lo interesante es apreciar que, en todos esos casos, los mensajes funcionan en mayor o menor grado. El quid del asunto es que todo eso es el escenario propio que nos indica la estructuración y consecuencias de una teoría del mensaje, en medio de un absolutismo totalitario. Al tiempo.

 

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