Corrupción

La corrupción moral solamente se da en las personas, y para desterrarla conviene conocer las causas.



Con frecuencia cuando se repite muchas veces una palabra se desdibuja su sentido inicial. Por ejemplo, en nuestro país, donde abunda el espíritu crítico y el buen humor, una palabra puede usarse para expresar lo contrario al contenido original.

Otras veces, al usar exageradamente una palabra se pone de moda y se aplica para todo como si fuera un adjetivo. Esta es una tendencia propia de la creatividad humana. Nos lo muestra la investigación etimológica donde se rastrea el origen de las palabras y su aplicación a lo largo del desarrollo de los pueblos.

Algo así sucede con la palabra corrupción. Su sentido profundo es tremendo pues hace referencia a la desintegración de un sujeto. La filosofía griega, desde sus inicios, aplicó esta palabra para indicar que algo había perdido su unidad original, se había disgregado, lo que existía ya no es así pues se degradó.

Por lo tanto, la corrupción está profundamente vinculada a las nociones de fractura, de cambio para empeorar, de desunión. Actualmente todos estos sentidos permanecen, pero además la corrupción fundamentalmente enfatiza la degradación moral. Por eso, la corrupción se aplica a las personas que son traidoras, mentirosas, ladronas, asesinas, hipócritas… Y, lo peor es que ahora tienen tanto poder que son intocables, porque han escalado los puestos más altos del poder.

Obviamente, la corrupción duele más cuando la persona que lo es tiene un cargo representativo, pues de alguna manera arroja ese fango a sus subalternos. Esto es tremendo ya que se comete la injusticia de calificar así a muchos honestos. Y es probable culpar a un inocente.

En una democracia, el cargo representativo es por elección del pueblo que considera a esa persona digna de asumir ese sitio, muestra ser la mejor. Al fallar en el ejercicio de la tarea arrastra a los seguidores a un desencanto enorme, o los inclina a emularlo o a combatirlo con las mismas armas. El resultado, en cualquier caso, es de un profundo deterioro de la sociedad civil.

La corrupción moral solamente se da en las personas, y para desterrarla conviene conocer las causas. Sin estos datos es muy difícil promover el cambio de raíz, se podrán utilizar paliativos, pero no habrá realmente un combate eficaz.

La primera causa de la corrupción tiene dos vertientes: una es la capacidad que las personas tenemos de elegir, de aplicar nuestra libertad; la otra es la dificultad de optar por el bien porque el mal también nos atrae. Por lo tanto, todos tenemos la posibilidad del bien y del mal. Dicho de otro modo: todos podemos ser corruptos.

Luego hay muchas causas segundas. Menciono algunas: el mal ejemplo recibido en la infancia deja una huella profunda y desconcertante; las malas amistades; la comercialización de lo que degrada a la persona como la pornografía, el juego adictivo, el alcohol, las drogas, el confort exagerado, la industria del entretenimiento inadmisible; el ambiente social que promueve o permite la inmoralidad y, sobre todo la falta de educación.

Cuando una institución se pervierte o hay un desaguisado, no siempre viene de la irrupción de un extraño, casi siempre hay alguien dentro que lo planea todo o al menos es un “soplón” que indica por dónde pueden atacar. Un dato muy claro, al respecto, lo mostró la investigación que hicieron hace algunos años en la ciudad de Nueva York, para eliminar la inseguridad en el metro. También los maleantes para cometer un asalto en una casa, consiguen información de algún miembro de la familia o de un trabajador o una empleada, para cometer su fechoría.

La educación es básica para fortalecer a las personas en hábitos buenos y en criterio claro. Por eso, cuando alguien quiere tener seguidores para que le ayuden en sus fechorías, lo primero que hacen es buscar personas carentes de educación. O cuando tienen un puesto en el gobierno tratan de falsificar la educación. Estos datos han de tenerlos muy en cuenta las personas que promueven el bien.

La educación ha de incidir en tres aspectos de la persona: en la inteligencia para que sepan distinguir el bien del mal; en la voluntad para que aprendan a tener una conducta buena y así adquieran virtudes; en el trato con las personas para establecer relaciones respetuosas y comprensivas ante las diferencias.

La finalidad de la educación es forjar hábitos buenos. Con ellos cada persona puede minimizar la tendencia a incursionar en el mal, inclinación de la que hablamos al principio. Con las virtudes es más fácil vencer la tentación de ver, oír o visitar ambientes nocivos que degradan y dejan huella.

Con las virtudes se puede tener la fortaleza de resistir las propuestas de las malas compañías, e incluso de convencerlas de dejar de vivir con esas costumbres. Incluso, pueden adquirir la madurez para darse cuenta de que sus padres u otros seres queridos cometen ilícitos, y sin dejar de quererlos, poner los medios para ayudarles a superar esas costumbres. Esto no es imposible, pero requiere mucha madurez.

Desgraciadamente los testimonios actuales son muy tristes. La corrupción se ha institucionalizado en algunas familias y se propagan formas de vida de padres a hijos y se heredan cárteles o negocios fuera de la ley. Unos y otros se encubren.

La amistad verdadera hay que recuperarla. Es aquella en la que las personas se ayudan a ser mejores. Todas las relaciones en las que se incita a las trasgresiones, a los malos hábitos o a cometer ilícitos son auténticos fraudes porque distorsionan las relaciones humanas.


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