¿Miedo a la decadencia social?

El conformismo predispone al deterioro, así las personas se inclinan a otros retrocesos y poco a poco se alejan del bien hasta sustituirlo por el mal.



Con frecuencia aparece la certidumbre de estar en presencia de un cambio de época. Esto sucede cuando hay decadencia y hay relevo para dar paso al futuro. A la vez imperceptiblemente aparecen notas de resurgimiento, de vigor y empuje que llenarán el puesto vacante del periodo que desaparece.

¿En dónde nos encontramos cada uno? Podemos estar en el campo que finaliza o en el que brota con empuje. Conviene observar cuál es nuestro sitio y afrontarlo con entereza, sin ocultar evidencias. Pero con el deseo de aportar fortaleciendo nuestros aspectos positivos.

Es ley de vida tener relevos, empezar y terminar se dan siempre dentro de un período. En esos casos suceden como anuncio y despedida pero ambos desdibujados. Los adelantos emergen sin rupturas drásticas con el pasado y fomentan procesos laborales mejorados debido a la adopción de experiencias más ricas o por el desarrollo mismo de los procesos.

A largo plazo, siempre se han dado cambios debido a la aplicación de nuevos descubrimientos científicos y tecnológicos, todo esto anuncia una nueva era. Cuando no se aplican los descubrimientos se agotan los actuales. Y el agotamiento generalmente se debe a un desplome moral porque hay conformismo.

El conformismo predispone al deterioro, así las personas se inclinan a otros retrocesos, y poco a poco se alejan del bien hasta sustituirlo por el mal. Pierden el sentido del esfuerzo y del heroísmo, lo cambian por la supervivencia a costa de los demás o a costa de no valorar los propios principios.

La vida del parásito adoptada por el ser humano tiene muchas manifestaciones, puede ser la propagación del terrorismo para dominar a los demás, la proliferación de modos de vida al margen de la ley, la evasión de los deberes ciudadanos, la complicidad con la delincuencia o la tibieza para aplicar la ley. También la ineptitud, las indecisiones o la desorganización. Muchas veces se propician alianzas con los transgresores por temor a represalias o para facilitar ganancias ilícitas:

Por la cobardía de algunos, la inseguridad y el terrorismo se ha adueñado de las calles, y en las mentes ya no se tiene clara la ley. La vida es acomodaticia y temerosa. La juventud crece sin buenos ejemplos, con lo cual, al cabo de varias generaciones, la desorientación es general y la decadencia evidente. Lo más grave es la pérdida de la orientación al bien porque ya no se sabe qué es el bien.

En occidente tenemos el ejemplo del hundimiento del Imperio Romano. Ese Imperio del que aún se conservan magníficas construcciones y huellas culturales admirables, se hundió por el deterioro moral, por el desenfreno. No hay nada nuevo bajo el sol, por eso, un repaso del pasado puede señalar la semejanza y la gravedad de los acontecimientos del presente.

Cuando ese Imperio aquietó las provincias y hubo bonanza se instaló entre los romanos la comodidad y los excesos, entonces el relajamiento se propagó a sus dominios: las Galias, la península Ibérica. Ese pueblo culto, debilitado fue presa fácil para los pueblos bárbaros.

En nuestro tiempo, además de la semejanza del deterioro moral de aquel tiempo, podemos añadir los levantamientos dentro de los mismos pueblos y las guerras entre los países en muy diversos sitios. Internamente hay muchas luchas sociales tristemente fomentadas por las autoridades, la sociedad está fracturada, dividida.

Es un error suponer que los problemas sociales consisten únicamente en la lucha de clases. Sufrimos de un fenómeno social de descomposición de los caracteres y de las instituciones, es tan vasto, tan profundo, tan violento, como el Imperio en sus últimos días. Aunque lo más grave es la precariedad en la que se encuentran muchas personas al no saber quiénes son. La fragilidad moral ha provocado la crisis antropológica y con ella la pérdida de identidad. Esto sí es nunca visto y además está globalizado.

En el Imperio romano se distinguían los bárbaros de los romanos. En nuestro mundo globalizado todos convivimos: personas honestas y trabajadoras con narcotraficantes, violadores o ladrones. Hoy los bárbaros viven dentro de nuestra civilización, y aunque no todos son bárbaros, todos tenemos algo de barbarie. Una somera muestra de barbarie es callar ante la injusticia, soportar la mentira, pactar con un criminal, encubrir al culpable o propiciar la deshonestidad.

Los brotes de esperanza que auguran un futuro mejor los encontramos en la aparición de nuevas formas de solidaridad, especialmente la gente joven es más sensible ante las injusticias y con creatividad promueve la ayuda a los marginados o a los injustamente tratados. De alguna manera los problemas humanitarios han tomado la delantera para no retrasar más su solución. También la economía va adoptando un rostro más humano.

Son evidentes los adelantos científicos y tecnológicos que están solucionando problemas de salud, de comunicación, de construcción, de transportación. Todo eso y mucho más de una manera impensada. Todo esto augura una nueva primavera. Una nueva época en donde se encarrilarán los desajustes contemporáneos.

Para facilitar este reverdecer cada uno ha de poner lo mejor de su parte. Con el esfuerzo de quienes procuran el bien se esfumará la decadencia para dar paso a la deseada nueva primavera, la época que todos esperamos. Las personas volverán a creer en la familia estable y en la fructífera tarea de cuidar a sus hijos.


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