La crisis moral

El respeto a la verdad producirá el auténtico bien personal y el bien común y la armonía entre ellos. Esto dará firme sustento a toda sociedad, sea familiar, sea laboral, sea regional.



La pandemia nos ha mostrado dos caras del ser humano: la capacidad de heroísmo para poner todos los medios y salvar la vida de quienes se enferman y la de quienes buscan engañar y sacar provecho aprovechando los momentos de debilidad y de incertidumbre por las que pueden pasar sus semejantes.

Esas dos caras se encuentran en cada persona. Negar esta realidad es un gravísimo error y una manifestación de ignorancia o de encubrimiento de acciones degradantes cometidas. Como estas se tratan de ocultar, lo más fácil es descalificar a quienes no están en el propio grupo. Dividir a la humanidad en grupos de buenos y grupos de malos es una mentira.

La crisis moral de la que nos quejamos se encuentra entre personas de cualquier familia, de cualquier poblado, de cualquier grupo, de cualquier época, de cualquier institución, de cualquier edad o de cualquier enfoque político.

Como la confusión es muy profunda y el individualismo ha calado tan hondo, se deshecha la ayuda bien intencionada que siempre han brindado los miembros de la familia, los compañeros de trabajo, los verdaderos amigos.

Actualmente las manifestaciones de la crisis moral nos golpean a todos porque son abundantes y cercanas. Nadie se salva de los efectos de la mentira, del robo, de la inseguridad, de la indiferencia, de la extorsión, del crimen.

Se pueden combatir los efectos de la crisis moral, y se debe hacer. La responsabilidad inmediata recae en las instituciones civiles especialmente diseñadas para garantizar la seguridad social.

Sin embargo, el combate más eficaz se ha de dar en lo íntimo de cada persona. Es necesario convencernos de que no solamente se trata de cambiar los actos inmorales, sino sobre todo se trata de ir a la raíz de esos actos. Si no reconocemos la raíz del mal, sería algo semejante a tratar de sanar un árbol rociándole desinfectante sin descubrir que en su raíz hay un nido de parásitos.

El nido de parásitos de la humanidad hoy es el agresivo rechazo de la ley natural. Amable ley que nuestro Creador nos da para caminar con seguridad. Al rechazarla, automáticamente nos enfilamos a nuestra propia destrucción. Primero, porque nos negamos a reconocer quienes somos. Segundo, porque tal independencia nos abre el panorama ficticio de reinventarnos. Tercero, porque esa reinvención nos abre la puerta de la arbitrariedad. Y en esa arbitrariedad está la ausencia de la moral.

Esta postura infrahumana nos hace víctimas de la manipulación de las ideologías. Concretamente la más generalizada hoy es la ideología de género, que al desdibujar al hombre y a la mujer desdibuja también la vida humana. Las relaciones humanas ahora son amorfas y, por eso, la familia es circunstancial. La sociedad es un mazacote.

La nueva moral promueve como derecho lo prohibido así matar, mentir, abandonar son ya derechos. Esto equivale a considerar derechos al aborto, a la eutanasia, a calumniar o a divorciarse. Ya no hay una moral común objetiva, sino morales diseñadas por colectivos manipulados.

Nos duele el asalto a los inmuebles desocupados por los efectos de la pandemia que son saqueados por malhechores. Nos duele el desprecio de sectores de la sociedad que son vistos como seres humanos inferiores. Nos duele la confusión ante la identidad de cada persona. Nos duelen tantos efectos que es imposible terminar de enumerarlos.

Pues para sanar ese dolor, cada uno se ha de proponer reubicarse en el mundo. Somos criaturas diseñadas y amadas por el Creador del Universo, que nos da la encomienda de cuidarnos unos a otros y de cuidar el entorno ciertamente diseñado para habitar en él. La ley natural nos lleva al orden porque nos incluye a todos.

Las consecuencias de este volver al orden original nos recuperarán el auténtico respeto a toda vida humana tanto en la salud como en la dignidad. Sin excluir a nadie. Por eso, la sexualidad humana dejará de ser una mercancía, ni justificará tendencias desordenadas o placeres ilícitos.

A nunca confundir el bien con el mal. De manera práctica nunca justificar un mal medio como la mentira o el uso de estupefacientes para conseguir un bien. O, dicho de otro modo: el fin no justifica los medios. Esto garantizará la coherencia en el actuar.

El respeto a la verdad producirá el auténtico bien personal y el bien común, y la armonía entre ellos. Esto dará firme sustento a toda sociedad, sea familiar, sea laboral, sea regional.

La verdad ha de enmarcar el concepto de libertad y su vinculación con la responsabilidad. De este modo, toda persona se abre nuevamente al heroísmo para vivir buscando lo mejor, que es incluir la adquisición de las virtudes.
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Recuperar el noble papel de la política, como el más alto nivel del servicio a los demás, pues en el marco del respeto a la verdad se difundirá el bien. Por eso, se impartirá la justicia, especialmente en el campo laboral, y en la economía. Además de poner empeño en la reinserción de las personas que de algún modo han infringido las leyes, para recuperar su capacidad de servir a los demás.

Un aspecto no menos importante es el respeto a la cultural y sus fuentes, como son la memoria del pasado, la valoración de las costumbres y tradiciones, así como el derecho consuetudinario expresado en las leyes.

Por último y no menos importante, la atención al sistema educativo. Medio para poner énfasis en aspectos que se pueden desdibujar o en todos aquellos que abren al futuro.

Estas metas no se alcanzarán con sólo el vigor personal, la auténtica fuerza vendrá de saberse una persona amada por Dios.


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