Algunas políticas públicas de Biden y efectos para las mujeres

La filosofía señala los principios fundamentales; sin embargo, uno de los principios que se ha fragmentado es el de la superioridad de la vida humana.


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En el trasfondo de esta era tan compleja que estamos viviendo, noto una deficiencia muy importante en los estadistas de casi todas las naciones. Carecen de fundamentos de filosofía en general, y en particular de la dimensión antropológica. Con lo cual las tomas de decisiones son miopes, aunque busquen el bien del pueblo, se hacen necesarias enmiendas y parches. Pero cuando sólo se busca privilegiar a algunos los resultados son catastróficos.

La filosofía señala los principios fundamentales, y por eso son imprescindibles para todas las personas de izquierda o de derecha, de oriente o de occidente, o de cualquier raza. Uno de los principios que se ha fragmentado es el de la superioridad de la vida humana.

Respecto a la dimensión antropológica, los principios proceden de la naturaleza humana. Señalan la dimensión individual y social de toda persona, el modo genuino como se propaga la vida humana y las características del entorno para lograr el desarrollo. Estos aspectos se dan también en todas las personas sean de izquierda o de derecha, de oriente o de occidente, o de cualquier raza. En la antropología no caben las ideologías porque se trata del ser humano tal cual es.

Nadie ha inventado la dignidad humana, toda persona la posee por su naturaleza, este es el principio que está por encima de la postura que asuma quien sea: de izquierda o de derecha, de oriente o de occidente, o pertenezca a cualquier raza. El punto de vista que parta de la afiliación política, del territorio o de la herencia de las personas se coloca en una posición inferior y pierde horizonte. Quedarán muchos aspectos deshilados.

Por el desconocimiento de la importancia de los principios se da una radicalización en las posturas antagónicas. Si un partido toma un principio el otro lo rechaza. Lo que debe ser es asumir que los principios son para todos, y el modo de aplicarlos singulariza al partido. Así se garantiza la fraternidad universal al compartir los mismos principios, y de alguna manera también ofrece un punto sólido para cualquier negociación especialmente la de la paz.

Un hecho: Biden firmó una orden en contra de la discriminación por motivos de identidad de género u orientación sexual. Lo adecuado según la fundamentación en los principios es la orden contra la discriminación, pero abrió la puerta a serios problemas al descender a ideología de género u orientación sexual.

Precisamente por ese doble punto de partida, de inmediato hubo justificadas muestras de malestar. Afectó los derechos de las mujeres que no dudan de serlo, puso en entredicho su empleo, su vivienda -los baños públicos-, su atención médica, sus deportes, su vestuario. En concreto hirió algo mucho muy profundo e intangible: su sensibilidad.

Antes de continuar con la problemática desencadenada volvamos al principio. La no discriminación es efecto directo de la dignidad de toda persona. La dignidad ha de respetarse y protegerse. Ese es un compromiso de cualquier gobernante. El alto puesto que ocupa un jefe de estado le hace afrontar algunos puntos de vista o de conducta llenos de insensatez y debe cuidar de no contagiarse. La peor insensatez es empeñarse en no ser quien se es. Esto lleva a renegar de la propia dignidad.

El difícil papel del gobernante es tratar de recuperar la sensatez, pero no la de dictar leyes para mantener a esas personas en la insensatez, o peor aún para facilitarles el proselitismo y permitir el contagio de sus desvaríos. A la vez cuidando de no discriminarles.

El hecho que inspiró el acuerdo de Biden sucedió en el Condado de Clayton donde un hombre, Aimee Stephens, que se identificaba como mujer pidió vestirse como mujer en la funeraria donde trabajaba. La despidieron. El tribunal dictaminó que Stephens fue despedido por ser transgénero, y que esto equivalía a una discriminación.

El asunto se complicó y aunque no hay duda de que es justo defender la libertad de vivir y trabajar sin discriminación, para zanjar problemas pidieron al Condado de Clayton usar baños para hombres y mujeres y dar códigos de vestimenta unisex. Y eliminar discriminación ´por sexo en la enseñanza o en los deportes. Otra vez, el trasfondo es la confusión de principios y casuística.

Para eliminar cualquier discriminación en el deporte, por ejemplo, se tendría que especificar que un varón y una mujer al competir tengan la misma masa muscular, la misma longitud de piernas y la misma resistencia. Si esto no es posible, entonces tampoco hay discriminación. La biología habla.

Sí en el deporte se ha tratado a hombres y mujeres de manera diferente, es precisamente para tener en cuenta sus características y darles el nicho de acuerdo con ellas. La igualdad y la justicia en las competencias atléticas requieren advertir las diferencias corporales entre hombres y mujeres.

Tampoco hay discriminación al señalar baños para hombres y baños para mujeres porque respectivamente se estructuran para adecuarse a la biología masculina y a la femenina.

Todas estas cuestiones tan evidentes se han politizado y Biden está deshaciendo lo establecido por Trump. Los principios piden privacidad y seguridad en instalaciones de un solo sexo; igualdad y equidad en los deportes de un solo sexo, y una buena medicina basada en las realidades de la constitución biológica como seres humanos masculinos o femeninos.

En concreto, prohibir la discriminación en el empleo, en la vivienda y en la atención médica está muy bien. También muy bien que las mujeres puedan acceder a los baños y vestuarios sin la presencia de hombres. Pero resulta un retroceso abrir los deportes, los baños y los vestuarios de mujeres y niñas a hombres que se identifican a sí mismos como mujeres.

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