La relevancia que tiene cultivar el valor de la generosidad

Para ser generoso se requiere, como se dice coloquialmente, “ponerse en los zapatos de los demás”.



La generosidad se define como “el hábito de dar o compartir con los demás sin recibir nada a cambio”.

Me sorprende cómo los jóvenes -mujeres y hombres- han respondido ante los sismos en la Ciudad de México y otras muchas ciudades del país. Suelen hacer una larga fila, luego van sacando de una construcción derruida ladrillos y otros muchos objetos, hasta dar con personas muertas o heridas. Y en esa importante labor, se pasan muchas horas. No se sienten héroes, sino que lo consideran como un deber solidario y cívico.

Me llama la atención que el reconocido pedagogo, David Isaacs, en su libro “La Educación en las Virtudes Humanas y su Evaluación” ponga como primer capítulo “La Educación en la Generosidad” y afirme: “Esta virtud actúa en favor de otras personas desinteresadamente, y con alegría, teniendo en cuenta la utilidad y la necesidad de la aportación para esas gentes, aunque cueste esfuerzo”.

Antier en la madrugada me resbalé y caí contra la base metálica del colchón de la cama y me causó bastante dolor. Sin embargo, tenía que salir a dar clases toda la mañana. Me puse una faja en la cintura y fui a cumplir con mi deber. A continuación, acudí a la Cruz Roja y me atendió una doctora y otros médicos con diversas especialidades, como un traumatólogo, un ortopedista, radiólogos y enfermeras. El hecho es que me tomaron varias radiografías del costado derecho de las costillas. Afortunadamente no hubo fractura ni fisura ni otra complicación. Al poco tiempo me dieron de alta.

Cuando me despedí, a todos los médicos les di las gracias, en especial a la primera doctora que me recibió, quien me dijo esbozando una amplia sonrisa: “No me dé las gracias, es nuestro deber. Lo hacemos con gusto y deseamos servir lo mejor posible al paciente. Y cualquier otra cosa que se le ofrezca, ya lo sabe, estamos aquí para servirle”.

Me quedé sumamente agradecido con todo el personal que me atendió. Porque de ordinario no se observa esa manera tan amable y cordial de atender a los pacientes.

Recordé que también a los niños hay que educarlos en el valor de la generosidad desde su infancia. Viene a mi memoria que mi padre, abogado de profesión, solía dedicar algunos sábados en la tarde para atender, orientar, sugerir y resolver los problemas jurídicos que tenían los indígenas en “Pueblo Yaqui”. No le gustaba que le pagaran, pero a modo de agradecimiento, aquellas pobres gentes le regalaban guajolotes o gallinas.

También en la temporada invernal en que caían heladas y el Valle del Yaqui estaba en cero grados o incluso con más frío. Me acuerdo que eran alrededor de las tres de la madrugada, cuando mi papá se asomó a la habitación -envuelto en una manta- donde dormíamos mi hermano Arturo y yo. Nos dijo: “-No puedo dormir”.

¿Por qué papá? ¿Estás mal del estómago? ¿Te duele la cabeza? ”-No, no es nada de eso” -nos contestó.

- “Pienso en toda esa gente pobre que estará sufriendo tanto debido a estas bajas temperaturas, particularmente en la colonia “Cartonera”. En cuanto amanezca, les quiero pedir que se vayan a una tienda bien surtida y compren 200 cobijas. Luego se encaminan a esa colonia y las distribuyen de casa en casa”. Y eso hicimos. Esos actos de generosidad de mi padre eran lo habitual.

¿Qué era eso de “La Cartonera“? Una colonia ubicada en el norte de Ciudad Obregón, Sonora, hacia el rumbo de Nogales donde llegaban, como aluvión, personas indigentes de otros estados y armaban su vivienda de cualquier modo: con un trozo de lámina como techumbre provisional y el resto eran sólo cartones.

En ese mismo orden de ideas, como mi casa estaba ubicada justo frente al “Hospital Municipal”, que casi no contaba con presupuesto para darles de comer a los enfermos, ni les proporcionan medicinas. En cuanto los daban de alta, muchas personas tocaban a la puerta de mi casa ya que estaban auténticamente “cayéndose del hambre”. Entonces mi madre les preparaba unos tacos de tortillas de harina. Y si venían acompañadas de algún chiquillo, me decía mi mamá:

“-Sube a tu closet y dale a esta pobre criatura, tu regalo de navidad (o cualquier otro juguete). Naturalmente que a mí eso me costaba. Se trataba de un pequeño cochecito de carreras. Al dárselo al pequeño y observar su rostro de inmensa felicidad, propio de quien no ha recibido ningún regalo en su corta vida, me daba por bien pagado. Porque de inmediato el chiquillo muy contento se ponía a jugar con ese regalo”.

Otras veces los enfermos acudían a mi casa a pedir dinero para poder comprar sus medicinas. Mi padre sacaba la billetera y me decía:

-Dale a ese hombre este billete y pregúntale si con esto le alcanza para adquirir el medicamento.

Eran tan continuos esos edificantes ejemplos que mis padres me fueron inculcando sobre la generosidad, que siempre me pareció como lo más normal.

Otras veces, cuando las mujeres estaban sentadas en la bardita de mi casa, junto a la banqueta, dándoles del pecho a los recién nacidos, mi madre me pedía:

“-Ve y llámales a esas desnutridas mujeres -que me parten el alma- y diles que pasen al comedor porque voy a preparar de comer y, por supuesto, les daré abundante leche”.

Algunas de ellas no sabían español sino sólo el dialecto yaqui, y, desde luego, se mostraban muy agradecidas.

Pienso que para ser generoso se requiere, como se dice coloquialmente, “ponerse en los zapatos de los demás”. Sentir lo que sienten ellos; consolar su llanto y escuchar sus lamentos y penas. Luego, animarlos y darles palabras de aliento y de esperanza. Y como decía aquel sabio pensador: “Nadie lo hará por ti, tan bien como tú, si tú no lo haces”.


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