La alegría profunda y la otra cara del coronavirus

Esta pandemia nos ha servido a todos para tomarnos a Dios en serio, para buscarle con mayor constancia y serle muy fiel a sus mandamientos.



Sin duda, el verdadero fundamento de la alegría tiene hondas raíces cristianas y consiste en que: “¡Somos hijos de Dios!”, como escribía san Pablo. En estos tiempos de pandemia y ahora que comienza el Nuevo Año 2021, se percibe entre algunos familiares, amistades y conocidos un ambiente de cierto pesimismo, desánimo, desilusión e incertidumbre.

Considero que es la hora de comunicar a muchas personas que “Dios no pierde batallas”, que esta difícil situación pasará y que tenemos que llenarnos de confianza en el Señor, de optimismo y buen humor porque “Todo lo puedo en Aquél que me conforta”, como se lee en las Sagradas Escrituras.

A numerosas amistades les han servido estos meses de forzoso aislamiento para reflexionar sobre el sentido de la vida y se hacen los clásicos cuestionamientos: “¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy?”. Y secundando los consejos de los seres queridos y seleccionando bien los medios electrónicos presencian, por ejemplo, la Santa Misa y hacen una comunión espiritual. Otros más han comenzado a leer la Biblia meditándola con pausa. Hay quienes buscan audiolibros sobre temas espirituales. Las continuas invitaciones a rezar el Santo Rosario en las redes sociales han sido fuente para crecer en el amor a María Santísima.

Ayer conversaba con mi primo Javier y me decía que estaba muy impactado porque su amigo de alrededor de 75 años –se conocían desde que estudiaban en el primer semestre de la Facultad de Ingeniería– había sido contagiado por COVID-19. En fecha reciente y como era su costumbre, le telefoneó para preguntarle cómo iba evolucionando su enfermedad y el amigo le dijo que cada día se sentía mucho mejor y que tenía la impresión que dejaría pronto el hospital. Pero al día siguiente, ante la sorpresa de todos, falleció.

Y Javier, mi primo, me comentaba que hasta los antiguos colegas de Facultad y que, a la vez, eran los menos practicantes de la religión católica habían tenido una importante conversión interior ante este suceso. Porque muchos acudieron a sacerdotes y conocidos para solicitar oraciones por ese buen amigo y también manifestaron la necesidad de recibir consejos espirituales personales de presbíteros a través de plataformas cibernéticas.

He escuchado con frecuencia expresiones como: “Era ‘el ateo’ entre mis amistades, pero con el COVID, no tienes idea de lo mucho que ha cambiado mi vida; ahora rezo con frecuencia y procuro ayudar a los demás”. También frases como: “Antes era como ‘el ogro en mi familia’ porque el cansancio provocado por el exceso de trabajo me solía poner de mal humor. Ahora trato con más cariño y paciencia a mi esposa y a mis hijos. Por fin me he dado cuenta que yo también tengo muchos defectos y que los que me rodean han tenido que soportarme por tanto tiempo. Además, he puesto especial empeño en que no falte la chispa de la alegría y la visión positiva en todos los acontecimientos cotidianos”.

Algún otro me comentaba: “Nunca me había detenido a pensar que nuestro destino es Eterno. Mi vida transitaba, como por un túnel oscuro y a toda prisa, y no era consciente –porque me resultaba más cómodo– que la vida es breve; tan sólo un puñado de años y que luego vendrá la Vida que permanecerá para siempre”.

Considero que esta pandemia a todos nos ha servido para tomarnos a Dios en serio, para buscarle con mayor constancia y serle muy fiel a sus mandamientos.

Ahora percibo rostros de serena alegría, de madurez más sólida y cimentada, sin dejar de lado el dolor por la desaparición de seres queridos; el sufrimiento por las enfermedades o las adversidades laborales.
Hemos adquirido más visión sobrenatural y ponemos nuestro mejor empeño por mirar la realidad con ojos de Eternidad, con la visión y paz que sólo Dios puede dar y así poder compartir esa riqueza interior con los que se encuentran tristes, desanimados o desesperanzados.

En la Solemnidad de la Epifanía, durante el rezo del Ángelus, el papa Francisco comentó que la estrella que siguieron los Reyes Magos –Melchor, Gaspar y Baltazar– había sido una llamada precisa de Dios. ¿Pero quién estaba detrás de esa estrella? Y el Santo Padre responde: “La estrella es Cristo, pero también nosotros podemos y debemos ser la estrella, para nuestros hermanos y hermanas, como testigos de los tesoros de infinita bondad y misericordia infinita que el redentor ofrece gratuitamente a todos”.

En definitiva, se trata de imitar a Jesucristo, que en un principio se manifestó como estrella, y luego se transformó en Sol de Justicia y de Paz, que ilumina con luces claras llenas de amable calor y de esperanza a la humanidad entera.


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