Compromiso y heroísmo de hechos y no de palabras

La violencia es a final de cuentas una injusticia, así que podemos decir que hemos caído en la triste situación de ser uno de los países más injustos.



Palabras de compromiso se pronuncian todos los días en todos los ámbitos de la vida, hacemos compromisos en la familia, con los amigos, en los negocios, y en gran escala los políticos se comprometen con sus comunidades, ciudades, estados o países según corresponda a sus pretensiones o a sus responsabilidades. Pero en un gran porcentaje estos compromisos no se cumplen, algunas veces por situaciones fuera de control, pero muchas veces por falta de responsabilidad de quien promete.

Pero también hay muchos casos de personas confiables que se esfuerzan por cumplir sus compromisos, y esto es lo que permite que la comunidad siga adelante y pueda trabajar para tratar de construir una mejor sociedad.

Dentro de estas personas que están comprometidas para mejorar las condiciones de la sociedad hay algunas que son verdaderamente destacadas, y el contrasentido es que poco sabemos de ellos pues los buenos ejemplos en general no son noticia, cuando deberían estar presentes para animarnos a todos a seguir esos ejemplos, de los que tal vez nosotros mismos conocemos algunos.

El asesinato de los padres Javier Campos y Joaquín Mora trae a cuenta a estos personajes que dedican su vida al servicio de quienes más lo necesitan, seguramente que personas como ellos de gran capacidad pudieron haber sido muy exitosos según nuestros criterios convencionales en alguna empresa o negocio, sin embargo su éxito se mide en otras categorías que no son siempre apreciadas en nuestra sociedad de consumo, y al conocer su labor y entrega de tantos años sacude lo más profundo de las conciencias.

Los padres Javier y Joaquín eran de esas personas que hacían una labor heroica fuera de los reflectores y de la propaganda, ojalá nuestros políticos hablaran menos y trabajaran más, el estar continuamente prometiendo, criticando, justificando sus fracasos, nos tiene como uno de los países más violentos, y la violencia es a final de cuentas una injusticia, así que podemos decir que hemos caído en la triste situación de ser uno de los países más injustos.

Si bien nuestra indignación por este crimen injustificado, que no fue colateral como algunos se han atrevido a decir, sino por el hecho heroico de que los sacerdotes trataron de salvarle la vida a un guía de turistas de nombre Pedro Palma que venía siendo perseguido, nos lleva a reflexionar sobre que los más de 100,000 muertos durante este gobierno, que eran personas que tenían padres, tal vez hermanos, o esposa e hijos, y seguramente amigos, que han sufrido intensamente y pasan como un simple número estadístico, merecen también de más atención.

Me parece que es un momento apropiado para reflexionar sobre los múltiples ángulos que podemos examinar para tratar de comprender cómo hemos podido llegar a una situación que los mayores seguramente nunca imaginamos y, que tal vez los jóvenes no están analizando con la debida atención.

El problema ciertamente no se origina durante este gobierno, pero si se está acentuando sobre todo por las políticas adoptadas y la falta de acción para al menos controlar el crecimiento de ésta, pero con la bandera de la humanidad para respetar los derechos de los delincuentes que en la práctica se llama impunidad, seguirá creciendo en forma exponencial. También influyen las condiciones económicas que nunca han estado a la altura de lo que un país con los recursos y el tamaño de México debería de tener, y que hoy en día va en sentido inverso al progreso.

Pero el problema me parece es de mucho más de fondo, en primer lugar, es que en la educación, en la formación de la conciencia hemos fallado como sociedad, no tenemos un parámetro sobre el cual basarnos para esa formación que es la que nos debería guiar para tomar nuestras decisiones, de las razones para actuar bien por convicción y no por temor al castigo.

Cuando separamos la religión de la vida pública en esta etapa histórica fuimos contra la tradición de todos los pueblos que consideraron la religión como una parte integral de su cultura, como lo comprobamos cuando estudiamos la historia, y ese hueco no se ha podido llenar con nada. Por si fuera poco, la ética también fue borrada de muchos programas, pero lo más grave es que en muchas familias estos temas han pasado a ocupar un lugar muy secundario, y además los medios en general difunden muchas ideas que van contra los valores tradicionales.

Esperemos que este trágico y muy lamentable episodio nos lleven a reflexionar en todos los niveles sobre lo que tenemos que hacer para revertir esta situación, en primer lugar, a las autoridades para que cumplan con su deber, a las agrupaciones sociales para que no se queden al margen y se organicen más para exigir la acción de esas autoridades, y a todos en general para revisar los métodos que estamos utilizando para educar desde su contenido hasta los métodos pedagógicos.

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