Ahí viene la prohibición

Debemos tomar en cuenta que el presidente no decidió gobernar, sino transformar al país, deshacer lo que había para construir un país nuevo que dejara atrás la 'pesadilla' que se vivió en las últimas décadas.


Repression y tiranía


Prohibir algo siempre está en la mente del gobernante. Es el resorte que tienen para imponer castigos. “Si me haces tal cosa, voy a impedir que la vuelvas a hacer, te voy a castigar y ya no harás lo que te gusta”; “yo sé lo que les conviene, lo que es bueno para todos”. Prohibir también es la forma de imponer. Ya dijimos que es un recurso desesperado por tener el control. Cuando ya no se puede convencer ni disuadir, entonces hay que imponer una prohibición. Si bien hay casos en los que se pueden justificar determinadas limitaciones o prohibiciones, se trata más bien de situaciones extremas. De la prohibición salen los exilios, la represión, la tiranía. De la posibilidad de prohibir sale el gusto por definir modelos de vida para los demás, lo que debes hacer, lo que debes leer, lo que debes comer.

El gobierno de López Obrador tiene una tendencia autoritaria porque es el propio presidente quien la imprime. Es un hombre poco tolerante con quienes no piensan como él; es una persona que gusta de imponer su estilo de vida a los demás, desde su austeridad hasta sus gustos alimenticios, de literatura y hasta los deportivos. Debemos tomar en cuenta que el presidente no decidió gobernar, sino transformar al país, deshacer lo que había para construir un país nuevo que dejara atrás la 'pesadilla' que se vivió en las últimas décadas. En sus fantasías reconstructoras hay una lucha por cambiar la historia patria.

El esfuerzo del presidente está en predicar, no en gobernar. Su asunto es la arenga, la consigna, el lema, no la política pública. Las tareas de gobierno no le gustan, no le atraen; predicar, castigar, señalar culpables, cambiar conductas, imponer hábitos, eso es lo que le gusta y a eso dedica sus energías. A estas alturas ya nos quedó claro a todos el sentido de las mañaneras: es el oficio de una misa diaria, de un sermón en el que se señalan enemigos, se esparce veneno y se inscribe el que quiera al grupo de los buenos que, por supuesto, preside él.

En su libro La revolución de los santos (Estudios sobre los orígenes de la política radical), Michael Walzer hace un paseo por los orígenes del puritanismo calvinista que deseaban un nuevo orden social. “El santo calvinista me parece ahora el primero de esos agentes autodisciplinados de la reconstrucción social y política que han aparecido tan frecuentemente en la historia moderna. Es quien destruye un antiguo orden que no hay que añorar. Es el constructor de un sistema represivo que probablemente habrá que soportar antes de poder huir de él o trascenderlo. Por, sobre todo, es un político en extremo audaz, ingenioso y despiadado, como debe ser todo hombre que tiene que llevar a cabo “grandes obras”; pues “las grandes obras tienen grandes enemigos”, dice Walzer en su exposición inicial. ¿Les suena familiar?

Mientras en Palacio afilan las hachas destinadas al cuello de los adversarios, las prohibiciones han comenzado a circular de manera disfrazada: que si los alimentos, que si la cerveza, que si los cigarros, que los vapeadores, que el alcohol, que si tales libros son malos, que si aquellos historiadores son dañinos, que si aquellos piensan mal, que si hay un código de conducta llamado cartilla moral, que si nadie merece hablar mal del prócer, que si estos medios critican no hay que hacerles caso, que si las papitas, que si la derecha, que si los refrescos, que si los escritores. Las prohibiciones han comenzado. No pinta bien.


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