Olga y la normalidad

Ellos prometieron acabar con el cochinero y abatir la inseguridad, y la cosa sigue enlodada y más insegura.


Policías


La masacre se hizo presente el lunes por la mañana. Trece policías asesinados, emboscados por el crimen organizado, en un poblado de Michoacán. La noticia, por más que estemos acostumbrados a ver muertos y asesinados en las noticias todos los días –recordemos que hace un par de semanas fue el fin de semana más violento desde que se contabilizan los homicidios, con más de 290–, no deja de ser escalofriante saber que las fuerzas policiacas, en este caso estatales, mueren de esa manera a manos de criminales.

Los videos, las grabaciones de los policías pidiendo auxilio gritando que se están muriendo son francamente desgarradoras, las fotografías son macabras: los chalecos antibalas perforados, los policías tendidos en el suelo, cabezas sangrantes, las patrullas policiacas incendiadas. Cuarenta y dos policías realizaban sus tareas cuando fueron emboscados, además de los trece muertos la información habla de tres policías heridos.

En este sexenio matar policías, golpear soldados, atacar marinos, es parte de una actividad cotidiana que el gobierno de la República ve con cierta simpatía, pues no considera a ningún uniformado parte de “los suyos”, su “nosotros” empieza y acaba en su partido. En algún país civilizado ataques de este tipo se toman como una afrenta al Estado, porque es eso, una afrenta, un reto al Estado y una humillación a sus Fuerzas Armadas militares y civiles. Pero en la cuatroté no. Para este gobierno es una anécdota más de la herencia del pasado. No importan si son municipales, locales, federales, o militares, son mexicanos que trabajaban para los distintos órdenes de gobierno. Los muertos se acumulan y el gobierno federal ni los ve ni los huele, aunque estén apilados y ya descompuestos por el olvido y el desprecio del comandante supremo.

Quizá la declaración más sorprendente de los últimos días corrió a cargo de la mal llamada secretaria de gobernación, Olga Sánchez Cordero. Cuando le preguntaron sobre lo sucedido en Michoacán dijo claramente: “Yo creo esto ya fue una circunstancia que se dio como la que se dan todos los eventos en el país, todos los días, a todas horas, en todos los lugares del país. Este es el tema”. Es una muestra grotesca de la insensibilidad de este gobierno, de su incapacidad para dimensionar una tragedia humana más allá de sus mezquinos intereses de politiquería barata. Para la señora Sánchez Cordero lo que sucedió es parte de la normalidad, de la cotidianidad que se da “todos los días, a todas horas y en todos los lugares del país”. Estamos fritos con la normalidad de este gobierno.

Si el silencio recurrente del presidente López Obrador cuando se le inquiere respecto a los crímenes perpetrados por la delincuencia organizada es preocupante, las palabras de la secretaria son casi tenebrosas. Es la ratificación de que vivimos en el panteón y no hay remedio, hay que ver todo como normal porque para este gobierno no se le ha ocurrido más estrategia que esconderse y reiterar todos los días que les dejaron un problemón bárbaro, que les heredaron un cochinero. Es cierto, pero no hay sorpresa. Ellos prometieron acabar con el cochinero y abatir la inseguridad, y la cosa sigue enlodada y más insegura.

 

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