La oposición unida

El presidente ha logrado lo que nadie esperaba: darle forma a la oposición, darle motivos para enfrentarlo y cohesionarla en torno a una causa.



Nadie sabe para quién trabaja. El presidente López Obrador, en su obsesión enfermiza contra sus adversarios, ha logrado lo que no parecía viable: la unidad opositora y el reconocimiento de sus electores.

Cierto es que el presidente sabía que su reforma eléctrica no tenía feliz destino. Sabedor de eso salió con el chistorete de la nacionalización del litio y con una campaña intensa de denuncia de adversarios, a quienes ha calificado, de manera abierta e irresponsable, de traidores a la patria. Es parte de vivir en ese México en blanco y negro que tanto añora el habitante de Palacio. Es posible que él esté muy contento con su campaña de insultos y que sus seguidores también estén satisfechos por el señalamiento a los opositores. Pero también la oposición debe sentirse más que satisfecha, pues supo dar una lección no sólo de unidad, sino de altura de miras y compromiso con sus electores. Porque del resultado de la votación de esa reforma quedó claro que el presidente cada día le habla a un círculo más pequeño de seguidores y la oposición va creciendo su campo de acción.

Son muchas las críticas que se han hecho de manera constante a los opositores del partido de López Obrador: confusión, falta de creatividad, carencia de discurso, que no tienen estrategia ni liderazgo y muchas más. Bueno, pues todo eso quedó atrás ante la contundente actitud de las bancadas legislativas opositoras. Olieron bien lo que venía y sabían que el costo de fallar era enorme. Los electores advirtieron que estarían vigilantes del comportamiento de los diputados.

La primera sorpresa, hay que decirlo, vino del PRI, que se subió a un autobús, prometió votar en contra de la reforma y se quedó a dormir en las instalaciones de la Cámara –la famosa pijamada–. El legislador que quiso votar con el presidente fue expulsado de las filas priistas, en una acción ejemplar de la necesidad de disciplina y de la relevancia de subordinar los intereses individuales a los de la colectividad. Incluso las participaciones de Moreira y del famoso Alito fueron una grata sorpresa.

El PAN y PRD no se quedaron atrás. También armaron su pijamada en San Lázaro y se mostraron combativos. Hasta Jorge Romero, el líder panista de los diputados, dejó de hablar como si estuviera en el antro y se puso serio. El comportamiento les redituó en apoyo y reconocimiento. Hay una gran porción del electorado dispuesta a dar su voto a quienes sepan oponerse a López Obrador. No parece pedir más, pero tampoco menos: no doblarse, crecerse, dar la lucha, no esconderse.

Ahora vienen las reformas de la Guardia Nacional y la electoral. Seguramente el presidente también sabe que no pasarán, por lo menos no como él lo ha planteado. La oposición sabe que unida va a lograr mostrar que el presidente y su gente son derrotables, que el apoyo que tenía hace un par de años se ha desvanecido, que del hombre que amenazaba públicamente todos los días desde Palacio ya van quedando nada más lo gritos y los desfiguros y lo demás ha comenzado a desmoronarse.

Con sus rabiosos embates, el presidente ha logrado lo que nadie esperaba: darle forma a la oposición, darle motivos para enfrentarlo y cohesionarla en torno a una causa. No es poca cosa.

 

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