Lo que importa es el pleito

Todos los días el presidente estelariza alguna bronca. Su verdadera pasión por la riña ya es preocupante, lo exhibe como un hombre berrinchudo dispuesto a cualquier cosa para hacer lo que le viene en gana.



La política es conflicto. Los políticos se postulan para solucionar conflictos. Es cuando son elegidos que se toman decisiones para, supuestamente, el bien de las mayorías. En el fondo, las elecciones son para escoger quién queremos que solucione nuestros conflictos como comunidad. El problema que tenemos los mexicanos ahora con la presidencia de López Obrador es que él, en sí mismo, es un conflicto. No sólo los genera, sino que los protagoniza. Le da lo mismo el nivel que se pueda tener en determinada problemática, para él lo importante es el pleito, no lo que pueda solucionar peleando.

Todos los días el presidente estelariza alguna bronca. Su vocación por el zafarrancho, su verdadera pasión por la riña ya es preocupante, pues lo exhibe como un hombre berrinchudo dispuesto a cualquier cosa con tal de hacer lo que le viene en gana. No son sus iniciativas de reforma a la Ley de Hidrocarburos y a la de la Industria Eléctrica, lo que le importa es mantener la bronca con quienes defienden otro modelo para esas industrias. Como bien sabemos, entre las múltiples cosas e instituciones que desprecia está el Poder Legislativo. Ciertamente muchos de los diputados son despreciables y los de Morena son peores que cualquiera. Él dijo que a su iniciativa sobre la industria eléctrica no se le moviera una sola coma y así lo hicieron sus lacayos diputados. Es una ley que mandó el presidente cuando entraba en convalecencia infectado de COVID. Como su partido no cuenta para lograr la mayoría que necesita para modificar la Constitución, él sabe que el destino de sus iniciativas es el fracaso. Pero lo hace para tener un pleito que le dé oxígeno para señalar a quienes considera enemigos de la nación, los malhechores de la patria.

Lo mismo sucede con la reforma sobre hidrocarburos, enviada en víspera de las vacaciones del Congreso. El presidente sabe que no llegará a buen puerto su iniciativa, pero eso le servirá los siguientes meses para emprenderla contra empresas internacionales, gobernantes del pasado, jueces, abogados, ministros de la Suprema Corte, medios de comunicación, opinadores, académicos, historiadores, periodistas y cualquiera que se atreva a no estar de acuerdo con él. No le importa la reforma porque sabe que no lo logrará, lo que quiere es el pleito, el indeterminable pleito que es la definición de su gobierno.

No sólo es que sea un gobierno que hace mal las cosas por ignorancia, también lo hace mal de manera deliberada para acusar a los demás de su fracaso en el cambio que buscaba para el país. Todo se les va en hablar de sus enemigos, en voltear al pasado como una fuente inagotable de energía y pretextos para sus torpezas y delirios. Por eso el camino siempre es el mismo: hacer alboroto para que crea la gente que todo va a cambiar a sabiendas de que nada sucederá; después señalar a los enemigos del presidente como la causa de todos los males, el eterno complot que persigue al señor López Obrador. Y así con cada tema.

Lo que es claro es que no hay un plan de gobierno. Todo es una gigantesca provocación para que el presidente pueda pelearse con alguien, ya sea el Osito Bimbo, las tiendas del Oxxo, los españoles, los periodistas y quien quiera al que se le haya ocurrido trabajar en los últimos 40 años.

El asunto para el presidente es uno y claro: lo importante es el pleito.


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