Ricardo y las caguamas

Los videos de Ricardo Anaya se están convirtiendo en una especie de sketch para un sector del electorado.



Sería interesante saber quién le ayuda a Ricardo Anaya en su aventura en video por el país. De entrada, resulta poco afortunado que un tipo tan corto en su trato y entre cuyos talentos no se encuentra el ser un tipo de lo más sociable, una castañuela, pretenda en un periplo volverse cercano a millones de mexicanos. Ignoro si entre sus objetivos está el de convertirse en un hombre cercano al pueblo o algo parecido a lo que es López Obrador. El resultado no parece ser muy bueno, pues en vez de destacar sus fortalezas proyecta de manera chusca sus debilidades. La inevitable burla en redes –que sucede hagas lo que hagas– llega ahora de la mano de los votantes naturales de Anaya. Que si no sabe agarrar un taco, que si se pasmó cuando se subió a un micro, en fin, hay en sus videos cosas que nadie le cree y que provocan la mofa inmediata. Sus videos se están convirtiendo en una especie de sketch para un sector del electorado.

La comparación que hace Ricardo Anaya del presidente López Obrador con el “compadre” que en vez de pagar “la luz, el agua, el gas o comprar la comida para la familia” se gasta los 2 mil pesos semanales “en caguamas” resultó fallida. Por supuesto, nadie se acuerda de que el panista estaba hablando del presidente, el tema es que se metió con las caguamas y que hizo un símil bastante vergonzoso de la situación de pobreza y desesperación que viven millones de mexicanos. Creer que con videos en diferentes zonas se suple determinada sensibilidad social es un error. Muy probablemente el ejemplo de Anaya sea lamentablemente una realidad semanal, cotidiana entre gran cantidad de familias mexicanas. El asunto es que Anaya cree que el compadre que se gasta el sueldo en caguamas lo hace por gusto y no porque, lo más seguro, no le alcance para el agua, la luz, la comida, el gas, la ropa, las medicinas, el transporte; quizá ese compadre perdió ya el trabajo, quizá no gana esos 2 mil pesos, pero lo que gane se le va “en caguamas”. Quizá para Anaya sea eso una debilidad –él que es tan disciplinado–, pero se trata de una tragedia en la que a los marginados del desarrollo solamente les ha llegado el alcohol en forma de evasión y embrutecimiento. Ojalá pronto Anaya haga un video en una colonia donde están los que toman wiski y también toman decisiones, muchas de ellas que han desembocado en que miles de “compadres” se gasten en 10 caguamas lo que ellos en dos tragos.

Sin embargo, no dejan de ser videos que pasan como anécdota. Hay que reconocer que Ricardo Anaya se mueve y es el único político que está haciendo un esfuerzo por comunicarse, por estar presente en la vida pública –al final algunos videos tendrán éxito– y quiere salir del rincón en que se había metido derrotado. Hay que saludar ese esfuerzo y ojalá encuentre otras maneras de hacer llegar su mensaje, pues querer imitar el estilo de otro no le servirá de nada; tampoco avergonzarse o esconder sus virtudes y cualidades que mucho hacen falta en un gobierno como el actual. Es muy posible que terminemos hartos de alguien que desprecia el conocimiento y se comience a revalorar a los que no son improvisados. Así pasó con Biden.

Por lo pronto, y a falta de oposición, el presidente y sus secuaces la emprenden contra quien sea y de formas cada vez más patéticas. No otra cosa es la campaña contra Enrique Krauze y la idiotez de acusarlo de traición a la patria o decir que quiere ser embajador de Estados Unidos. Lo mismo que la comparación que hicieron los lopezobradoristas de la misoginia y el machismo del presidente con un payaso que representa –en palabras de su creador– a un borracho, drogadicto y depravado. Cada quien sus referentes.

Por lo pronto, queda claro que las palabras del presidente sí dan como para gastarse la lana en caguamas, aunque a Anaya no le guste.

 

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