El terror y la formación universitaria

Conocemos auténticos maestros, seguidos con entusiasmo por sus alumnos, por quienes se acercaban a aprender de su sabiduría (que es mucho más que conocimiento).


Entusiasmo juvenile


Mucha preocupación en medios universitarios provocó el caso de la estudiante del ITAM, que murió tras un examen de Derecho, y cuya muerte se entendió por muchos como consecuencia de un “excesivo” nivel de exigencia académica. Vale aclarar, de paso, que contrariamente a lo difundido por compañeros y medios, ella no se suicidó, algo que aclaró su propia madre, pero que su muerte bien pudo ser provocada al final por su situación universitaria angustiante.

De acuerdo con la versión materna, esta chica tuvo problemas de maltrato verbal de maestros, graves problemas emocionales que terminaron, lo más probable, por causarle la muerte. Y otros alumnos se quejaron de la falta de solidaridad magisterial para con el alumnado. Y no es caso único, hay más si sondeamos el medio universitario de alto nivel de exigencia académica, tanto entre alumnos y maestros como entre los graduados y otros que se quedaron en el camino. Pero esto debemos verlo por partes.

Las mejores escuelas y universidades del mundo son muy exigentes con los resultados del conocimiento adquirido en ellas por sus alumnos, pero esa es la razón de que sus graduados se desempeñen con éxito en la vida profesional y también en estudios de postgrado en otros centros educativos. Pero el nivel de exigencia no es el problema, éste se encuentra en otra parte: en el profesorado y en el trato disciplinario de la institución.

Vayamos a otro medio, el militar. Quienes triunfan en cursos avanzados de tropas especiales, como los SEALS estadounidenses, son unos cuantos de los aspirantes que no resistieron el extenuante entrenamiento. La exigencia militar en general ha sido, a través del tiempo, insensible, al menos aparentemente. Los instructores se muestran como seres sin piedad para con los alumnos, pero como todos pasaron por lo mismo siendo muy jóvenes, saben qué se exige y también qué se estimula, qué se amina, qué se apoya psicológicamente.

Los maestros deben ser o aprender a ser comprensivos de la psicología del estudiante. Algunos lo son y otros no. Y los insensibles son los responsables de la angustia del estudiante muy presionado por resultados de exámenes y trabajos encomendados calificados. Esa es la gran diferencia, los hay que enseñan vida y los que trasmiten conocimientos que se podrían aprender leyendo.

Cuando estudiaba en el ITESM, había pocas alumnas, y supimos del caso de una de ellas de muy bajo rendimiento académico en ingeniería. Uno de los maestros le dijo en clase, frente al grupo: “mire señorita, si vino a hacer una carrera no podrá porque es tonta, y si vino a buscar marido tampoco, porque está muy fea”. Imaginen el resultado y la indignación de sus compañeros.

Sí, el problema de la angustia y ansiedad en los alumnos de universidades de muy alta exigencia está en los maestros insensibles, que llegan a verdaderas crueldades, y en los directores de las mismas que gustan de imponer disciplinas que no ayudan a forma el carácter sino a doblegar al alumnado. Este es el quid.

Veamos en cambio a los entrenadores deportivos universitarios (y hasta profesionales) cuyos equipos se vuelven ganadores, exitosos. Su secreto está en la motivación que dan a sus jóvenes, que los hacen dar lo mejor de sí mismos, son verdaderos líderes, cuyo manifiesto interés por ellos está a la vista, y cuya disciplina de vida va a la par con la que exigen cariñosa, paternalmente, a los muchachos. Esta mentalidad de apoyar emocionalmente a la juventud es la clave de su éxito.

Estudié hasta preparatoria con los maristas en el Colegio Franco Mexicano de Monterrey, cuyo nivel de exigencia era muy alto en todo, en lo académico y en lo deportivo, con mucha disciplina siempre apoyada con sabiduría magisterial por los profesores, religiosos y laicos. La exigente disciplina no agobiaba a nadie, porque no era arbitraria, se sabía que todo nos llevaba a salir bien librados, a aprender lecciones y aprender de vida y carácter recio, de convivencia y superación como “lo normal”.

Lo que el ITAM y otras universidades deben aprender, y no sorprenderse ante las fuertes reacciones del alumnado por la estudiante fallecida, es a exigir, a convencer al claustro académico y las autoridades escolares que la juventud requiere de apoyo moral, de entusiasmo, de saberse querida por sus mentores. Se necesita un gran cambio de actitud, de manera de ver la función magisterial, de pasar de “traficantes de esclavos” o torturadores policiales a figuras humanas admiradas por su absoluto interés en formar personas de bien y no a ver calificaciones altas de jóvenes frustrados.

A través de la historia, conocemos auténticos maestros, seguidos con entusiasmo por sus alumnos, por quienes se acercaban a aprender de su sabiduría (que es mucho más que conocimiento). El gran Maestro de la historia, Jesús de Nazaret, era seguido por ello, porque de su boca, de su actitud salía amor por los demás, por enseñarles lo mejor de la vida conforme a la voluntad del Padre. Nadie era obligado a seguirlo. Todos los grandes maestros han sido y son así, llenos de auténtico interés en formar como personas a sus alumnos, y éstos lo saben.


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