Aprender a decir “no”

Yo sé mucho del tema, porque debo confesar que me cuento entre los adictos al trabajo. Hasta la fecha me pregunto una y mil veces por qué no sé callar.


Jerarquizar responsabilidades


Dicen los médicos que la manía es una compulsión que nos lleva a hacer muchas cosas, una tras otra, sin ningún orden, sin ton ni son.

Eso puede volver loco a cualquiera, porque la existencia que se vive en forma atropellada acaba por convertirse en un caos de difícil remedio. Esa es la razón por la que algunos especialistas encienden hoy una luz de alarma para esos seres humanos que deambulan por el mundo con una adicción que también mata: el trabajo por el trabajo mismo.

Aprender a decir que no después de un análisis minucioso de los ofrecimientos y las oportunidades, si se tiene la suerte de tenerlas, es una tarea difícil para las personas de ese tipo.

¿Cómo le voy a decir que no a esa amiga que necesita urgentemente que yo le dé una conferencia a sus alumnos? ¿Con qué cara voy a decir que no puedo atender el puesto de los churros con chocolate en la noche colonial del colegio de mis hijos? ¿Cómo voy a decir que no a mis vecinos, cuando me invitan a participar en la mesa directiva del condominio donde vivo?

¿Cómo, dígame uste, cómo voy a decirle que no al director de la revista que desea que le escriba un artículo sobre la disciplina en la familia, aunque yo misma no pueda vivirla?

Cuesta mucho negarse a desempeñar alguna actividad, sobre todo cuando tenemos la manía de creernos indispensables. Pero la mujer maravilla y el hombre de acro sólo pueden sobrevivir en las historietas.

Por supuesto, el carácter tiene implicaciones en el asunto. Muchas de esas personas adictas al trabajo, cuando eran niños, levantaban la mano sin medir las consecuencias cada vez que los maestros solicitaban voluntarios para alguna actividad.

Después, llegaban a casa nerviosos: tenían que decir a sus papás que se habían comprometido a preparar cincuenta tortas para el día siguiente, o a llevar cien globos rojos –inflados, por supuesto– para la fiesta del día de la amistad.

La perorata no se hacía esperar:

─¿No sabes callarte? Piensa antes de hablar –quizá decía su mamá, aunque al final los complacía–.

Yo sé mucho del tema, porque debo confesar que me cuento entre los adictos al trabajo. Hasta la fecha me pregunto una y mil veces por qué no sé callar. Tengo mil pretextos: me gana el corazón, mi carácter es impulsivo y mi temperamento es primario; como hiperactiva que soy, tengo pánico a la inactividad, al conformismo, a la nada…

Pero la verdad, muy en el fondo del alma, es que esta incapacidad para analizar concienzudamente las decisiones acaba por pesarme algunas veces, especialmente cuando tengo que quedarme en vela para entregar un trabajo.

En este mundo que ofrece tantas opciones, tan ajetreado, tan participativo, resulta indispensable jerarquizar para, después, comprometernos a hacer lo que sí está en nuestras posibilidades.

El no es un vocablo acertado y hasta agradable, cuando se pronuncia después de un detenido análisis. Aunque, si somos sinceros, en el momento mismo de encarar al solicitante de nuestros servicios, no es tan fácil expresar la negativa.

Hace algunos días escuché una frase de oro para las mujeres que son a la vez amas de casa, esposas, madres, profesionistas y, en muchas ocasiones, estudiantes: en la oficina siempre hay otra persona que puede hacer lo que nos corresponde, y no pasaría nada si nos ausentáramos. En el hogar, en cambio, somos insustituibles.

Ha que jerarquizar, revisar nuestras metas y dar sentido a lo que hacemos.

Si nuestra vida familiar es un caos, ojo: no se puede andar por el mundo como luminarias mientras nuestro entorno más próximo se derrumba poco a poco. Después, elijamos, y: si nos comprometemos, hay que darlo todo. El trabajo, si se respeta, debe estar bien hecho.


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