El agujero negro

Mi vecino está pensando muy seriamente en poner un negocio de paraguas en cuanto reúna más de diez. Quizá los venderá; tal vez sólo los alquile.


Escondite de duendes


A veces me imagino que en el agujero negro se ríen de mí todos esos objetos que necesito, que detesto y que irremisiblemente pierdo.

De nada sirven las promesas que me hago de cuidarlos, de vigilarlos. Esas son palabras que tienen por objeto acallar un poco la conciencia, cuando abro la cartera para pagar una y otra vez por las mismas cosas.

Pero hoy la decisión no tiene vuelta de hoja. Que me salgan más “patas de gallo”, que me ardan los ojos, que pierda el glamour, pero no vuelo a comprar unos lentes para sol, que finalmente adornarán a otra persona afortunada que los encontró en un escritorio de la oficina, o en la mesa de algún café.

¿Y qué puedo decir de los paraguas? Esos objetos estorbosos que normalmente se llevan consigo cuando no llueve, mientras duermen el sueño de los justos en un rincón de cualquier casa cuando el cielo nos regala un diluvio.

–¿Dónde lo dejé? Hay que hacer un recuento: fui a mi oficina; después, a comer; luego fui a visitar a Lorena; recogí a los niños en la clase de matemáticas… Era precisamente ese paraguas carísimo que hacía juego con mi ropa. Además, tenía la firma de un diseñador famoso.

En la oficina de mi vecino hay u colgador del que penden más de cinco sombrillas de distintos colores.

–¿Me pueden prestar una? Está lloviendo y no puedo irme.

–Toma la que quieras, ni siquiera sé de quién son. Las ha ido dejando aquí.

Mi vecino está pensando muy seriamente en poner un negocio de paraguas en cuanto reúna más de diez. Quizá los venderá; tal vez sólo los alquile.

Seguramente los esconden los duendes chocarreros. Pero tienen buen gusto, y ese es mi consuelo. Porque la última vez decidí comprar un artefacto callejero que me costó diez pesos y, por más que me despisto y lo olvido en alguna parte, alguien me lo devuelve.

Los duendes tienen preferencia por los lentes de Julieta. Los pierde por la noche y a la mañana siguiente se manda a hacer otros: ¡Con lo caros que están!

Pero su graduación no es del agrado de los hombrecillos: tiene astigmatismo y miopía. Una semana después, los anteojos están de regreso. Aparecen en una bolsa que no había usado hace 20 días, en ese cajón del tocador en que los había buscado y vuelto a buscar, en la alacena y, en una ocasión, en el armario del baño, donde guarda las toallas.

Julieta es hoy afortunada. Tiene ya 25 anteojos de distintas formas. Ha dejado de sufrir.

La semana pasada encontré a Marieta gateando en la alfombra del pasillo. Palpaba rincón por rincón, para detectar el lente de contacto que se le cayó insólitamente ante su propio ojo. Es una fortuna que exista un seguro para estas eventualidades. Lo malo es que están a punto de cancelárselo, porque la empresa corre el riesgo de quebrar con tantas pérdidas.

Son los duendes. Algún día encontraré los cientos de agujas de coser, las comas y los puntos que desaparecieron del texto, las decenas de llaves que volaron a la nada, las gafas, los libros que murieron en la guerra, los paraguas y las plumas.

Entonces seré rica. Pero hay algo que no deja de inquietarme, para entonces, ¿también seré ordenada?


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