Sin ellos, no sé qué haría

Se complementan, en las tardes lluviosas, con ese arte del tiempo; innata, fetal melodía que late armónicamente al ritmo de la circulación sanguínea; que nos hace latir a su ritmo armonioso.


Sin ellos qué haría


Si no fuera por esos signos tremendamente humanos, que me descubren y me desnudan, no sé qué haría.

Dan redondez a los momentos como nada y como nadie. Colman y llenan las expectativas que, en momentos de tristeza y abatimiento, se antojan imposibles.

Signos que marcan los minutos solitarios y propician el viaje que inunda el contenido perdurable, los sentimientos que son propios y los aciertos que son del género humano, pero que a ratos lucen como estigma individual. Nos retratan a ti y a mí.

Son rectángulos de papel que se atrapan entre los dedos, con la esperanza de que se arropen en el corazón aquiescente. Definen el espíritu en la materia, la intuición de los términos abstractos y subjetivos; hablan de la vida y de la muerte, de la entrega confiada, de la traición, de la mentira, de la oscuridad y de la luz.

Se complementan, en las tardes lluviosas, con ese arte del tiempo; innata, fetal melodía que late armónicamente al ritmo de la circulación sanguínea; que nos hace latir a su ritmo armonioso.

Hoy, el espejo me devuelve una imagen trastocada por la duda y la desconfianza.

Si no fuera por los libros, que me dicen secretos vitales al oído, y por la música, que me enciende y me incita a reanudar la lucha incierta, no sé qué es lo que haría.


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