Desde lo profundo del alma

Y yo, más pequeñita que ella, temerosa ante mí misma, desvalida en la inmensidad de la vida, me lleno de su femineidad para preguntarme: ¿por qué me quieren los demás?, ¿por qué los quiero?


Madre


Con esa femineidad que la invade toda, me pregunta de lo profundo con la misma inocencia con que juega a ser actriz o princesa.

–Dime, ¿por qué te quiero tanto?¿Por qué te quiero más que a los demás?

Y yo, con la lógica que –dicen– acompaña siempre a las mamás, le respondo, abrumada por esa ternura que me invade cuando se recarga en mi hombro, pequeñita, indefensa, humilde, ante lo que no alcanza a explicarse.

–Porque soy tu mamá y tú eres mi hija. Sólo por eso.

Su ser femenino, dulce, rezuma en ella; le recorre los hombros redonditos, la sonrisa que más parece un rictus, las inflexiones de la voz cambiante, a veces imperativa; otras, suplicante, y los ojos, de un verde que no quiso restringirse a imitar a la aceituna, ni al agua de un lago.

–Esa no es una explicación; dime otra cosa. Siempre me contestas igual.

Me aprieta, me besa, me pica un ojo, se monta en mis piernas, me besa fuerte, ruidosa, repetidamente…

Trato entonces de explicarle… lo inexplicable.

–Me quieres porque hemos estado juntas, desde antes que nacieras; aun sin vernos las caras, nos reconocíamos por los pequeños golpecitos que dabas en mi vientre, y porque respirábamos al mismo tiempo, en una canción de muchas letras.

Comprensivos ante mi imposibilidad de traducir en vocablos un sentimiento de tal magnitud, sus siete años tornan a brincar la cuerda, y a fingir voces que dialogan y a dibujar una alfombra que la lleva a volar como si fuera una princesa oriental.

Por la noche, en el silencio que todo lo analiza, ella cierra los ojos y su voz guarda las energías que le harán volver a la carga por la mañana, desde muy temprano.

Y yo, más pequeñita que ella, temerosa ante mí misma, desvalida en la inmensidad de la vida, me lleno de su femineidad para preguntarme: ¿por qué me quieren los demás?, ¿por qué los quiero?

Mi voz suplicante se mete por mis venas y se anida en el alma. Desde ahí, algún día, espero escuchar una respuesta.

 

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