Eres tú, en pequeñito

Los niños son reales, son humanos. Son tus hijos y mis hijos. No importa que anden por el mundo con su miseria a cuestas.


Familia


Para saber lo que es un niño, te invito a que vayas al armario y abras el cajón de los recuerdos.

Es cierto; la vida no se detiene en el ayer ni retrocede. Pero tu proyecto empezó a construirse en aquel hogar, con tus manos entrelazadas con las de un hombre y las de una mujer.

Mira dentro del cajón. ¿Te acuerdas? Tal vez el tiempo ya borró de tu memoria esos momentos. Mira, eres tú, pequeñito, indefenso… un bultito de potencialidades. Lloras. Tienes hambre. Estás mojado y no puedes dormir. Tu lenguaje no alcanza para más, el llanto es tu herramienta. Úsala como entonces, como te enseñó la naturaleza.

Mírate. Eres tú en la primera infancia. Das tus primeros pasos, distingues las palabras. Poco a poco, acabas por saber que eres alguien distinto a los demás. Descubres el mundo, sociabilizas. Tienes un cuerpo propio, imitas, juegas, haces preguntas ingenuas y los demás se ponen nerviosos… no saben cómo responderte. Tienes una familia. ¡Menudo descubrimiento has hecho! Eres rico, eres feliz.

¿Te acuerdas? Yo creo que sí. Ahora eres tú en la segunda infancia. Te sumerges en el mundo real, ese que te acompañará siempre. Empieza la competencia; hay tantas personas además de ti… algunos son como tú; son tus hermanos, tus compañeros.

Tuviste que abandonar el hogar cálido, seguro, para ir a la escuela. No llores, esos superiores que no son tus padres, son tus maestros y también quieren que seas feliz.

Mírate: ¡ya estás grande! Tu razonamiento es lógico. Descubres el mundo que fue tu cuna y será tu mortaja. Tienes tanto qué hacer con esa voluntad… Identifícate, niña, con tu madre. Tú, varón, con tu padre. Tus capacidades son sólo tuyas, ahora que estás por llegar a la pubertad.

¡Qué agradable y útil es echar la mirada hacia atrás! Abre de vez en cuando el cajón de los recuerdos, para que sepas que lo que hay es siempre un niño.

Un niño eres tú, eras tú. Hoy eres el arco del que tus hijos, como flechas vivas, serán lanzados a vivir. Que la inclinación de tu mano de arquero vaya, como fue la de tus padres, con aciertos y errores, siempre en busca de su felicidad.

Acuérdate: los niños son como espejos. En presencia del amor, irradian amor.

Los niños son reales, son humanos. Son tus hijos y mis hijos. No importa que anden por el mundo con su miseria a cuestas.

 

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