Consistencia: virtud de pocos y anhelo de muchos

Dicen los que saben, que la principal función de un líder en cualquier organización es mantener lo principal y prioritario, como lo principal y prioritario.


Resultados consistentes


Y es que son tantos los factores que pueden desviar una persona o una empresa del camino que ha elegido forjarse, de los principios que guían su conducta o de los criterios que nutren sus decisiones, que el director de empresa requiere acompañar la fortaleza de carácter con la virtud de la consistencia.

En su definición más simple, consistencia es una cualidad de la materia que ofrece resistencia a la rotura o a la deformación. Pero específicamente en la actividad directiva, la consistencia es la cualidad de mantenerse estable y coherente ante la ilimitada posibilidad de variación que la dinámica organizacional ofrece.

¿Cómo nutrir esa capacidad? ¿Cómo fortalecer la posibilidad de mantenernos consistentes cuando el entorno promueve el relativismo en muchas esferas del actuar humano y de la función empresarial? Aquí tres buenos hábitos para la reflexión:

a) Empieza lo que terminas.- Así de simple y así de complejo: no dejar las cosas en espera indefinida o en estado de abandono. Proyecto o acción que goza de un inicio en tu mundo, debe tener una fecha programada para ser concluida o, por lo menos, para revalorar formalmente su utilidad o conveniencia.

La incapacidad para decir ‘no’ cuando corresponde, el nervio, el perfeccionismo, las distracciones o la falta de planeación no pueden alegarse para justificar la práctica de acciones inconclusas recurrentes.

b) Significa lo que dices.- Say what you mean suelen decir los americanos. Y supone la virtud de poder verbalizar, adecuada y claramente, lo que realmente estás pensando, procurando o buscando.

Sin estar peleada con la prudencia, esta práctica requiere la capacidad de ser directo cuando corresponde y asertivo cuando la circunstancia lo requiere, independientemente del interlocutor.

c) No digas una cosa y hagas otra.- Alinear el decir con el hacer es la columna vertebral de la consistencia. Es el alimento de la confiabilidad.

Quienes se acostumbran a mentir con ligereza, quienes argumentan miedo todo el tiempo o quienes son incapaces de sostenerse en un argumento, decisión o postura, no sólo son muestra perfecta de la inconsistencia humana, sino que suelen vivir en la contradicción.

Ser consistente no significa cerrarse a la posibilidad de escuchar nuevos ángulos o posibilidades. Tampoco significa eliminar la reflexión o la variación de rumbo cuando las circunstancias lo ameritan, pero sí significa tener claro lo que se busca, lo que se cree, lo que se promueve y lo que se defiende.

En la vida empresarial, los actos o proyectos se pueden y se deben dividir en fases. Las iniciativas se pueden someter a revisiones de viabilidad en plazos definidos y los objetivos se pueden revalorar ante hechos supervinientes relevantes, pero habituarse a dejar las cosas a medias es la antítesis de la consistencia.

Como muchas otras cosas en la vida, la consistencia no la decreta un tercero, ni se transmite por ósmosis en las escuelas de negocios. Es una de esas virtudes que se aprende en casa, se nutre en sociedad y se valora enormemente en la mayoría de los entornos productivos saludables.

Y es que, aunque suene a sentido común, tiene su mérito mantener lo principal y prioritario, como lo principal y prioritario.

 

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